Sinmapa

El día que una azafata de Ryanair me abrazó

Había muchas cosas que podían suceder en un vuelo de Ryanair, pero recibir un abrazo de una azafata no estaba contemplado en el protocolo de actuación -ni tareas y obligaciones- de un auxiliar de vuelo. Ni tampoco tenían cabida en mi imaginación más alocada.

Yo solo quería llegar a casa.

Pero para entender el momento justo del abrazo empático, tengo que volver un poco el tiempo atrás.

Dicen que para ser feliz hay que tomar decisiones y yo las había tomado. Pero lo que es más complicado aún: había tomado acción. Había dado el primer paso para que el engranaje comenzara a funcionar y todo comenzara a moverse, reorganizarse, cambiar.

Dos semanas atrás había dado “EL” paso y lo que llevaba meses forjándose en mi mente salió por mi boca en forma de palabras trémulas y confusas una mañana fría, café en mano. Esas palabras que ahora las recuerdo atropelladas y sin mucho orden ni coherencia sentenciaban el fin de un periodo en mi vida. Dejaba la zona de confort y me tiraba al vacío. El riesgo viene de la mano del miedo y cada una lo vive como sabe o puede.

emociones, tomar decisiones, ryanair

Emociones via Shutterstock

Estaba en Londres por trabajo y por placer, junto pero no revuelto. Al menos eso no fue lo que pasó. Cuando una decide ponerle fin a algo, sin importar lo que sea, se plantea si está haciendo lo correcto y aunque en lo más profundo una sepa e intuya que será para mejor, cerrar un capítulo precisa de un duelo. Y ni les cuento cuando estás cerrando varios capítulos a la vez.

Me entristecía que ese fuera mi último viaje de trabajo. Me entristecía saber que no compartiría nuevas “batallitas” con clientes y noches de ron con mis compañeros. Me entristecía que las posibilidades en mi mente, del tipo que todos tenemos cuando todo sigue igual, no fueran a ser una plausible opción algún día.

Pero también estaba Londres, la ciudad gris pero llena de color que me acobijó y abofeteó por partes iguales durante 4 años. Una ciudad en la que aprendí mucho y a quien le debo -y agradezco-, en parte, el caos que soy hoy.

El día que salía mi vuelo de regreso a Madrid yo estaba contenta. Me había reencontrado con una vieja amiga, había conocido a su primogénita, incluso había salido el sol. Ese sol traicionero que te engaña y te hace creer y sentir que Londres es habitable… pero en cuanto te mudas a la ciudad se esconde para no volver a asomar nunca más y te sume en un S.A.D. eterno.

Mi vuelo estaba programado para las 18h, pero los previsibles y recurrentes retrasos hicieron que fueran las 20h y yo todavía estuviera en tierra… inglesa. No tenía prisa y el café acompañado por un “cinamon danish” del Pret&Manger me hacía olvidar la demora. Además, cuando el viaje es de regreso a casa y no tienes prisas puedes darte el lujo de disfrutar lo que de otra manera sería insufrible: la espera en la “tierra de nadie”. Los aeropuertos son desalmados, fríos e impersonales y puedes notar cómo la gente se siente incómoda en ellos… es una especie de espejismo entre dos puntos: el de salida y el de llegada, el que sabes que abre la puerta a reencuentros, despedidas, viajes inolvidables, incertidumbres…

Todo se desencadenó muy rápido, cuando la aeronave con sus enormes alas miró de frente a la pista de despegue y como un toro furioso juntando energía para correr y embestir al torero, el capitán aceleró y soltó el frento… y siguió acelerando a la velocidad que se aceleraba mi corazón. No tenía miedo a estrellarnos o explotar en el aire. Tampoco tenía miedo a que se cayera el avión. Tenía miedo a morir EN el avión, durante el trayecto y sin motivo aparente. El despegue, un momento increíble que siempre me generó un cosquilleo placentero, ahora me despertaba monstruos internos. Lo sentí llegar, despiadado y aterrorizador: en un avión no hay escapatoria. Palpitaciones, boca seca y un terrible pánico a morir “asfixiada” en pleno vuelo me invadieron. Yo me estaba asfixiando y reconocía esos síntomas diabólicos y nefastos. Mi pensamiento sólo podía concentrarse en esos síntomas. Es fácil, visto desde afuera, sugerir que “piense en otra cosa” pero ignorar los síntomas de un ataque de ansiedad (o pánico, como queráis llamarlo) es como querer ignorar el gigante elefante rosa parado en el salón de tu casa: imposible.

pánico a volar, ataque de pánico, ataque de ansiedad, miedo a volar, ryanair

Cartel de Don’t Panic via Shutterstock

Sentí cómo empezaba a desvanecerme a la velocidad que el avión ascendía por los cielos y sin haber llegado a la altura de crucero extendí mi brazo hacia las azafatas y llegué a pronunciar las palabras mágicas: “me siento mal“. Una de ellas, sin pensarlo dos veces se desabrochó el cinturón con la agilidad de quien lo hace decenas de veces al día y saltó de su asiento y se acercó hasta mi, que estaba en la segunda fila, y me preguntó qué me pasaba. Le dije, mientras temblaba como una hoja en el viento, que me iba a desmayar, que me faltaba el oxígeno, que tenía la boca seca…

Ella no me escuchó como quien está obligada a “oír”. Ella me escuchó con toda su atención desde la mente y desde el corazón. Creo que sintió empatía. Creo que casi sin decirle nada ella lo sabía todo. Me dijo que respirara con calma que me traería agua (GRATIS… EN RYANAIR!). El vuelo aún estaba en la fase de ascenso. El indicador de “cinturones abrochados” aún estaba encendido pero ella se movía como si estuviera en tierra firme. Buscó un vaso, una botella de agua, rellenó el vaso y me lo acercó. Me volvió a decir, sin alarmarse, que todo iba a estar bien. Me lo dijo con la firmeza de una sentencia, como si pudiera predecir el futuro y supiera que yo iba a sobrevivir a ese vuelo, a esa etapa en mi vida… a esas decisiones y duelos.

Cuando el avión alcanzó la altitud y velocidad de crucero y ya todos pudimos levantarnos de nuestros asientos, yo me mantuve sentada y concentrada en respirar para no ahogarme. Casi media hora después volví a sentir la furia del sofoco subiendo por mi tráquea. La taquicardia había vuelto. Yo iba a morir ahogada en un vuelo de Ryanair justo cuando había decidido cambiar mi vida. Me pareció patético. Me sentí frustrada. No era justo.

Hay emociones que por sí solas no tienen el poder ni la fuerza de derrumbarte por completo, pero cuando se juntan varias son imparables, imbatibles. La unión hace la fuerza en todos los sentidos. Necesitaba más agua, por lo que me levanté para pedir una botellita y mientras la azafata de contextura menuda y ojos muy maquillados me servía otro vaso de agua me preguntó si me había pasado algo en Londres. Tragué saliva, di a entender que no con un ligero movimiento de cabeza, volví a tragar saliva… y me puse a llorar desconsoladamente. La reacción espontánea de esa chica fue abrazarme fuerte, de corazón. Un abrazo de esos que reconfortan y que te sacan peso de encima. Un abrazo que no estaba en el protocolo. Un abrazo sin etiqueta de precio. Un abrazo generoso y empático que lo cambió todo. Ella me abrazó por más de un minuto. Quizá fue menos tiempo, quizá más. Pero fue justo lo que necesitaba. Yo no podía explicarle todos los cambios que se me venían encima, el miedo que tenía… los duelos por los que estaba pasando. Pero ella simplemente me miro y volvió a decirme que todo estaría bien. Yo regresé al asiento e intenté pensar en todas las cosas que estaban pasando en mi vida… y principalmente estaba cerrando muchos capítulos juntos, a la vez, y mi cuerpo decidió lidiar con ellos de esa forma: ataques de pánico. Necesitaba llorar y necesitaba un abrazo.

El avión aterrizó sano y salvo en el aeropuerto de Barajas, Madrid, y yo sentí alivio (en tierra firme hay hospitales y muchos médicos). Sentí alivio también porque creo que en ese vuelo terminé de exorcizar mis miedos y mis dudas y que con ese abrazo se cerró el capítulo. En Barajas comenzaba uno nuevo y yo ya había superado lo peor.

Una decisión que cambió todo y un abrazo que me devolvió la esperanza. En Ryanair (-y gratis-).

 

 

¿Quieres recibir una vez por semana un email con novedades y un resumen de los últimos posts publicados?
¡Entonces suscríbete al Newsletter!

Print Friendly

9 pensamientos sobre “El día que una azafata de Ryanair me abrazó

  1. Cynthia

    ¡Que bonito escribes! Y sin duda esa azafata con los cuidados y protección que te brindó fue el claro ejemplo de que los extraños que se cruzan en el camino son parte importante del viaje . No he tenido la oportunidad de visitar Londres pero la imagino así como la describes. Un saludo.

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Gracias, Cynthia! La verdad que fue una muestra más de que existe mucha gente que está dispuesto a ayudar… hay mucha más gente buena, generosa y solidaria de lo que nos cuentan en los medios!

  2. Lorena - La Ratona Viajera

    ¡Qué bueno! No es fácil que un “extraño” sepa leer en momentos tan complicados o sentimentales…Y mucho menos que te abrace así de repente y te de consuelo. Sin embargo, la vida te sorprende y Ryanair también jejeje con azafatas expontáneas con el complicado don de la empatía
    El vuelo fue tu puerta de salida y de entrada a un nuevo capítulo de la vida.
    Un besazo

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Si… esa chica me leyó y casi sin decir nada, sólo dos o tres frases y un abrazo me ayudó más que muchos durante ese momento! Una genia total!!! Beso grande!

  3. Yara

    Que bonito Vero… podemos encontrar personas de corazón de las formas menos esperadas.
    Me has hecho llorar cuando leía que tu lo hiciste…y es que me he sentido muy identificada con lo que escribes.
    Cerré mi capítulo de 2 años en Iranda hace unos meses y en casa no entienden el duelo por el que estoy pasando y es muy dificil a veces…

    Un saludo y gracias por compartir tanto en tan poquitas líneas.

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Ánimos, Yara con ese proceso de duelo tras el cambio. Tengo la certeza que los cambios siempre traen cosas buenas,aunque al principio den miedo y tengamos nuestras dudas! Suerte en el nuevo capítulo que comienzas!!! Fuerte abrazo.. tanto o más grande que el que la azafata me dio a mi! 🙂

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Si, Tania… el gesto de esa chica me devolvió la fe en la humanidad! Pudo ver el CAOS mental y emocional que era y supo como consolarme y ayudarme… una genia total!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *