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Finisterre: el fin del mundo conocido

Hay algo de simbólico y a la vez de naive en mirar el horizonte y pensar que allí se acaba el mundo. Imaginar que quien ose a surcar las aguas y llegar hasta esa linea donde se une el cielo con la tierra caerá a un precipicio y morirá irremediablemente en las garras de dragones y monstruos espeluznantes. Hoy sabemos muchas cosas sobre nuestro planeta y el universo, pero hubo una época en la que nuestra tierra era un gran misterio para sus habitantes. De ahí que surgieran tantas leyendas, fantasías, hipótesis que hoy consideramos “absurdas” pero que en su momento tenían todo el sentido del mundo.

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Esa especie de incomprensión o inopia a mi me genera, en algún punto, cierta ternura. Es como cuando yo creía que las flores de las plantas de la entrada de la casa de mi abuela eran cuadradas y blancas. Yo estaba fascinada por la perfección de esas flores casi perennes. Eran tan “preciosas” que yo no me animaba a tocarlas para no romper o alterar su encanto con mis manos pegoteadas siempre de caramelo y chocolate. Ya en mi adolescencia dejé de ir a esa casa, luego mi abuela se mudó y nunca más vi esas exóticas plantas de flores blancas como la nieve y cuadradas… hasta que google llegó a mi vida. Quise morir de la descepción. Resulta que esas plantas que admiré tanto de niña no eran nada más y nada menos que grandes aloe veras a las que mi abuela les había puesto cuadrados de telgopor (poliestireno expandido / poliespán) en las puntas para que sus nietos no se clavaran las puntas.  Llamadme ingenua, pero mi visión de la planta era mucho mejor que la realidad… ¿o no?

Los romanos, durante su expansión por Europa, llegaron a lo que ahora se conoce como el Cabo de Finisterre que mantuvo fascinados durante años a los geógrafos grecorromanos. Ellos lo llamaron “Finis terrae” que significa “donde acaba la tierra”…  el fin del mundo conocido en la antigüedad (me pregunto si sabrían dónde empezaba). A pesar de no ser el extremo más occidental del contienente, ni siquiera de Galicia, la percepción de los romanos en aquel entonces fue que, más allá de ese enclave, ¡no había nada! Sólo un inmenso “Mare externum” que cada tarde devoraba con cierta elegancia a la gran bola de fuego. A partir de esa especie de “lengua rocosa” que se adentraba en el agua todo eran misterios y leyendas, peligros e incluso muerte. Sin embargo, ellos sabían que la zona era especial y mágica y lo confirmaron tras encontrar un altar consruido por los pueblos celtas para adorar al sol.

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Pero Finisterre es especial también porque representa el fin de la ruta xacobea. Los peregrinos, con sus cuerpos cansados y pies doloridos, se acerca desde hace siglos hasta este extremo de Galicia tras haber visitado la tumba del Apóstol en Santiago, para disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos y especiales de la región. La misma puesta de sol que dejó hipnotizados a celtas y romanos.

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Para completar este festín de supersticiones y fábulas, este enclave forma parte de la conocida como “A Costa da Morte” que se ha ganado este nombre por la infinidad de naufragios que ha habido a lo largo de la historia en el litoral. Aunque esta denominación tampoco se libra de las leyendas: están quienes dicen que el nombre se debe a que esa es la frontera con la muerte, por ser “el fin del mundo”, otros creen que los celtas, tras realizar el “Camino de las Estrellas” –conocido hoy como Camino de Santiago-  iban allí para ver “morir” el sol cada tarde y una infinidad más de rebuscadas interpretaciones y especulaciones que le dan un aura más mágica al lugar. ¿Cómo no verme tentada a visitarla?

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Así fue como esta tierra mística y llena de leyendas se conviertió en el destino final de mi roadtrip de verano. El camino desde Madrid hasta allí fue emotivo tras visitar los pueblos y ciudades de mis antepasados y Finisterre tenía la carga histórica y fantástica que faltaba para rematar un viaje sin igual. La ciudad me recibió con un sol intenso y el cielo azul.

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Aún así, agosto no es sinónimo de altas temperaturas por esos lares, a pesar de los cielos despejados y el brillante sol. Al bajar del coche tuve que reemplazar la falda por vaqueros, las sandalias por zapatillas y mi camiseta de tirantes por un jersey y una chaqueta.

Como nunca la había imaginado en mi cabeza, no me sorprendió. Llegué al histórico puerto y lo primero que hice fue sentarme en una de las terrazas a tomarme un café y dejar que los sentidos se despertaran -tras horas sentada en el coche- y se acostumbraran a esta esquina gallega.

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Conocer una tierra tan llena de supersticiones, musa de escritores y artistas, donde los protagonistas son el mar, la lluvia y el susurro del viento revitaliza el espíritu. Como bien dijo Gonzalo Torrente Ballester (escritor y periodista español): “A Costa da Morte más que un lugar, es un estado de ánimo”.

Tras recorrer el pequeño centro de la ciudad y el puerto, caminé hasta el faro… hasta la mismísima punta pisando las huellas de los peregrinos de ayer, hoy y los de mañana. Recorrí a paso lento pero firme esos últimos 3km del camino xacobeo hasta chocarme de frente con la bravura del Atlántico.

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Aunque el encuentro con el fin del mundo no fue tan poético como esperaba por la horda de visitantes que se movían, tomaban fotografías, hacían picnics, compraban souvenirs o dejaban atrás sus ropajes de peregrinos… los minutos sentada en las rocas que se adentraban en el océano con el sol haciendo su camino hacia la línea del horizonte me dejó enamorada.

Fisterra, en gallego, con el esplendor de su pasado, su riqueza presente y un futuro siempre bienaventurado, da la bienvenida a todos con sabores marinos y una belleza natual siempre presente. Ya sea por su gastronomía, por su ruta xacobea, por su relevancia en la historia pesquera el mundo se rinde a sus pies y queda hechizado, liberando la mente de limitaciones mundanas y permitiendo que los aires frescos renueven el espíritu y la energía.

¿Qué puedes hacer en 48hs en Finisterre?

Paseo por su puerto 

Es el lugar ideal para dar un paseo o sentarte en alguna de las terrazas para observar las embarcaciones pesqueras entrar y salir del puerto para faenar. También se pueden ver a los pescadores arreglando sus embarcaciones o redes… talento puro!

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Capilla Nosa Señora del Bo Suceso

En un recorrido por el casco antiguo de la ciudad, podrás visitar esta capilla que data del siglo XVIII y que está dedicada a la Virgen del Buen Suceso.

Castillo de San Carlos/Museo del mar

Este castillo-fortificación fue construído en el siglo XVIII con el fin de defender la costa de ataques marítimos. A mediados del siglo XX fue cedida a la cofradía de Pescadores de Finisterre quienes lo convirtieron en un museo para contar la historia y costumbres de la pesca en esa zona. Sin lugar a dudas lo mejor del museo es su guía: Manolo. Revela detalles de la vida pesquera gallega con una pasión contagiosa y arroja datos curiosos de forma súper didáctica para que incluso torpes del mar como yo nos enteremos. La entrada es libre y gratuita.

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Caminata hasta el Faro

Desde el puerto hasta el faro es un paseo de cerca de 3km rodeados de naturaleza y con vistas de postal al Atlántico. Muy recomendado para disfrutar con aún más ahínco y excitación el arribo al “fin del mundo”.

Iglesia Santa María das Areas

Esta iglesia se construyó a finales del siglo XII y en su interior se encuentra  la imagen del Santo Cristo de Finisterre, el “Cristo de la Barba Dorada”.

Según la leyenda, los tripulantes de un barco arrojaron la imagen al mar por la mala suerte que habían tenido en altamar… pero la imagen llegó al pueblo arrastrada por la marea. Y se dice que a este Cristo le crece el cabello y las uñas… tendrás que ir a comprobarlo.

Ermita de San Guillerme

Esta ermita fue construida durante el proceso de cristianización de zonas paganas en un enclave que se cree que tenía poderes relacionados a la fertilidad. Muchas mujeres y parejas han pasado por allí buscando el milagro de poder concebir un hijo.

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Visitar el Faro

Si hay un faro mítico en España -y me animo a decir en el mundo entero- ese es el de Finisterre. Se trata del faro más importante y más antiguo de la Costa de la Muerte. El edificio que hoy se puede visitar data de mediados del siglo XIX y es el segundo lugar más visitado en Galicia. Su luz ha guiado a navegantes del mundo entero y ha prevenido muchos accidentes en una costa traicionera y peligrosa.

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Playa de la Ribeira

Se trata de una pequeña playa a los pies de la parte antigua de la ciudad y bajo el Castillo de San Carlos. El agua está muy pero que muy fría incluso en verano, pero eso no impide que valientes bañistas -casi siempre son locales- se den un chapuzón.

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