Sinmapa

Por siempre joven en Vilcabamba

¿Quién no quiere conocer la fórmula para mantenerse joven, vital y celebrar los 100 añitos bailando animadamente al son de música rockolera? Una década entera aplicándome cremas antiarrugas e intentando -sin éxito alguno- acudir regularmente a mis clases de yoga y de repente, en medio del viaje, me entero que en Vilcabamba, un pequeño poblado al sur de Ecuador, se encuentra la población con mayor cantidad de centenarios de Sudamérica… ¡No me podía resistir a conocer el llamado “valle de la longevidad”!

Graffiti en Vilcabamba, Ecuador

Los científicos aún no se ponen de acuerdo en relación a qué es exactamente lo que hace que los residentes de Vilcabamba vivan más de 100 años y se mantengan en tan buena forma: ¿será el suave y cálido clima que reina en la zona?, ¿serán las propiedades de las frutas, verduras y horatilzas que allí aún siembran de forma tradicional?, ¿acaso el agua de los ríos Uchima y Chamba guardan los secretos para vivir una buena y larga vida? o ¿será el parsimonioso ritmo de vida? No es que yo haya querido ir a este pequeño pueblo andino para intentar arrojar luz sobre las sombras existentes en estas cuestiones -y tampoco tengo un interés gerontológico-, pero me intrigaba mucho este pequeño Shangri-La.

Iglesia en la plaza central del Vilcabamba

Iglesia en la plaza central del Vilcabamba

Imposible negar que el ambiente que rezuma este enclave andino es armonioso y seguramente por ello ha sido bautizado “Vilcabamba” que en Quechua significa “Valle Sagrado”. Sus sosegados habitantes caminan como si fueran dueños del tiempo… ¡y les sobrara! La naturaleza pone el marco verde a las casas bajas y las pocas calles que conforman esta región forman un fácil entramado que siempre lleva a alguna cascada, río, montaña o valle. Pararse en medio de la plaza central y observar la vida pasar da una pista de por qué aquí la gente vive más que en otros sitios… no hay prisa, no hay estrés, hay muy pocos vehículos motorizados -y los pocos que hay creo que no pisan el acelerador más allá de 40km/h- y como prueba de ello están los perros que se tiran a tomar el sol en medio de las calles sin preocupación alguna. Miro a mi alrededor, tomo una bocanada de aire y se siente puro, liviano, saciante. Algo en Vilcabamba -que no logré descifrar- baja las pulsaciones y relaja la mente y el cuerpo.

Calles de Vilcabamba

Calles de Vilcabamba

vilcabamba Ecuador

Había llegado muy temprano al pueblo y decidí sentarme en la terraza de uno de los numerosos bares hippies/alternativos que rodean la plaza para aquietar mi mente, serenar mi cuerpo y mimetizarme con el ambiente. Las opciones en el menú del bar eran todas orgánicas, naturales y ecológicas… detallados todos los ingredientes de las comidas en inglés, alemán y castellano. Como hacía poco había desayunado unos huevos revueltos y no tenía hambre, opté por un café que me supo a gloria. Sin duda uno de los mejores que había tomado en el país. A mi alrededor se congregaban extranjeros, principalmente ingleses, australianos y alemanes, que claramente habían pasado los 65 años y se habían instalado allí con el ferviente deseo de extender su vida muchos, muchos años y mejorar enormemente su calidad de vida. Vilcabamba promete eso, o al menos eso aseguraba el gurú naturista norteamericano Johnny Lovewisdom en los años 60s.

vilcabamba Ecuador

Me habían comentado de unas cascadas muy bonitas en la zona, por lo que después de una pausa en el bar, me dispuse a caminar -cuesta arriba- los varios kilómetros que me separaban de ellas. En las calles no había mucha gente, pero la poca que había caminaba lentamente y con una sonrisa en la cara. Cuando empecé a sentir el cansancio en mis piernas, me detuve en un pequeño kiosco, me compré un agua y me senté en un pequeño banco de madera junto a la entrada. Observé a la gente acercarse, saludar a los dueños con gran afecto, comprar sus víveres, y alejarse.

vilcabamba Ecuador

No pasó mucho hasta que me puse hablar con María y Miguel, propietarios del pequeño establecimiento. Yo quería saber si ellos conocían la clave de la longevidad del pueblo. María, con una humildad genuina, me dijo que no sabía… pero que las cosas habían cambiado mucho, sobre todo en las últimas décadas. “Antes no había estrés, pero ahora tenemos que preocuparnos por el dinero, para mandar a nuestros hijos al colegio y a la universidad. La vida se ha vuelto más complicada”, me cuenta María, y continúa: “los jóvenes ya no quieren trabajar en el campo, se van a las grandes ciudades y tenemos que darles una buena educación”.

María y Miguel en Vilcabamba

María y Miguel en Vilcabamba

Mientras tanto, Miguel me invita a pasar a su casa, que es la puerta contigua al kiosco y me enseña orgulloso la foto de sus padres cuando eran jóvenes: “mi papá vivió hasta los 132 años y trabajó la tierra hasta sus últimos días”. Hace una pausa. Creo que hablar de él le trajo muchos recuerdos de su niñez y juventud. “Su madre vivió hasta los 117 años”, añadió María que había dejado el kiosquito solo unos minutos para unirse a nosotros. Repasamos algunas fotos de su familia que colgaban en el salón y luego regresamos fuera, al banquillo al lado de la ventanilla de su kiosco.

vilcabamba

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“Además llegaron muchos turistas que se quedaron a vivir aquí y han cambiado mucho las cosas”, dice María. “Y lo peor es que se mienten entre ellos. Hay un bar en el centro -se refiere a la plaza central- que vende productos a turistas jurando que son orgánicos… cultivados en Vilcabamba con los métodos tradicionales, pero yo veo cómo dos veces por semana se los trae un camión de otro sitio en donde usan químicos para cultivar, yo conozco esas tierras”, añade indignada. Suspira y estoy segura que está pensando que todo tiempo pasado fue mejor. “Ya no hay tanta gente longeva en el pueblo”, me dice y le pregunto si le importa compartir conmigo su edad. Ella confiesa 77 y él 83.

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Fuente en la plaza central con la iglesia de fondo

Fuente en la plaza central con la iglesia de fondo

Cuando me di cuenta habían pasado cerca de 3 horas y yo ya tenía hambre, así que decidí no ir a las cascadas -el camino me tomaría al menos 2 horas de ida y otras tantas de regreso- y me fui a buscar uno de esos bares orgánicos, hippies y alternativos que había visto en la plaza. Sin saber si se trataba del bar del que la mujer me había hablado, ordené una lasaña vegetariana y orgánica y un zumo natural de fruta. Todos a mi alrededor: dueños, clientes, vecinos… todos eran extranjeros y claramente le estaban cambiando la cara, la rutina y las costumbres a un pueblo que posiblemente, sin el advenimiento de la modernidad, seguiría siendo uno de los más longevos del mundo. Pero eso nunca lo sabremos. Lo que sí puedo deciros es que Vilcabamba es un pequeño edén de paz y tranquilidad, sin ruidos fuertes ni contaminación, donde resulta fácil imaginar el cumplir los 100 años.

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