Sinmapa

Cuando ser mochilera era una “leyenda urbana”

Mi primer gran viaje fue en el año 2000 y fue desde mi Buenos Aires natal a Europa… el viaje incluía un stopover en Nueva York e improvisé un viaje a Egipto a mitad de camino.

Mapa_europa.svg - ser mochilera

Aunque ahora es difícil que alguien no conozca el concepto de “mochilera”… cuando me planteé viajar por el mundo allá por el año 1993 -e incluso un poco antes- aún no sabía ni siquiera que existía esa modalidad de viaje.

La primera vez que me contaron que había personas que con tan sólo una mochila se iban a descubrir el mundo me quedé alucinada e intrigada… ¿cómo hacían para moverse? ¿Cuánto dinero necesitaban? ¿Sólo viajaban con una mochila? ¿Cómo se puede vivir meses o años con tan sólo el contenido de una mochila? ¿Cómo encuentran alojamiento? ¿Habrá mujeres viajando solas con sus mochilas?… o será todo esto una gran leyenda urbana?! Las preguntas se solapaban, se interrumpían, caían como una caudalosa cascada y yo no encontraba respuestas. Hoy es fácil, entre los blogs de viajeros y viajeras, google que lo sabe y lo conoce todo, los videos en youtube, las historias que te cuentan amigas y amigos, familiares, conocidos, compañeros de universidad o trabajo… ser mochilera es algo relativamente normal, pero a finales de los ’80 y principios de los ’90 para una joven argentina eso era impensable.

Sé que ya desde el año ’70 estaban Maureen y Tony Wheeler dando una vuelta al mundo y que no mucho tiempo después crearon la gran guía “Lonely Planet“, la Biblia para muchos viajeros independientes… pero a mi me seguía pareciendo todo ciencia ficción y no tenía ninguna referente femenina ni cercana que me contara de qué iba todo eso.

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En el youth hostel de Salerno

En 1997 mientras compaginaba universidad y trabajo, mis ahorros crecían aunque en menor proporción que mis ansias por viajar. Cada vez que pasaba frente a una agencia de viajes recolectaba todos los folletos de europa que tenían y al llegar a casa los devoraba. Si, en esa época una no podía simplemente “googlear” destinos o experiencias para obtener información. Antes se buscaba en enciclopedias, sección de viajes de los periódicos y revistas o en los folletos de las agencias.

Imaginaba los canales de Venecia, fantaseaba con recorrer las entrañas del Coliseo o tumbarme al sol con la postal de la Costa Amalfitana de fondo. Lo que empezó siendo un profundo deseo por conocer Italia se convirtió en una necesidad por recorrer toda Europa.

Para 1999 ya tenía todo decidido –o eso pensaba-. Iba a dejar la universidad a medias e iba tras un sueño que había forjado y trabjado a fuego lento en mi interior: un gran viaje por Europa sin billete de regreso.

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En Florencia

Tuve que tomar decisiones que no estaba preparada para tomar, simplemente porque no tenía información: ¿maleta o mochila? –yo seguía sin conocer a nadie que viajara con mochila… ¡me parecía una locura! ¿Eurailpass o me compro allí los trenes a medida que voy avanzando?… Y no, amigas, no existían aún las compañías Low Cost… viajé en una época en la que viajar aún se consideraba un lujo, ¡sobre todo en los vuelos! ¡Qué diferencia entre ese primer viaje a principios del año 2000 en el que el o la pasajera era tratada como “una reina” y el que me tomé hace unos meses… donde por poco tienes que dar las gracias 20 veces por el vasito de agua gratuito que te ofrecen! Pero bueno, esa es harina de otro costal y ya habalré de este tema en otro post.

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Nunca voy a olvidar cuando tuve esos billetes de papel carbonatado rojos en mis manos: era lo más tangible que en ese instante podía tener de lo que luego fueron casi 11 meses de experiencias por el mundo.

A poco menos de una semana de mi viaje los miedos me envolvieron y me devoraron como en la obra de Goya de “Saturno devorando a sus hijos”:

goya saturno ser mochilera

“Mami, no creo que sea buen momento para irme. Es una tontería dejar la univerdad a medias… después ya ‘seré vieja’ para estudiar y no podré encontrar trabajo… ¡voy a perder tiempo!” Si, ahí estaba todo el aparato de censura y miedo a todo vapor y dándolo todo e inventando excusas para no irme, para tirar la toalla antes de viajar. Mi mamá me tranquilizó y me dijo: “no hay mejor universidad que el mundo… recorriéndolo aprenderás más que en 6 años en la UBA. La Facultad estará allí a tu regreso… sólo tienes miedo. Usa el miedo a tu favor, en vez de hacer que paralice tus sueños tienes que usarlo como arma para estar atenta y ser precavida en tu viaje”.

Mi mochila era heredada del marido de mi madre, era violeta intenso y con capacidad de 90 litros… ¡90 litros! Y si, sin tener referencias ni información, decidí llenarla hasta arriba: tacones, ropa para salir de fiesta, maquillaje, libros, algunos folletos de las agencias de viaje (wtf!!)… casi mi armario entero estaba ahí dentro. La mañana que me la coloqué en los hombros para ir al aeropuerto de Ezeiza me di cuenta que viajar así sería impracticable, pero ¡no me imaginaba viajando con menos!

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Santorini

Ya en la cinta de recogida de maletas en NYC me tuvieron que ayudar a recogerla y a colocarmela en los hombros… y luego a levantarme del suelo. Cada vez que tenía que moverme necesité ayuda de alguien. Yo sola no podía con esa mole.

No fue hasta mi llegada a Salerno –varias semanas después- que me di cuenta que así no iría lejos –ni mi espalda aguantaría ese peso-… así que decidí comprarme una mochila de 50lts y mandar todo el resto por correo a casa. Ahí aprendí mi primera lección: si quieres tener autonomía, ser autosuficiente y ágil, tu equipaje debe ser LIVIANO.

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A ellos los conocí en Italia y ellas se sumaron en Grecia… y nos fuimos todos para Egipto

A medida que fui avanzando en el viaje fui aprendiendo a diferenciar con gran claridad lo realmente útil y necesario de todos los “por las dudas” que aún cargaba en mis hombros. Me fui deshaciendo de todo ello también.

En ese viaje aprendí muchas cosas más pero quiero destacar tres de ellas:

Aprendí que “esos viajeros con mochila al hombro” formaban (formábamos) una gran comunidad dispersa por el planeta, amables y empáticos y con quienes tenía más cosas en común que con muchas de mis amigas en Argentina. Me di cuenta que era “un movimiento” de personas curiosas y nómadas para quienes romper el status quo y la presión social de sus respectivas sociedades era necesario para encontrar su propia felicidad. Entendí que ese callejeo y “vagabundeo por el planeta” era necesario para romper con el ritmo de vida orientado a “producir” en un sistema capitalista que te permite que descanses 15 o 25 días al año en pos de que el resto del año produzcas como una loca para mantenerlo.

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Venecia

Aprendí también la importancia de vivir el presente y disfrutar lo que tienes y experimentas en cada momento. Las despedidas son tantas como las bienvenidas durante un viaje y muchas personas pasan por tu vida por muy poco tiempo pero te dejan grandes enseñanzas y grandes vivencias. Una puesta de sol en Santorini, un paseo por las calles de Brujas, las noches en ferries por el Mediterráneo, una cena en un restaurante francés con un grupo de viajeros que acabas de conocer en el Louvre… todo es efímero y hay que aprender a valorarlo y disfrutarlo en el momento.

Como dice Michel Maffesoli en su trabajo El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos: “La vida errante […] es la expresión de una relación diferente con los otros y con el mundo, menos ofensiva, más suave, algo lúdica y, claro, trágica, pues se apota en la intuición de lo efímero de las cosas, de los seres y de sus relaciones. Sentimiento trágico de la vida que, a partir de entonces, se consagrará a gozar en el presente, de lo que se deja ver, de lo que se puede vivr día tras día, y que obtendrá su sentod en una sucesión de instantes que serán preciosos gracias a su misma fugacidad.”

Mi tercer aprendizaje tuvo que ver con los cambios y ese miedo –y a la vez atracción- terrible que tenemos hacia él. Me di cuenta que por miedo y desconocimiento estuve a punto de dejar de cumplir uno de mis grandes sueños, uno de esos sueños que si los cumples moldean tu personalidad y el camino de tu vida. Y que el cambio no es sólo necesario, sino también es parte de la vida. Lo único que no cambia es el que haya cambio constante y si no te sabes adaptar, te oxidas y quedas obsoleto.

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Durante ese viaje hice grandes amigos y comencé a aprender sobre esta cultura mochilera que me llevó luego a adoptarla como mi forma preferida de viaje.

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Sala de espera original en la casa-consultorio de Freud – Viena, Austria

Este es sólo el principio de una larga historia. Es uno de esos momentos claves en la vida de toda persona que te cambian y te marcan. Contaré más sobre este viaje y los otros dos grandes viajes que hice: “Sudeste Asiático + China” y “Sudamérica + India” en las Jornadas Iati de los Grandes viajes que se llevará a cabo en Madrid los próximos 28 y 29 de mayo de 2016. Reserva ya tu entrada! Más información aquí. O también puedes ver el video:

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