Sinmapa

Experiencia patagónica: una visita al Glaciar Perito Moreno

–       ¿Dónde estás?
–       Casi donde se acaba el mapa.

Sin más explicaciones y consciente del vértigo que genera estar colgando de la punta de un continente, compartí con ella mi localización a través de Google Maps.

Los extremos siempre generan una sensación de excitación y adrenalina: lo más alto, lo más profundo, lo más lejos, lo más cerca… El Calafate no es lo más “sur”, pero casi. Es lo más sur que yo había llegado en un viaje, y si miras en el mapa entiendes que sí, en comparación con el resto del mundo, estaba casi por salirme del planisferio.

Aún así, y por mis fobias y paranoias, no vi por la ventana del avión la transición lenta de un conglomerado como Buenos Aires, a ciudades más pequeñas hasta que lentamente esa tierra que sobrevolábamos se convertía en casi una llanura deshabitada. Desde mi asiento en pasillo –siempre pasillo para la nena claustrofóbica- logré divisar las luces de la ciudad porteña en la madrugada. Dormité un poco y de repente el piloto del avión, uno de los pilotos más simpáticos, apasionados y orgullosos de su tierra que he conocido, sorprendió a todos los pasajeros con un tour aéreo por la tierra de los glaciares.

Para qué contárselos, si podéis verlo. ¡Dale al play!

 

Con esas solemnes estampas aún grabadas en mis retinas y pletórica de felicidad, de esa felicidad que no cabe en el cuerpo y se escapa entre los labios entreabiertos cuando la sonrisa es honesta y duradera, hice el trayecto desde el aeropuerto hasta el centro del Calafate.

La ciudad austral se movía a ritmo patagónico mientras el sol calentaba mi cara. Me paré frente al lago Argentino, que más que lago parecía un mar tranquilo. A la altura de mi mirada la estepa, el lago y al fondo los Andes; si levantaba un poco más la vista, unas nubes le dibujaban lunares al cielo. Era sobrecogedor.

Uno de los protagonistas, amo y señor indiscutiblede la zona es el Glaciar Perito Moreno, así que con la gente de Tiempo Libre me fui hasta el Parque Nacional Los Glaciares. Un trayecto de unos 80km por la precordillera andina. Un camino en medio de una estepa llena de todo y de nada. Acostumbrada a horizontes de hormigón, a naturalezas amaestradas y sometidas, a espacios reducidos… no puede dejar de sorprenderme ante la inmensidad que se desplegaba frente a mi. Estaba en un rincón del fin del mundo, en la Patagonia desafiante, remota y salvaje. Un paisaje sin límites peinado por el viento.

Con esa infinidad frente a mi recordé cómo un joven Darwin, en su “Diario de un naturalista alrededor del Mundo”, describió la Patagonia: “Todo era silencio y desolación (…) el espectador se pregunta por cuántas edades ha permanecido así aquella soledad y por cuántas más perdurará en este estado”.

Se lo comenté a la guía que me llevó desde El Calafate hasta el Parque de los Glaciares y ella me dijo que, aunque Darwin tuvo la sensación de que la Patagonia era el infierno en la tierra, en su diario de viaje escribió:  “Al revivir imágenes del pasado encuentro que con frecuencia se cruzan ante mis ojos las planicies patagónicas, empero las misma son juzgadas por todos como las más miserables e inútiles. Se caracterizan sólo por cuanto poseen en  negativo: sin habitantes, sin agua ni árboles, sin montañas, sólo poseen plantas enanas. ¿Por qué entonces —y el caso no es peculiar sólo para mí— tienden esas tierras áridas a tomar posesión de mi mente? ¿Por qué la más plana, más verde y fértil pampa, que es útil al ser humano no produce igual impresión? Apenas me lo explico, pero en parte debe ser por el horizonte que aquellas dan a la imaginación”.

Si, Charles (porque imagino que me dejarás llamarte por tu nombre de pila)… aunque quieras olvidar esos paisajes –aunque no entiendo por qué alguien querría hacerlo-, la patagonia se te mete bajo la piel y se adueña de ti. Ese horizonte lejano, interminable y eterno con sus lagos y picos nevados de la cordillera, donde la naturaleza gobierna y el hombre acata, se convertirán en una parte tuya, porque te transformarán. Aunque lo olvides todo, aunque te falle la memoria con el tiempo, las sensaciones patagónicas –para las cuales deberían crear una palabra nueva para describirla- nunca se irán de ti.

Con esto en mente llegué a la entrada del Parque Nacional Los Glaciares y tras bordear una parte del Lago Rico comencé a ver algunos témpanos flotando en el agua. El corazón latía fuerte y los ojos escudriñaban el horizonte tras cada curva. La expectación entre los que estábamos en la camioneta era máxima. De repente, apareció: inabarcable, indómito, majestuoso: el glaciar Perito Moreno.

A lo largo de los 2km de serpenteantes pasarelas se lo puede admirar casi desde cualquier ángulo. Da igual desde dónde lo mires, te va a impresionar. Te va a hacer sentir chiquita, ridículamente frágil… y por todo lo que sucede dentro de ti, también te hará sentir muy humana. La naturaleza hizo magia en esta zona y yo me sentí una privilegiada por poder disfrutarla, a solas y con calma.

Me senté frente a esa inabarcable lengua de hielo, tan blanca que es azul y la escuché crujir. Cada rugido era un latido de un glaciar vivo y que avanaz sin cesar. El ruido estremece y parece que esas “catedrales de hielo” van a romperse en cualquier segundo. Esperas tener suerte y presenciar un pequeño rompimiento… te sietnas, observas y esperas. No tienes prisa por que sabes que podrías mirar ese coloso helado todo el día.

Y de repente cruje, se desprende parte de la pared y se desploma en el lago. Rompes en llanto. Sabes que te queda poco tiempo allí, porque cierran el parque. Empiezo a caminar, pero cada dos pasos vuelvo la mirada a esa gran masa de hielo. Subo las escaleras rápidamente para ganar unos minutos más para observarlo y disfrutarlo. Cuando lleguo al parking, punto de encuentro de la excursión para regresar al Calafate, miro el reloj y veo que quedan 5 minutos para la hora de salida pautda. Veo que los otros pasajeros están ya en la combie, listos para partir; pero yo le pido a la guía que me permita quedarme ahí esos 5 minutos restantes. Y así fue.

Me quedé de pie, como en una ceremonia, comiéndomelo con la mirada. Antes de irme me despedí con un “hasta pronto!”.

Antes de regresar a la gran urbe que me vio nacer, fui a conocer el Glaciarium para aprender más sobre los glaciares en general, sobre el Perito Moreno en particular y aprovechar para pisar por primera vez un bar de hielo… el ¡glacoibar!

La experiencia patagónica fue categórica, elocuente y dejó huella. Me fui del Calafate pero el Calafate no se fue de mi.

 

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Un pensamiento sobre “Experiencia patagónica: una visita al Glaciar Perito Moreno

  1. Irene

    Ufff brutal! Gracias por compartirlo Vero! Me has llevado de viaje allí! Tengo la piel de gallina!!! Ese color azul es mi preferido! Mi coche es de ese color! Ay! Que pena lo que está pasando con el cambio climático! Como me gustaria ir a verrlo! Que preciosidad esa catedral de hielo! Me ha encantado!!!un besote enorme!

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