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Los atardeceres de Máncora

Los balnearios turísticos nunca han sido mi debilidad. Pero como en toda mentira hay algo de verdad; en todo desarrollo urbanístico forzado, apurado y artificial hay algo de autenticidad; generalmente provista por la madre naturaleza. Hay cosas que el ser humano no puede crear, ni fingir, ni retocar; y me bastaron unas pocas horas para descubrir el verdadero encanto de Máncora.

Atardecer en Máncora Perú

Podría deberse a la arbitrariedad de la mente, al hechizo narcótico que ejercen los vivos colores de la naturaleza en las retinas o al vendaval de estímulos que produce el fuego fundiéndose en el mar; pero lo que más recuerdo de Máncora son sus atardeceres.

Intenté profundizar un poco más en mis memorias de la norteña ciudad de la costa Peruana y se me vinieron a la cabeza los mates que compartí con otros viajeros… durante los atardeceres en la playa. Entonces recurrí a la ayuda visual: las decenas de fotos que tomé durante mis paso por allí. Para mi sorpresa, prácticamente todas retrataban perfectas postales del momento en el que el sol daba pinceladas doradas al mar y a la arena. Sin duda, Máncora para mi estaba hecha de atardeceres cobrizos, rojos y dorados.

Caballos al atardecer en Máncora Perú

Había cruzado la frontera una madrugada fresca y lluviosa, en un trámite que puede sintetizarse como rápido y surrealista. Ambos puestos fronterizos carecían de electricidad -cortes eléctricos habituales según me comentaron- y tuve que iluminar con mi linterna las manos de los oficiales de migraciones para que pudieran sellarme el pasaporte -salida de Ecuador y entrada a Perú- sin demasiadas preguntas ni revisiones de equipaje. Era tarde y todos estábamos cansados.

Escuelas de Surf en las playas de Máncora Perú

Máncora fue mi primer destino en las tierras del gran Imperio Inca y llegué a él una tarde muy calurosa. Los coches levantaban polvaredas a su paso y yo recorría con la mochila a cuestas la concurrida panamericana, que atraviesa la ciudad en paralelo a la costa, buscando el hotel An’anasha donde me esperaba Ricardo, el nuevo administrador de este pequeño y encantador hotel céntrico, que me había invitado a pasar unos días allí.

Ocaso en la playa de Máncora Perú

La fama precede a esta ciudad: paraíso para surfistas y balneario conocido por su “movida nocturna” durante los meses de verano en el hemisferio sur. La ciudad tiene todos los ingredientes que cualquier balneario turístico ostenta y oferta para pasar unos días de relax y diversión: bares, restaurantes, deportes acuáticos, buen clima y largas playas acariciadas por el vaivén de las olas. Pero la norteña ciudad de la costa de Perú tiene algo especial: durante 2 minutos y 45 segundos al día, se convierte en el mejor sitio del mundo para estar. El sol, esa estrella venerada por la cultura Inca, se esconde tras la línea del horizonte dando coletazos de fuego y usa la intensidad de sus rayos para generar un espectáculo de colores que deja marcas permanentes en la mente de los espectadores. Por lo menos en la mía.

Playa de Máncora Perú

Me topé con el atardecer de casualidad. No lo esperaba tan pronto ni tan sobrecogedor. Había pasado la tarde caminando por la ciudad, descubriendo sus callecitas de tierra, sus restaurantes con menú turístico, esquivando mototaxis y calculando el cambio euro-soles peruanos, cuando decidí torcer en una calle que desembocaba en el mar. La playa era angosta, sobre la arena quedaban restos de suciedad que había arrastrado la tormenta de unos días atrás y las veraneantes disfrutaban del sol y del alivio que brindaban las aguas frías del Océano Pacífico. El sol estaba cerca del horizonte y aún no eran ni las 6.30 de la tarde. Me senté en una parcela de arena sin palos ni algas y me perdí en la línea que divide el cielo de la tierra. Fue unos minutos más tarde cuando el atardecer devino en una hipnótica exhibición de colores. La gran bola de oro se tornó anaranjada y luego rojiza, segundos más tarde barnizó de dorado el Océano y se fundió lentamente en las tranquilas aguas que bañan la costa.

Atardecer en Máncora Perú

“No hay dos atardeceres iguales”, pensé. Y me pregunté si por estas latitudes serían todos igual de espectaculares o simplemente había sido testigo de un ocaso de película de forma fortuita. En ese momento tomé la decisión de no perderme ningún atardecer durante mi estancia allí.

Máncora

Los primeros dos días contemplé el ocaso desde la playa frente a la pequeña ciudad, donde se concentran decenas de bares, restaurantes y escuelas de surf. Pero los últimos 3 días me mudé al The Point Hostel, en la zona norte de la ciudad, ubicado frente al mar (y alejado del ajetreo del centro). Fue en este hotel donde conocí a dos argentinos que viajaban con el mate a cuestas y donde no pude resistir presentarme y pedir que compartieran conmigo ese sabor tan característico de mi país. Entre mates y charlas estrechamos lazos y decidimos seguir parte del viaje juntos. Los siguientes días recorrimos algunas playas cercanas, pasamos alguna tarde en la piscina y bar del hotel, aprendí a jugar al ping pong y perdí la vergüenza en el karaoke… pero sobre las 6pm, dejábamos toda actividad en pausa y nos lanzábamos a la playa  para contemplar, en silencio, ese momento en el que el sol hace su actuación estelar antes de dar paso al firmamento. No era melancolía ni tristeza lo que nos arrastraba a la playa, como al Principito el día que vio 43 atardeceres en un día, sino el poderoso magnetismo que ejercen los colores del ocaso sobre el mar. La fuerza de la estrella de nuestro sistema planetario hace gala, cada día, de su magnitud y poderío antes de esconderse tras los límites de la tierra.

Esperando el atardecer en Máncora Perú

Los atardeceres son mágicos en muchos sitios, pero en Máncora otorgan el toque de autenticidad necesaria a una zona creada únicamente para satisfacer las demandas del turista. En Máncora fui feliz, y el sol ha sido el héroe de mi estadía.

Máncora

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