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Loja cierra los domingos

Aunque no lo sabía con certeza, el sentido común y algo de intuición me decían que el serpenteante camino desde Cuenca a Loja sería de esos que es mejor hacer con el estómago casi vacío -o biodramina por intravenosa-. Así que decidí tomar un desayuno liviano en el hotel a las 8am y salir rumbo a la sureña y desconocida ciudad de Loja.

Grafiti en las calles de Loja

Grafiti en las calles de Loja

El camino desde Cuenca hacia Loja es a través de la cordillera de los Andes, así que os imaginaréis las vistas espectaculares que hay a lo largo de las cuatro horas y media de viaje: colinas y montañas cubiertas en un manto verde, algunas con espesa vegetación y algunos parches de césped con vacas pastando. Algunas casas salpicadas aquí y allí, los nubarrones siempre cerca de las cimas y la niebla abrazando con fuerza algunas zonas. Por suerte el desayuno se quedó donde debía estar y no salió por donde había entrado. Pero para cuando llegué a Loja estaba hambrienta.

Iglesia en Loja

Loja Ecuador

Dejé rápidamente mi mochila en el Hotel Metropolitano, donde tuve la suerte de ser invitada y bien recibida, y me lancé a las calles como lobo en busca de alimento. A esa hora no tenía exigencias culinarias más allá de que mi comida no tuviera carne. Pero para mi sorpresa: Loja estaba sumida en un letargo exasperante. Las calles estaban casi vacias, los negocios cerrados con las cortinas metálicas bajas y a medida que pasaban los minutos, mi desesperación crecía.

Calles de Loja

Negocios cerrados en Loja

En la plaza de la catedral había unos puestitos de artesanías y le pregunté a las mujeres que tejían plácidamente dónde podía comer a esa hora (eran cerca de las 3.15pm) y me miraron como si les hubiera pedido que me recitaran el nombre de todas las constelaciones por orden alfabétco. Me dijero que era domingo -cosa que ya sabía- y luego de una pausa en la que creo que deben haber recorrido mentalmente todos los bares y restaurantes del pueblo sentenciaron: “todo está cerrado”. Me tomé unos segundos para recapacitar sobre la posibilidad de que una ciudad entera cerrara los domingos. Luego insistí: “pero no hay ni un solo sitio donde pueda comprar un sandwich?” Las mujeres volvieron a caer en un estado de trance por algunos segundos, deben haber vuelto a repasar el listado de bares de Loja- y me dijeron: “prueba en el restaurante XX (no recuerdo el nombre) que está dos calles para arriba y una a la derecha”. Agradecí y salí disparada para donde me habían indicado. Nada. Todo cerrado.

Loja esta cerrada los domingos

Callejeé varios eternos minutos, sintiendo el desvanecimiento llegar hasta que me topé, en una esquina, con una panadería que, a pesar de estar cerrada, no tenía bajada del todo la cortina de metal. Las vitrinas mostraban fotos de sandwiches calientes con quesito derretido, tazas de café humeante, tartas varias y para ese entonces decidí dejar de mirar porque estaba salivando y no podía con ese masoquismo. Empujé la puerta varias veces, a ver si por arte de magia se abrían… pero no. Entonces hice lo que cualquier persona con hambre voraz hubiera hecho: toque la puerta con cierta insistencia y desesperación. A los pocos segundos bajó una mujer sonriente, me abrió la puerta y le conté que llevaba desde las 8am sin comer, y que era una cuestión de vida o muerte que comiera algo (si, para mi era de vida o muerte… no me queréis conocer con hambre). Me dijo que a ella le quedaba solo un poco de pan, pero nada para acompañarlo. Me vio tan desesperada que me dijo que en un barcito a varias calles de allí hacían pollo frito. Le comenté que era vegetariana y eso le hizo recordar que a una calle de ahí había un “restaurante” vegetariano. Salió de la tienda e intentó mirar si estaba abierto, pero como no se veía desde nuestra perspectiva le pegó un grito a un hombre a unos 30 metros nuestra y le preguntó si el vegetariano estaba abierto. El hombre tampoco veía desde donde estaba y como tampoco quería moverse mucho le preguntó a un tercer hombre que estaba en el porche de su casa y este finalmente, con buena visión del restaurante, le dijo que si. Le agradecí a la chica su ayuda, como si me huiera dado un vaso de agua después de atravesar un desierto y salí disparada para el “restaurante”.

Excepto por el pequeño cartel pintado a mano en el que se leía “restaurante El Paraiso Vegetariano”, nada indicaba que se trataba de un local abierto al público. Parecía el salón de una casa con una familia charlando animadamente dentro.

Entré y les pregunté si aún servían comida. Asintieron. Les pedí la carta (menú) y me comentaron que solo tenían un menú: el entrante era “sopa de plátano”…. aquí me detendré un minuto y os daré otro a vosotros para que lo visualicéis. Sopa y plátano en la misma frase, junto y revuelto…. ¡sopa caliente de fruta! Nada podía ser menos tentador, pero con el hambre que tenía me hubiera devorado una fresa empanada y frita con mayonesa. El segundo plato consitía en plátano hervido y aplastado con carne de soja y un cuarto de tomate. Acepté sin rechistar ni preguntar el precio. A pesar de la descripción, os juro que la comida estaba muy sabrosa, más de lo que imaginé durante los pocos minutos que tardó en llegar el primer plato. Eso, o tenía mucha hambre y mi paladar se limitó a “dejar pasar la comida sin identificar sabores”. En cualquier caso, panza llena corazón contento y Vero de buen humor de vuelta.

Iglesias de Loja, Ecuador

Al salir del “restaurante” me di cuenta que me caía agua del cielo, pero no era lluvia. Había sol y zonas del cielo despejado. En la lejanía se veía una montaña con un nubarrón negro abrazado a su cima. Miré hacia el lado opuesto y vi una montaña verde, lamida por una clara neblina y un impresionante arcoiris! Miré a mi alrededor a ver si alguno de los 4 peatones que había en la zona se había percatado de su presencia… pero en ninguno de ellos noté un atisbo de asombro, exitación o alegría por ver un arcoiris. Me pregunté si era porque estarían acostumbrados a verlos a diario (era evidente que el clima de 4 estaciones en un mismo cielo al mismo tiempo era común para ellos). No sabía si sentirme contenta por ellos porque podían ver el arcoiris cada día o triste porque normalizar algo hace que una pierda el poder de asombro… y ¡qué pena dejar de asombrarse ante un fenómeno meteorológico tan mágico y potente como un arcoiris!

Arco iris en Loja Ecuador

Loja Ecuador

Para bajar la comida decicí dar un paseo sin rumbo, a ver si encontraba vida en la ciudad, más allá de las palomas. Resultó ser que la gente que vive en Loja los domingos sobre las 4.30 o 5pm está dentro de una iglesia! La catedral de Loja estaba totalmente llena, tanto que había gente parada casi en la entrada. Aha! “Piedra libre a los Lojaneses!” (o como sea el gentilicio). Seguí mi camino por callecitas dominadas por casas coloridas con balcones coloniales y me crucé con otro bar abierto. Entré solo para informarme el horario de cierre ya que me estaba temiendo el mismo proceso de “caza” para mi cena. El chico me comentó que acababan de abrir, para la gente que sale de la iglesia, y que cerraban a las 7pm. Le pregunté si los Lojanses no comían los domingos o cuál era la razón por la que todo estaba cerrado y me explicó, con toda la paciencia del mundo, que la gente que tiene sus negocios en Loja no son originariamente de la zona, sino de los alrededores, y los domingos se van a pasar el día con sus familias y por eso Loja cierra los domingos.

plaza central de Loja

Poco más os puedo contar del centro histórico de Loja, además de las iglesias, una torre enorme con un reloj en la punta y que ostentan el título nacional de ser el “centro musical y artístico del sur” -y ellos dicen con orgullo que del país entero!-. Pero si algo quiero rescatar de los habitantes de Loja es su amabilidad, simpatía y generosidad.

Plaza central de Loja, Ecuador

A las 7pm, sabiendo que si no salía en “busca y captura” de un sandwich no cenaría esa noche, conseguí en un pequeño bar unas papas fritas y una ensalada de pasta. Menuda mezcla, lo sé. Pero era eso o pollo frito. Volví al hotel y lo guardé para comerlo un poco mas tarde (no me acostumbro a los horarios alimentarios del Ecuador) y sobre las 9, después de cenar pedí en el hotel que me calentaran agua para hacerme un café…. y resulta que no tenían manera ni forma de calentar agua! TRAGEDIA.

Plaza central de Loja, Ecuador

Salí desesperada a buscar café o agua caliente por las calles aledañas y ¡nada! Pero cuando una quiere algo, lo sigue y lo persigue e insiste hasta el final. No había NADA abierto a las 9pm en Loja. Nada. Así que agarré mi vasito de plástico del café que me había tomado por la tarde y salí en busca de vecinos generosos y buenos samaritanos. Encontre a una chica y un chico que habían bajado a pasear a su perrito a la puerta de la casa y, dejando la vergüenza de lado, les pedí con toda la amabilidad del mundo si me podían dar agua caliente. La chica me miró con un poco de desconfianza por lo que rápidamente pasé a explicarle que acababa de llegar a Loja desde Cuenca y que todo estaba cerrado y que quería tomarme algo caliente pero que en mi hotel no había cocina ni forma de calentar agua…. y evidentemente LOJA estaba cerrada y durmiendo. La chica me dijo que la esperara unos minutos y entró a la casa para calentar agua. Me quedé con su hermano en la puerta de la casa charlando y, como cualquier otro ecuatriano con quien me he cruzado en estas semanas, se ha quedado sorprendido de que viajara sola. Me comentó que a esa hora podía andar sola por la calle, pero que justo en la esquina se paran las “mujeres de la mala vida” y que podía ser peligroso… que me fuera rápido al hotel en cuanto su hermana me diera el agua y así hice. Gracias Loja por la solidaridad. Aunque estuviera todo cerrado, vuestra simpatía y buena predisposición me han hecho sentir en casa!

Castillo en Loja, Ecuador

¡¡Buenos viajes!!

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