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Potosí fuera de sus minas

Mi indecisión se ceñía a la silueta de Potosí de la misma manera en la que la sombra del gran Cerro Rico abrazaba a la ciudad: sesuda e impasiblemente. Estaba en Sucre y tenía que decidir si seguir camino a la ciudad minera o pasarla por alto y viajar directamente a Uyuni. Saber que los viajeros iban sólo por su “atracción principal” de adentrarse en las entrañas del Sumac Orcko -en su voz quechua- para “vivir la experiencia de un minero” además de claustrofobia me suscitaba un conflicto ético, pero ¿habría “vida” fuera de las minas? Decidí ir para comprobarlo.

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Vistas de Potosí desde la ventanilla del autobús

Por un camino árido hasta decir basta empecé a divisar desde la ventanilla del autobús unas casas de ladrillo y techo de chapa -¡las que tenían techo!- en la lejanía. Le pregunté a la cholita que iba sentada al lado mío si eso era Potosí y ella asintió. El panorama en ese momento era desolador: varias casetas desperdigadas en medio de un paisaje estéril bajo un sol abrumador e indicios de los primeros síntomas de soroche al rozar los 4.000 metros sobre el nivel del mar. Pensé que poco quedaba de esa ciudad próspera y rica que alguna vez fue la más poblada del mundo y que tenía tanta plata como para construir un puente que la uniera con Lisboa. Juzgué con demasiada antelación y sentencié que debería haber ido directamente a Tupiza. Pero ya estaba allí, así que decidí darle una oportunidad.

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Calle en Potosi

El autobús me dejó en una moderna terminal terrestre que no encajaba bien en mi maqueta mental de Potosí. Desde allí tomé un bus local para ir al centro y, al verme con mi mochila y cara de desorientación, el señor que estaba sentado frente a mi me preguntó si iba al hotel Koala Den -aparentemente el más popular entre los mochileros- y le contesté que no, que buscaba algo más tranquilo. En ese momento otra chica, Paula, me comentó que ella trabajaba en el hotel Casa Blanca y me aseguró que, además de estar muy cerca de la plaza central, era muy lindo y tranquilo. Acepté su oferta de guiarme hasta él; por lo que 15 minutos más tarde yo estaba haciendo el check in.

No me había mentido: el hotel tenía varios dorms amplios y cómodos, una cocina, una zona común súper cómoda y acogedora y me recibieron unos argentinos con una sonrisa y un: “querés un mate, che?” (casi lloro de la emoción! Llevaba más de un mes sin degustar “un amargo”). Estaba escrito en mi destino que ese era el hotel donde debía quedarme. Mi idea original era pasar sólo una noche en Potosí y marchar a Tupiza al día siguiente, pero estaba tan cómoda que decidí quedarme dos noche. Esta decisión fue la que luego generó la oportunidad de cumplir un sueño: recorrer parte del sur de Bolivia en moto. Pero no me adelantaré.

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Calles del centro histórico de Potosí

En mi primer paseo por la ciudad descubrí que Potosí tenía dos caras acuñadas en el mismo metal y que forjaban una identidad peculiar: la de los mineros y la población indígena que vive en las faldas del que fuera uno de los cerros más ricos del mundo con sus vetas de plata y, por otro lado, la de su sosegada vida “urbana” en el hermoso casco antiguo en forma de damero, típico de la construcción colonial. A primera vista parecen dos mundos completamente diferentes, pero cuando una pasa más tiempo, habla con los locales y se tiene a observar se da cuenta que “esas dos caras” pertenecen a una misma realidad, totalmente interconectadas y marcadas por las mismas raíces.

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Casonas en la plaza central

Su centro histórico es pequeño pero abarrotado de sitios de gran interés histórico que te cuentan en cada piedra, cada columna y cada balcón el paso de los españoles por allí, como por ejemplo el Monasterio de las Carmelitas Descalzas que desde 1976 funciona como Museo de Santa Teresa. En la visita guiada te explican cómo niñas de 15 años provenientes de las familias más pudientes de la zona entraron al convento para nunca más volver a ver a sus familiares y amigos. El precio que las familias debían pagar para que sus hijas ingresaran en el Monasterio era muy elevado y muchos pagaban con obras de arte religioso que hoy se pueden contemplar durante la visita junto a otros objetos utilizados por las monjitas.

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Fachada de la Casa de la Moneda

En un paseo por la “Villa Imperial de Potosí” -como también se la conoce- pude visitar otros vestigios del paso de los colonos españoles como la Catedral, la iglesia Compañía de Jesús –un templo religioso del s. XVIII que refleja el máximo esplendor de la ciudad durante esa época y que desde su torre-mirador puedes obtener una vista panorámica de la ciudad, las casas coloniales como la “Casa del balcón del ahorcado” o la “Casa de las tres portadas” o las pintorescas calles como el “callejón de la Oreja” o la “calle Sucre” que es donde se concentran las tiendas de artesanías locales.

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Casa de la Moneda

Como os comenté yo no tenía pensado ir a las minas, pero no podía negar que Potosí entera, incluido su centro histórico, estaba teñido por completo por la actividad económica más importante de la región: la minería. Una de las casonas más emblemáticas y más visitadas de la ciudad es la Casa de la Moneda -o “el Escorial de Sudamérica” como se la conocía- hoy convertida en museo. En esta casona se acuñaron monedas con la plata proveniente del interior del Cerro Rico para España, las provincias unidas del Río de la Plata y para Bolivia entre 1773 y 1951.

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Catedral

Yo no quería evitar la vida minera porque era una parte importante de la identidad del potosino; además me generaba cierto interés ese mundillo oscuro de explotación de los recursos naturales que se malvive a diario por millares de personas. El cerro Rico es como un queso Emmental: su interior contiene 182 minas y más de 18 mil personas trabajan en ellas en condiciones rudimentarias.

Para poder entender mejor todo este asunto me fui a dar una vuelta por el conocido “Mercado Minero” donde los turistas compran los “regalos” para llevarles a los mineros: dinamita, cigarrillos, refrescos, hojas de coca y ¡¡alcohol “potable” de 96º!! Para mi sorpresa no había turistas el día que fui, sino familiares de mineros comprando material para los empleados de las minas. Quise obtener más información sobre “la vida en las minas” de la boca de los propios familiares de mineros, pero ninguno quiso hablar mucho. Una mujer en una tienda de coca y alcohol, quizá aburrida tras pasar medio día allí, me contó que la vida en las minas prácticamente no había cambiado en los últimos siglos y que ahora se organizaban en cooperativas y, dependiendo para cuál una persona trabajaba, tenía diferentes horarios de trabajo -casi nunca menor a 10 horas-, mayor o menor porcentaje de lo que extraían y que algunas permitían a los mineros “comprar” una parcela para la explotación propia.

Detalles de Potosi

Detalles de Potosi

Con esta información en mente me fui hasta el mercado central, donde gran parte de la población local almuerza y lo utiliza como punto de encuentro. Allí se venden y compran todo tipo de productos, desde comida hasta enseres para la casa e indumentaria. Merche, la mujer que me preparó un plato vegetariano de arroz, huevo y unas pocas verduras, me contó mientras entretenía a su hijo pequeño con un muñeco realizado con cáscaras de naranja, que su marido llevaba trabajando en las minas desde los 15 años y que “aunque pasa el día entero bajo tierra poco lleva a casa a fin de mes” y que por eso ella trabajaba allí, para completar el sueldo.

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Hermosas fachadas de Potosi

Al regresar al hotel le pregunté a Luis, el dueño, qué otros atractivos tenía Potosí más allá de sus minas y me dijo que no muy lejos de allí se encontraba el “Ojo del Inca”, una laguna de origen volcánico en cuyo centro el agua llega a los 30ºC y, según dicen, tiene propiedades medicinales. Me lo agendé para el día siguiente… antes de adentrarme en un tour de 5 días por el salar de Uyuni bien me vendría una tarde entera en las aguas termales.

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Ojo del Inca

Cuando finalmente apoyé mi cabeza en la almohada sopesé todo lo que había vivido en mi primer día en la ciudad y me di cuenta que era imposible separar a los potosinos de la minería. Todos los aspectos de sus vidas estaban marcados por esas vetas de plata que el cerro Rico esconde en sus víceras y cada familia está salpicada en mayor o menor medida por este estilo de vida.

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Ojo del Inca

Pero también me di cuenta de que es posible empaparse de su vida sin necesidad de meterse con el mono, el casco y la linterna en estrechos y asfixiantes túneles. Se puede disfrutar de Potosí sin pisar las minas.

Casitas con el Cerro Rico de Fondo

Casitas con el Cerro Rico de Fondo

Os preguntaréis por mi viaje en moto por el sur de Bolivia… pues eso llega en el próximo post.

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2 pensamientos sobre “Potosí fuera de sus minas

  1. Hernan

    Hola Vero! Me encanto la info que diate de Potosi.
    Queria preguntarte si en el ojo del inca se puede acampar y cuanto cuesta llegar ahí si cobran para entrar…
    Desde ya gracias por tu tiempo 🙂

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Hola, Hernán! Gracias por tu comentario 🙂
      La guía de viaje de Potosí sale publicada en mi web el 25 de noviembre (si te suscribes a mi newsletter te llegará directamente a tu bandeja de entrada! Para suscribirte apunta tu dirección de email en la ventanita de newsletter en la barra de la derecha!)
      Te paso los datos que tengo del ojo del Inca:
      Ojo del Inca: Se encuentran a 25km Potosí. ¿Cómo llegar? Puedes ir en transporte público (minibuses) que parten en dirección Miraflores a diario desde la Av. Universitaria -frente al Coliseo- y salen cuando el minibus está completo. El precio del trayecto es de 5 bolivianos y tardas cerca de 30 minutos en llegar. Avísale al chofer que vas al “Ojo del Inca” y él te indicará dónde bajarte. Te dejará en la carretera, frente a un pequeño puente, debes cruzarlo y luego seguir el camino de tierra (indicado) unos 15 minutos hasta que llegas al Ojo del Inca. Allí debes pagar 10 bolivianos para acceder. Tiene una pequeña tienda y un baño. Para regresar debes desandar tus pasos: ir por el camino de tierra hasta la carretera, cuando veas al bus pasar lo paras, y te llevará hasta la Av. Universitaria (a unas 15 calles de la Plaza 10 de Noviembre). Lo que no sé es si puedes acampar… aunque creo que todo se puede negociar por unos pocos bolivianos 😉

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