Sinmapa

Una mañana en Allariz

¿A Santiago de Compostela vas? Estará lleno de turistas y peregrinos este fin de semana”. Tras escuchar esta frase sentencié que mi ruta, trazada desde mi escritorio en Madrid y con google maps en mi ordenador, iba a cambiar. Los destinos “turísticos” los prefiero en temporada baja.

Intentado esquivar esa gran tropa de turistas, me desvié del camino para descubrir un mundo de pequeños pueblos esparcidos por el territorio gallego, de esos que están llenos de leyendas e historias que te ponen la piel de gallina.

Había en el mapa una pequeña ciudad medieval que me llamaba especialmente la atención por ser, supuestamente y según cuentan las leyendas, la cuna del único caso de “hombre lobo” –licantropía- en España. Se dice, se cuenta, se rumorea que a principios del siglo XIX Manuel Blanco Romasanta argumentó frente al juzgado de Allariz que, durante algunas noches de luna llena, se convertía en lobo y mataba a jóvenes para comérselas. “Tenía hambre”, argumentó.

Hombre lobo via Shutterstock

Hombre lobo via Shutterstock

En la aldea y en los alrededores se lo conocía también como “sacamantecas”, porque el hombre se dedicaba a la venta ambulante de unas ceras de origen indeterminado. La leyenda cuenta que tras matar a sus víctimas, las convertía en un espeso ungüento. Aunque nunca se comprobó que el psicópata realmente se convirtiera en lobo o que tras matar a sus víctimas las convirtiera en un producto mágico que luego vendía para curar diferentes males; terminó en la cárcel con sentencia perpueta.  Están quienes dicen que la leyenda del “hombre del saco” también está basada en este señor… “tres leyendas, un mismo hombre”.

Con esto en mente, decidí que el mejor horario para llegar a Allariz era por la mañana, a plena luz del día –tampoco vamos a tenetar a la suerte!-. La pequeña localidad gallega, en un rincón de la provincia de Orense, estaba tranquila. Una capa de nubes color plata cubría las calles de apariencia medieval y el tiempo parecía detenido. No había movimiento alguno. Casi no había gente paseando por sus calles, como si los habitantes estuvieran aún durmiendo o resguardados en el calor de sus hogares.

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La primero que llama la atención al llegar a la parte antigua es su aspecto medieval con calles adoquinadas y donde parece que el tiempo va más lento, como si se negase a sucumbir al frenético ritmo de las ciudades. Allariz es una villa a ritmo pausado.

Su casco antigo fue declarado “conjunto histórico artístico” por la excelente conservación de su patrimonio… excepto el Castillo o las murallas que Alfonso VI mandó contruir en el siglo VI. Del imponente castillo sólo se conserva una “pequeña” piedra simbólica en lo alto de una colina (te aviso para que no te pase como a mi, que subí buscando un castillo y me encontré con una roca y una bandera). Eso es todo lo que queda tras sufrir estragos durante la ocupación de las tropas napoleónicas y luego ser desmantelado con la desamoritzación española en el siglo XIX –al igual que gran parte de las murallas-.

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La lluvia se hizo presente y me resguardé en una cafetería para degustar uno de los famosos “almendrados de Allariz” acompañado por un humeante café. El producto estrella de la zona es una verdadera delicia: se trata de una especie de “pastita/galleta” realizada a base del fruto de unos almendros que antes crecían de forma abundante en la zona y ahora escasean; pero eso no ha debilitado la demanda de estos manjares dulces.

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Aproveché ese impaz en mi caminata por la localidad para leer más sobre Allariz. Aparentemente hay mas leyendas en torno a este enclave gallego. ¿Habéis escuchado la historia sobre Santa Mariña, una de las santas más veneradas en Galicia? Pues se comenta que fue la hija de un importante prócer romano. Como cualquier persona distinguida en el Imperio, no tenía tiempo para dedicarle a su hija, por lo que dejó a la niña durante un tiempo a cuidado de una mujer campesina y cristiana, que no dudó en educar a Mariña en esta fe. Cuando el padre se enteró que Mariña se había convertido al cristianismo, decició desentenderse de ella y dejarla allí para siempre. Con el correr de los años, Mariña se convirtió en una hermosa joven u un robusto romano intentó seducirla sin éxito y como todo marichulo herido en su ego tras el rechazo, la torturó y martirizó e intentó matarla primero quemándola viva y luego ahogándola… pero ella se mantuvo milagrosamente con vida. Ahí fue cuando decidió decapitarla. Ahora viene la parte más rocambolesca de la historia: cuando el verdugo cortó su cabeza, esta cayó dando tres saltos en el suelo a la vez que pronunciaba: “¡creo!, ¡creo!, ¡creo!” y en cada sitio donde su cabeza rebotó apareció de forma espontánea una fuente… las de “Aguas Santas”. Por eso ahora a ella se la conoce como “Santa Mariña de las Aguas Santas”.

Puedes visitar el Santuario a la Santa Mariña de las Aguas Santas en la localidad homónima, a unos 6km del centro de Allariz, entre los montes de Armariz y el de los Canteiros. Allí están las tres fuentes mágicas que nacieron de los rebotes de la cabeza.

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La lluvía dio tregua y antes de lanzarme de nuevo a las calles de Allariz para conocer más sobre esta villa gallega, leí sobre una tercera leyenda, aunque no me cautivó tanto como las otras: la del gigante de Magarelos. Esta historia es sobre Ramón Fernandez Pérez o “Monchiño de Corvillón”, un hombre muy alto, muy alto, muy alto, que utilizó la curiosidad y el morbo de la gente a su favor y ventaja para ganarse la vida. Llegó a medir –o eso dicen- 2,40mts lo que a los ojos del resto del mundo era como un “monstruo”. Él montó un negocio circense alrededor de su “deformidad” y viajaba de ciudad en ciudad cobrando a la gente para que lo vieran. El gigante de Magarelos murió a los 27 años y, durante su entierro, el primo cayó sobre el féretro y el estruendo fue tan grande que la gente salió corriendo pensando que Monchiño había resucitado.

Con el gigante y la Santa aún en mi cabeza, me lancé a las estrellas y empedradas calles del centro histórico para disfrutar de su fuentes, plazas o edificaciones como la de la Casa-Torre de Castro Ojea del s. XVI o el Palacio del Juzgado que ahora sirve de centro social y de museo ya que en él se encuentra el “Museo Galego do Xoguete”. El paseo me llevó directamente a lo alto del Penedo da Vela, donde estaba el castillo y ahora sólo hay una piedra, pero desde donde puedes obtener una panorámica muy bonita de Allariz. Bajé caminando hasta la Plaza Mayor, donde se erige la Iglesia de Santiago (ejemplo del románico popular gallego) y A Paneira que fue una institución de crédito agrícola entre el s. XV y el XVIII.

Bajé por la calle San Lorenzo hasta dar con el río Arnoya. Ya habían pasado un par de horas desde mi llegada, pero parecía estar todo el pueblo dormido. La ribera estaba solitaria y decidí dar un paseo hasta el puente románico del siglo XII.

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No muy lejos de allí se encuentra la iglesia de Santa María de Vilanova frente a la que se encuentra un cruceiro (una cruz que se ponía delante de instituciones religiosas para protegerlas de la peste). Seguí la calle hacia arriba para terminar el circuito donde había empezado: la Plaza Mayor.

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Me despedí de Allariz y de sus leyendas totalmente enamorada de su encanto natural y su aura medieval. “Volveré“, dije en voz bajita y, sin mirar atrás, me subí al coche y tomé de nuevo la carretera.

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