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Kannur: donde el oxímoron “sola en India” cobra sentido

De India sabemos muchas cosas, la mayoría son grandes clichés y no por ello menos verdaderos: hay mucha pobreza, la comida es picante, las vacas andan sueltas, la gente es muy espiritual, las mujeres visten con saris muy coloridos, las calles son ensordecedoras y está completamente superpoblado, por lo que encontrar un sitio público para estar a solas es imposible. He descubierto que esto último no es cierto.

totthada-beach1 KANNUR Thottada

Tras 5 largas semanas en India, quizá un poco agotada de tanto ruido, tanta gente, tantos animales y tanta basura, Cris y yo llegamos a un lugar donde las únicas en la playa –al menos por un par de horas- eramos nosotras… ¡y qué lujo fue escuchar el silencio sólo interrumpido por el romper de algunas pequeñas olas que llegaban con un poco de fuerza a la orilla! Mi cerebro llevaba semanas sin sentir el placer del silencio.

playa-Thottada Kannur Kerala

Este pequño edén se llama Thottada beach, está a unos pocos kilómetros al norte de Kannur, una pequeña localidad costera en el norte de Kerala. También conocida por su nombre portugúes Cannanore, la ciudad ha sido mencionada y apreciada enormemente por Marco Polo, quien la denominaba “el gran emporio del comercio de las especias”. A pesar de que casi no recibe turistas extranjeros y su infraestructura es tan precaria como en gran parte del país, posee grandes atractivos como sus anchas playas, importantes templos o el fuerte portugués de San Angelo, que data del siglo XVI.

Kannur, que se cree que ha sido el antiguo puerto de Naura, muy valorado por los griegos, los árabes o los romanos parecía, así, a simple vista, bonita… pero en un afán por llegar al pequeño oasis de tranquilidad de Thottada en el bullicioso subcontinente indio decidimos con Cris ir directamente al paraíso perdido.

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Desde la estación de tren caminamos hasta un cruce de avenidas desde donde algún autobús nos llevaría a nuestro destino. Encontrar el punto exacto donde paraba el bus fue tanto o más difícil como saber qué bus exactamente iba a dónde nosotras queríamos llegar. Tras varias confusiones y muchas opioniones, consejos, direcciones nos subimos a un autobús totalmente metálico y limpio con guirnaldas de colores en su interior.

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Cerca de media hora de saltos y curvas imposibles más tarde, los pocos locales que quedaban en el bus nos indicaron que habíamos llegado a Thottada, y que los alojamientos estaban sobre la playa, a un kilómetro y poco por caminos asfaltados y de tierra bordeados por vegetación densa desde la carretera principal.

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Caminamos por estrechos pasillos de vegetación pura bajo el sol abrasador, pasando junto a casas bien cuidadas, de cemento pero pintadas de colores, con varias plantas y decoradas con gusto.

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El lugar era tranquilo, no se escuchaban casi sonidos y la poca gente que transitaba esas laberínticas callecitas lo hacia sin prisa y con curiosidad por esas dos chicas con grandes mochilas en sus espaldas. Si había un sitio donde había dinero en “ladrillo”, definitivamente era allí. De repente, el camino se cortó ante una cortina verde y se intuía lo que había detrás de ella… la inmensidad del mar.

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Nos asomamos con Cris para descubrir un pequeño acantilado cubierto por maleza que caía casi vertical sobre una pequeñísima playa que sólo puedo describir como paradisíaca.

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Seguimos el camino, esta vez en paralelo al mar hasta llegar a una playa aún más grande. A los pocos metros el camino se corta y se vuelve “propiedad privada”, pero se puede acceder fácilmente a la playa. Allí sólo había 3 personas, un grupo de extranjeros que, como nosotras, andaba en busca de un lugar remoto sin más presencia que la de la naturaleza en su estado puro. Uno de los chicos, un francés, se acercó a nosotras para peguntarnos si habíamos conseguido alojamiento económico. El paraíso tenía un precio que ni ellos ni nosotras podíamos pagar.

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Tras buscar alojamiento y preguntar precio en 3 o 4 casonas que hacían las veces de hoteles nos dimos cuenta que allí todo era carísimo, porque no sólo te ofrecían alojamiento, sino también las comidas dado que allí no había nada mas: ni bares, ni restaurantes, ni supermercados, ni tiendas, ni vendedores ambulantes. Ellos captalizaban en el beneficio del aislamiento. Para nuestros bolisllos eso no era una opción en ese momento, así que tuvimos que sacrificar esa paz por la bulliciosa Kannur, donde pasamos la noche, pero a la mañana siguiente nos fuimos directas a ese reducto de paz a pasar el día.

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Sentarse a solas frente al mar a veces es necesario. Pasamos largas horas allí sentadas simplemente contemplando el vaivén del mar. Dimos un paseo por la playa y nos cruzamos con una pareja de jubilados ingleses que nos contó que todos los años se iban a veranear allí, alejados del mundo, con una playa casi sólo para ellos. Tras charlar un rato ellos siguieron su camino. Primero eran unas figuras delante de nosotras, luego unos puntos en la lejanía hasta que desaparecieron de nuestra vista. Solas de nuevo.

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A nuestro regreso del paseo descubrimos que un hotel de la zona permitía a no huéspedes quedarse en su jardín y merendar. Cris y yo nos sentamos en unas mesas con vistas al mar y nos tomamos el mejor café que habíamos probado en India. Sin prisa lo degustamos como si fuera la última taza de café que fuéramos a beber. Disfrutamos de la calma, de las vistas y de la compañía. Un día en el paraíso.

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Me hubiera gustado quedarme allí mucho más tiempo, pero el resto de Kerala nos esperaba y tanto Cris como yo teníamos dos fechas límites impostergables: ella un viaje a Irlanda y yo un viaje a mi interior en el curso de Vipassana…

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Lo bueno, si breve, dos veces bueno dice el dicho. Fue tan sólo un día… quizá solo una tarde, pero era todo lo que necesitábamos para recargar fuerzas para seguir el camino. Nunca olvidaré esa tarde de paz en la solitaria playa de Thottada Beach.

 

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