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Lo que no mata da placer: viajar en moto por Bolivia

¿Por qué será que todo lo que me aterroriza también me atrae como si fuera un imán gigante? Me dan miedo las alturas y sin embargo uno de mis sueños es tirarme en paracaídas, tengo claustrofobia e insisto en meterme en las pirámides de Giza, los túneles de Cuchi o incluso me he planteado seriamente adentrarme en las minas de Potosí. Pero si hay algo que realmente me da miedo, terror diría yo, esas son las motos. Y sin embargo no pude evitar ofrecerme a ser el “paquete” en un viaje de casi 7 horas desde Potosí hasta Tupiza en Bolivia. La idea me daba esa risa histérica que no sabes si es felicidad o pánico o una mezcla de ambas, acompañada de un dolor punzante en el estómago e incluso un poco de taquicardia.

Como todo lo que quieres hacer pero te da miedo, cuando me “ofrecí” a ser “paquete” dejé todo un poco en el aire:

– Bueno, quizá coincidamos en algún punto del camino y ¡¡me llevas!!

– Claro!! Pero tú ¿que ruta harás?

–  No sé, quizá Coroico en unos días, luego Sucre, Potosí y de ahí a Uyuni o Tupiza para hacer el tour del salar. No sé fechas, todo dependerá del camino.

– A mi mañana me entregan la moto y la idea es llegar a Uyuni en 2 semanas más o menos, podemos ir hablando y si coincidimos te llevo.

– OK, yo te voy avisando.

Esa fue la conversación que mantuve con Luis, un español que estaba dando la vuelta al mundo y con quien había coincidido en Huacachina, Cusco y en esta ocasión en La Paz, una noche en la que además nos contamos anécdotas de viaje e historias de vida.

Efímeras sombras en la ruta al sur de Bolivia

Efímeras sombras en la ruta al sur de Bolivia

Si algo tiene que ser… será

Pensé que nunca más lo volvería a ver y que mi fantasía de hacer un recorrido en moto por Bolivia al mejor estilo “Che Guevara y La Poderosa” quedaría en un ignorado y empolvado deseo, de esos que seguramente cuando estás en tu lecho de muerte te arrepientes de no haberlo llevado a cabo.

Como les conté en otro post no pretendía estar en Potosí más de 24 horas, pero por una de esas intuiciones viajeras decidí quedarme más tiempo y, gracias a ello y para mi sorpresa, volví a coincidir con Luis, nada más que esta vez él venía motorizado.

Sentados entre cholitas y mineros, yo escuchaba fascinada sus anécdotas del viaje en moto que había empezado unas semanas atrás en La Paz. A medida que avanzaban sus relatos, y entre bocado y bocado de un arroz insulso con huevo y ensalada que me preparó una de las cocineras del mercado San Camilo, mis ganas por emular lo que en mi mente era una de las expresiones de libertad máxima en un viaje me inundaba y casi no me dejaba respirar.

Decidí que ese viaje en moto no sería un deseo del cual arrepentirme en mi último suspiro, por lo que precipitada y llena de alegría le dije: “llévame de paquete a Uyuni!”. Pero Luis venía viajando con un chico desde La Paz y habían acordado ir juntos en moto hasta los bordes del salar. Mi cara de decepción debió ser tal que añadió: “pero le puedo preguntar si no le importa seguir el camino en autobús, de todas maneras Uyuni está muy cerca y él vino a Potosí a encontrarse con un amigo”. Mi alegría desmedida me impulso desde la planta de los pies al techo. Sus palabras estaban cargadas de ilusión y esperanza… y yo no podía esperar a terminar mi plato para ir corriendo al hostal de Luis para hablar con su amigo y decirle que estaba expulsado de la moto: “coge tus mochilas y vete” (versión viajera del emblemático “coge tus cuchillos y vete” de Top Chef).

No tuvo que sonar la alarma del despertado esa mañana. El amanecer era claro y un poco fresco. Terminé de acomodar todo en mi mochila y a las 9.30 en punto estaba en el hostal de Luis. Allí me esperaban él, su amigo y “La Poderosa II”. Contener la “Miegría” (nuevo término acuñado por mi, mezcla de “miedo” y “alegría”) me resultaba difícil y tampoco quería enmascararlo: estaba rotundamente feliz.

Con una precisión más propia de un amateur que de quien lleva recorrido medio mundo colocamos y atamos las mochilas a ambos lados de la moto, intentando que existiera cierto equilibrio e igualdad de peso. Al llegar a Tupiza me di cuenta de un grave error: la mochila debía estar lo más alejada posible del tubo de escape…. ¡llegó negra y una parte quemada! Para la próxima ya aprendí la lección!

¡Moto a punto! Listos para salir en dirección a Tupiza

¡Moto casi a punto! Listos para salir en dirección a Tupiza

Como era pronto decidimos ir a desayunar, porque no sabíamos si encontraríamos bares o restaurantes en el camino, y porque siempre es mejor salir a la ruta con el estómago lleno. Durante el desayuno mi compañero de ruta me preguntó si me importaría ir a Tupiza en vez de Uyuni (el plan trazado la noche anterior)… y yo pegué un salto de la emoción y le comenté que ese era mi destino original, que yo quería hacer el tour al salar desde Tupiza porque me permitiría ver el amanecer desde la isla Pez. La sincronía era perfecta. A las 11h rugió el motor y escuché lo que quizá llevaba años esperando oír: “sube, ya estamos listos!”.

En ruta: Luis, la Poderosa II y yo

Si no fuera porque soy ágil y menuda, no sé si hubiera sobrevivido a esas largas horas sobre la moto. Tenía dos enormes mochilas a cada lado, un bidón de gasolina en mi espalda y uno de los apoya-pies no funcionaba, por lo que tenía que apoyar el pie “donde pudiera” o llevarlo en el aire.

Aunque estuviera la moto completamente destartalada, tuviera que ir con una gallina atada a la cabeza o sin abrigo; creo que nada me hubiera quitado la sonrisa de la cara. Esa completamente feliz.

Salir de Potosí nos llevó casi 20 minutos de callejear por esos laberintos de fachadas coloniales y miradas de mineros absortos. Cuando finalmente salimos a la carretera sentí un sudor frío recorrer mi columna vertebral. Había una extensa carretera delante nuestra, se extendía hasta el horizonte y no había nadie más allí que nosotros… literal.

Peaje y control a la salida de Potosí

Peaje y control a la salida de Potosí

Cerca de media hora después de pasar el peaje y control de salida de Potosí Luis me dice que deberíamos estar atentos a ver si veíamos una gasolinera, porque ¡estábamos casi sin gasolina! Hicimos una breve parada en el arcén y consultamos en el móvil si había alguna gasolinera cerca, aparentemente la siguiente estaba a 10km en dirección Tupiza. La otra opción era regresar a Potosí. Nos la jugamos y seguimos la marcha. Casi 10km más adelante no había nada: solo una carretera desierta, paisajes áridos y cada tanto alguna caseta y un pastor. Cuando nos cruzamos con lo que parecía una fábrica de algo, bajamos a preguntar por la gasolinera y si, efectivamente estaba un par de kilómetros más adelante. Al llegar no sólo repostamos y completamos el bidón de gasolina que llevaba en mi espalda, aprovechamos el baño y luego, sin más obstáculos, la ruta era nuestra.

Feliz como una perdiz, saliendo de Potosí

Feliz como una perdiz, saliendo de Potosí

Horas de paisajes áridos vulnerados únicamente por gigantescos cactus que daban la impresión de que algunas montañas en la lejanía eran puercoespines gigantes que de un momento a otro se pondrían de pie. No había nada alrededor y el paisaje de Potosi a Tupiza no cambió mucho… pero el simple hecho de ir libres, a nuestro ritmo -bueno, el ritmo de la moto que no podía levantar los 100km/hora por el peso que llevaba- y con el viento en la cara… ¡era impagable!

Parada táctica para comer antes de emprender el segundo trecho

Parada táctica para comer antes de emprender el segundo trecho

Sobre las 3 de la tarde encontramos una pequeña población de 5 casas y un restaurante de carretera en medio de la nada más absoluta y sin necesidad de consultarlo entre nosotros paramos para comer. Como era tarde la mujer nos comentó que no le quedaba casi nada, pero que un arroz con huevo nos podía hacer. Paramos el tiempo justo y necesario para llenar nuestros estómagos y estirar las piernas y seguimos camino. Aunque la distancia entre Potosí y Tupiza eran tan sólo de 250km, al ser carretera de montaña y llevar la motocicleta cargada como un ekeko, el trayecto no iba a ser menor de 7 horas… y para ese entonces ya lo sabíamos.

Buenos samaritanos en la ruta

A poco menos de 100km de nuestro destino encontramos una camioneta en medio de la carretera y un hombre que nos hacía señas para que parásemos. Todas las alarmas internas mías sonaron… evidentemente las de Luis no, porque frenó sin titubeos. Yo estaba un poco paranoica por conocer al dedillo ese truco que usaban muchos ladrones en los que te hacían creer que su coche se había descompuesto y tú parabas para echarles una mano y ¡zas! te dejaban sin un duro ni tu coche/moto en medio de la nada.

El hombre nos contó que se había quedado sin gasolina y quería que lo ayudáramos a mover su camioneta hacia el arcén (¡aunque en horas y horas de viaje nos habíamos cruzado con máximo 5 coches! Podría haber dejado ahí su camioneta una semana y nadie lo hubiera notado!). Luis y yo nos colocamos detrás y empezamos a empujar; y el chico se puso al mando de la dirección para aparcarla a buen resguardo a un lado de la vía. Antes de que el chico pudiera agradecernos Luis  le ofreció el bidón de gasolina que llevábamos de reserva. Al principio el chico no quiso aceptar porque dijo que no tenía dinero para pagarlo, pero cuando Luis le contó que estaba “pagando un favor” que le habían hecho a él en otro viaje en el que se había quedado sin gasolina, el chico comprendió el concepto y aceptó. Antes de despedirnos el chico se deshizo en palabras de agradecimiento… según él, le habíamos salvado su día.

La Poderosa II

La Poderosa II

Fin de la experiencia

La noche -y el frío que acompaña esas horas- se nos venía encima y nosotros aún estábamos a 50km de Tupiza. Eso, en La Poderosa II, se traducía en al menos 40 minutos de viaje. Yo, que ya estaba bastante más hábil sobre la moto, saqué del bolsillo de mi chaqueta el móvil y comencé a buscar la dirección de algunos hostales para ir adelantando tareas. A pesar de ser la mujer más feliz del mundo sobre esa moto, ya quería dejar atrás el sillín, darme una buena ducha de agua caliente y comer algo abundante.

Una hora y media más tarde ya habíamos encontrado un hostal con garage y estábamos sentados en un restaurante frente a un plato de pasta más grande que una paellera. Entre bocado y bocado le conté a Luis que había sido una aventura increíble y que había valido la pena hacerle frente a mis miedos para vivir una experiencia así.

Para muchos subirse a una moto y recorrerse 250km es cosa normal, como para mi quizá subirme un avión e ir al otro lado del planeta, pero para mi había sido un acto de total valentía y de mirar a mis miedos a la cara.

Cada quien tiene sus temores y para mi uno era ir en moto por carretera, y haberlo superado me hizo sentir increíblemente afortunada. La sensación de libertad dentro de un viaje estructurado por horarios de autobuses es una vivencia que no olvidaré nunca.

Así como tome la moto por sus “astas”, quienes tiene miedo a viajar deberían subirse a un avión y mirar directamente a los ojos a su demonio. Verán que no es tan traumático ni imposible  de sobrellevar como una cree.

A veces simplemente te tienes que dejar llevar.

¡¡Gracias Luis por el viaje a Tupiza!!

¡¡Gracias Luis por el viaje a Tupiza!!

Disclaimer: todas las fotos de este post son de mi móvil, de ahí la mala calidad. Sorry.

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2 pensamientos sobre “Lo que no mata da placer: viajar en moto por Bolivia

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Johan, si tienes la oportunidad de moverte en moto en algún momento no lo dudes! Te da una libertad increíble. Si decides salir a la ruta avisa y cuéntanos tu experiencia! un saludo

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