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Bogotá y su Candelaria

Dicen que un nombre es importante, imprime significado y, de alguna manera, define. Tengo una amiga que se llama Candelaria, pero si la llego a llamar por ese nombre me fulmina con la mirada. Ella prefiere que la llamen Candela. Ok.

Así se ve La Candelaria desde “afuera”….

… y así se ve desde “adentro”

Aún así, el nombre Candelaria – que proviene del latín candela (vela) y deriva de candeo (candente o encendido), tiene una raíz indoeuropea: kand (brillar)- siempre me gustó. Me pregunté si un barrio llamado así podría tener las mismas connotaciones que se le adjudican a las mujeres Candelarias: alegres y seductoras, además de expresivas, sociales y artísticas con un toque de enigmáticas y algo paradójicas. Busqué las respuestas entre sus adoquines, bajo los aleros y detrás de sus grandes puertas de madera. Busqué en sus tejados y dentro de sus casonas coloniales… ¿quieres saber lo que descubrí?

Bogotá La Candelaria

La Candelaria, Bogotá via Shutterstock

Llegué a La Candelaria bajo un cielo encapotado y una garúa que no molestaba pero mojaba. Toqué el timbre del Chocolate hostel en pleno corazón del barrio más bohemio de la capital colombiana que se alza a 2640msnm. Me desplomé en una de las sillas de la zona común. Bebí el café humeante a sorbos lentos… el primero de “cientos” café tintos que me tomaría en Colombia.

Iba a decir que me lancé a las calles “al salir el sol”, pero recordé que en Bogotá es raro que “salga el sol” de forma habitual. Algunos locales me dijeron –a boca de jarro muchos- que la ciudad tenía el mismo clima que Londres, pero en versión cálida. Si pudiera generalizar por los 4 o 5 días que pasé allí, debo decir que es cierto. Los “cachacos” –como se conoce a la gente de Bogotá- han aprendido a vivir con un paraguas en el bolso, un abrigo siempre a mano y una capa gris sobre sus cabezas. Bogotá será gris, pero muchos de sus barrios lo contrarrestan con el más colorido arte urbano.

Para tener un primer pantallazo de las grandes ciudades siempre intento hacer las visitas guiadas a pie y Bogotá no fue la excepción. Mi primer acercamiento fue a través de un recorrido por La Candelaria. Porque si, entre esas empinadas calles empedradas y flanqueadas por murales coloridos, casas coloniales y un puñado de edificios que concentran el poder político y eclesiástico del país comenzó todo. O, para ser más exacta, todo comenzó en un valle sagrado para la cultura Muisca, en la que vivían diseminados en varias aldeas. Luego, con la llegada de los españoles y la construcción de 12 chozas y la primera iglesia con techo de paja, cambió para siempre el perfil de la zona y el de sus habitantes.

La “partida de nacimiento” de La Candelaria –y Bogotá por extensión- ha desaparecido de los anales de la historia, y estudiosos no se ponen de acuerdo sobre dónde exactamente se gestó “Santafé”. Lo que si se sabe con más exactitud –o al menos hubo acuerdo unánime- es que la fundación se llevó a cabo un 6 de agosto de 1538, cuando Fray Domingo de las Casas ofició la primera ceremonia religiosa católica en la zona de Thybzaca –que aquí es donde algunos historiadores no se ponen de acuerdo, porque algunos la ubican en la actual plazoleta del Chorro de Quevedo, otros en la Plaza Santander y otros en donde se alza la Catedral Pimada-. Aún así, el embrión de la Bogotá actual está en La Candelaria y su historia está hoy en las calles.

Las calles: esas grandes narradoras de historias que te murmullan a tu paso sobre…

…virreyes en casonas con zaguanes, patios y balcones,
…las imposiciones religiosas en sus iglesias y el sincretismo resultante,
…los camibios políticos y sociales en sus edificios coloniales y republicanos -con cicatrices de un pasado convulso (día de la Independencia en 1810; el Bogotazo o la toma del Palacio de Justicia)-
…reivinidicaciones, protestas e identidad en sus murales y esculturas.

Esas calles que, además, tienen otro sentido para los muchos vendedores de fruta, minutos, café “tinto” u obleas con arequipe. La vida cotidiana que se expone en las calles, con sus relaciones interpersonales y con sus costumbres, es el aliño y reflejo de una de las muchas realidades que conforman una zona polifacética, inconforme, idealista y creativa. Por ejemplo, en La Candelaria -y después verifiqué que en el resto de Colombia también- venden… “MINUTOS”. ¿Acaso es una ciudad futurista donde ya se pueden transferir minutos de vida? No. Ellos venden “minutos de teléfono móvil”. Cuando le pregunté a uno de ellos por qué vendían minutos si todos parecian ser dueños de un teléfono móvil, me respondió: “¡eso es todo apariencia! Lo tienen para alardear y usarlo con wifi en bares o donde puedan, pero no tienen dinero para recargarlo y hacer llamadas. Con nosotros les sale más barato hablar. Aquí los planes de minutos y data son inaccesibles para la gran mayoría de la gente”.

La Candelaria es hoy el centro histórico de Bogotá, es su alma y corazón. El nodo central, la Plaza de Bolívar –sede en su momento de los poderes coloniales y luego republicanos- está flanqueada por la Catedral Primada, la Capilla del Sagrario, el Palacio Arzobispal, el Capitolio Nacional (sede del congreso), el sufrido Palacio de Justicia (sede de la suprema corte de justicia) y el Palacio Liévano (sede de la alcaldía mayoror de Bogotá). No muy lejos de la plaza se encuentra la Casa de Nariño, sede de la Presidencia de la República y residencia presidencial; y el Palacio de San Carlos, sede de la cancillería. Todo custodiado por policías y militares que te revisan sólo por andar por las calles circundantes.

Esos adoquines fueron testigo de los cambios del destino del país –muchas veces con sangre derramada y gritos libertadores-, fueron la cuna de mitos y heroínas como “La Pola”- y hoy se vanaglorian de dar cobijo a un bullicioso centro que exuda historia pero también un gran movimiento cultural y artístico. En las estrechas calles se amontonan museos (como el museo del oro, el museo de arte colonial o el Museo Botero), teatros, centros artísticos y de investigación, bibliotecas y universidades.Y esas mismas fachadas de casonas con aleros que te cuentan sobre revoluciones y romances, como el de Simón Bólivar y Manuelita, cambiaron de profesión con el paso del tiempo y ahora se dedican a la difusión del arte y el conocimiento.

Si, muchas de las edificaciones coloniales contienen hoy, entre sus paredes, la historia del país entero y vieron pasar los primeros automóviles o en ellas se encendieron las primeras luces eléctricas. Pero otras fachadas hablan del presente y reflejan los pensamientos e ideologías de sus habitantes a través de coloridos grafitis que la convierten en un museo al aire libre.

La Candelaria es seductora, quizá porque está enmarcada por potentes montañas o por el collage que conforma su arquitectura. O quizá sea porque sus casi cinco siglos de existencia le dibujaron cicatrices y también marcas que la embellecen.

Recorrerla de día y de noche te enseña sobre su gente, multicultral y cosmopolita, porque La Candelaria un crisol cultral: ricos, pobres, colombianos y extranjeros conviven con la horda de turistas que se lanzan cada día a dibujar itinerarios por esas calles. Dicen que hay casi 12 turistas por cada local.

Los personajes de siempre y los que llegaron a ser leyenda no sólo están al ras del suelo caminando entre nosotros, también los puedes encontrar en los techos del barrio. Las esculturas del artista cachaco Jorge Olabe representan esa gente común que le da identidad a todo un barrio como La loca Margarita, el pescador con la banana en el anzuelo, el malabarista, el jardinero, el zapatero o el Negro Pomponio.

La gente común le confiere personalidad, y personalidades también le dieron su corazón, como el poeta José Asunción Silva, un poeta “emo” que sólo escribía sobre amores imposibles –normal, él estaba enamorado de su… ¡hermana!- que se pegó un tiro en el corazón y quedó plasmado su sufrimiento en la azotea de una casa, y en el billete de 5.000 pesos donde se puede ver –tras un cuidadoso plegado- una copa de vino (el muchacho era un gran bebedor) y un corazón! El corazón de José Asunción Silva.

También es la ciudad donde “Gabo” (Gabriel García Márquez) escribió grandes crónicas, publicó su primer cuento y sufrió el Bogotazo según cuenta en su libro autobiográfico “Vivir para Contarla”.

La candelaria es social. Muy social. Es una zona que de día está llena de estudiantes, de oficinistas, comerciantes, vendedores ambulantes y funcionarios; y de noche se transforma en el escenario perfecto para salir de fiesta y moverse al ritmo de la rumba y de la salsa.

Bohemia y cosmopolita. Local y universal. Enigmática y expuesta. Gris y colorida. La Candelaria está llena de contrastes que la embellecen y que seducen al turista desprevenido.

Tras mi paso por este barrio “candente, artístico, histórico y brillante” creo que cualquier otro nombre no podría haberlo descrito mejor (aunque en realidad el nombre se lo pusieron por la iglesia homónima). Pero era destino, debía llamarse “La Candelaria”.

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2 pensamientos sobre “Bogotá y su Candelaria

  1. Pepe Quintana

    Gracias Vero por la información de este barrio, voy a marcarlo en mi ruta de viaje en unos meses a Colombia, un abrazo y buen viento!!!

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