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Varkala: un balcón al mar Arábigo -y masajes en pelotas-

Todo sucedió así. O al menos así yo lo recuerdo.

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Llevaba de viaje tan sólo 7 semanas pero como en India todo es exacerbado, el desagaste era equivalente a 14 semanas. Estaba agotada de negociar el precio con los conductores de tuktuk, con los de los autobuses, pelearme por un sitio en el tren –incluso discutir y pelearme para que me dejaran subir al tren para el cual tenía un ticket (ya os contaré esta anécdota en otro post!), buscar bajo un calor infernal un hostel que fuera relativamente decente y, además, negociar el precio para que la pocilga no me cueste el precio de una habitación en el Ritz, seguir las indicaciones confusas de los indios… esquivar basura, vacas, monos, cabras y ecupitajos. Estaba cansada. Quería quedarme en un mismo lugar al menos una semana. No tener que pensar en hacer y deshacer la mochila cada 2 días ni perderme por las estrechas calles de ciudades-laberintos.

Por eso mi “gran meta” era llegar a uno de los destinos más turísticos del sur de India donde poder consentirme con café expreso, pasta al pesto, música occidental, baños de sol y mar en bikini antes de recluirme en un centro de meditación Vipassana por 10 días y seguir mi viaje por el norte del país, donde todo volvería a ser gris –a excepción de los coloridos saris de las indias-, caótico, estridente, talis picantes, negociaciones imposibles y bastante frío.

A lo largo del viaje había conocido muchos viajeros que tenían como destino final Varkala, una de las playas más populares y codiciadas de Kerala. Cris y yo la añadimos a nuestro itinerario por los buenos comentarios que habíamos escuchado. También porque era lo que estábamos buscando: varios días de relax absoluto antes de separar nuestros caminos. Cris se iba para Irlanda y yo para Lucknow, en el norte del país.

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En Goa conocimos a VF, un chico argentino cuyo recorrido era idéntico al que nosotras queríamos hacer, pero a la inversa. Por lo que lo transformamos en nuestro viajero infiltrado en las ciudades para que nos pasara información sobre alojamiento y puntos de interés y nosotras prometimos pasarle “la data” de los sitios que visitáramos antes.

Sabíamos que en Varkala había dos zonas para alojarse, la que estaba en la parte superior del acantilado y otra un poco “más allá”, “abajo”, “al lado de la playa”. De todas maneras en mi cabeza esto era bastante confuso… arriba, abajo, “más acá”, “más allá”. Si en un mapa me pierdo, imagínense en esa clase de instrucciones! Sólo me había quedado claro que en Varkala había un “arriba y acá” y un “abajo y allá”.

VF nos recomendó el acantilado, conocido como “Cala Norte” -“arriba y acá” porque, en sus palabras, tenía un paseo marítimo muy lindo, decenas de hostales, bares, restaurantes y tiendas. La Cala Norte era el balcón al mar Arábigo y los atardeceres desde allí eran absolutamente espectaculares. Aún así, teniendo como referencia el resto de India, con Cris no nos queríamos hacer demasiadas ilusiones e imaginamos que nos encontraríamos con una playa como la de Fort Kochi: fea y sucia. Ya habíamos aprendido nuestra lección: los estándares de “belleza” en este país eran radicalmente diferentes a los que utilizábamos en España -o Argentina-.

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Cuando embarcamos en Alleppey por los backwaters de Kerala rumbo a Kollam el plan era pasar la noche en esa ciudad y a la mañana siguiente tomar el primer tren hacia Varkala. El plan cambió en cuanto bajamos del ferry sobre las 6.30pm y Cris me dijo que ya que teníamos las indicaciones de VF era mejor ya aguantar el tirón y pasar la noche en la prometedora ciudad de Varkala: “¿para qué alargar el sufrimiento hasta la mañana siguiente?” En ese mismo segundo y perdidas bajo el cielo oscuro de la noche india iniciamos una política de no procastinación.

Además, para qué engañarnos… habíamos leído en un blog que los hostales y guest houses de Varkala eran limpios como en ningún otro sitio de India y era demasiado tentador eso de dormir en sábanas limpias o hacer pis en un WC blanco brillane en un baño sin manchas de moho y otras cosas que ¡nunca quise ni pensar qué podían llegar a ser! Así fue como nos embarcamos en el tedioso trayecto: tuk tuk a la terminal de trenes, tren a Varkala Junction y un tuk tuk desde allí hacia la cala norte, donde supuestamente estaba el hotel recomendado por VF.

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VARKALA DESDE DENTRO

Como llegamos de noche y aún no era temporada alta negociamos bastante bien el precio de una habitación muy linda y milagrosamente limpia. Si, ese parecía el lugar perfecto para echar raíces por una semana… no queríamos saber nada de movernos de hostal, calle, ciudad o estado. Necesitábamos parar. Así que felices por tener una habitación más que respetable, con baño privado, WC occidental y ducha “decente” nos lanzamos a una noche de hedonismo puro. Allá que nos fuimos a recorrer la “Beach Road” (calle principal de la cala, paralela al mar!) y cenar en un restaurante totalmente occidentalizado, con el tipo de comida que puedes encontrar en cualquier chiringuito español o restaurante argentino –y los mismos precios occidentales, claro! – y muchos “guiris” hippies.

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La fauna de Varkala se compone, principalmente, de guiris poseídos por el espiritualismo, practicantes y estudiantes de yoga en cualquiera de sus variantes, placeres carnales en forma de masajes ayurvédicos… pero también ánimos de fiesta y un poco de rock&roll. Muchos de los viajeros con los que hablé durante mi estadía en Varkala estaban allí por lo mismo: unas vacaciones dentro de su viaje, huyendo del frío del norte y con ganas de celebrar las navidades en un lugar cálido y con mucha marcha. Parece ser que sólo hay dos destinos posibles en india para pasar las fiestas navideñas si sos occidental: Goa –cualquiera de sus playas- o Kerala –principalmente Varkala o Kovalam-.

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RUTINA DE ENVIDIA

La semana entera nos la pasamos con Cris haciendo prácticamente el mismo recorrido: del hostel al bar a desayunar, a la playa –que es todo un capítulo aparte con sus salvavidas con silbatos y alma de árbitros de fútbol-, bar para comer, playa, hostel para ducharnos y bar para cenar y pasear por el paseo marítimo o “hacer sociales” con otros viajeros. Hubo alguna variante en nuestra rutina: a veces hicimos alguna compra, otras veces Cris se fue a la playa y yo me quedé trabajando en el bar… y alguna que otra tarde nos fuimos a pasear para conocer las payas cercanas, como la Black Beach. Podríamos haber alquilado una moto, pero a Cris le daba un poco de miedo y a mi me daba miedo total (y eso que mi sueño es viajar por el mundo de motera… ¡ya venceré el miedo y lo haré!). Eso era todo lo que necesitábamos: que fuera fácil, tranquilo y que hiciera calor.

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MASAJES AYURVÉDICOS

Pero Cris no quería irse del país sin probar los masajes ayurvédicos, y una hora de manoseo relajante y aceitado a mi siempre me pareció una buena idea. Hicimos –bué, “aramos dijo el mosquito”, en realidad lo hizo Cris- un rastrillado por la ciudad para buscar opciones buenas, bonitas y no muy caras para esos masajes y nos decantamos por una masajista simpática, que no hablaba nada de inglés pero parecía tener manos fuertes y años de experiencia.

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Un día antes de mi largo y tedioso viaje desde Varkala a Lucknow (caminar 1km, un tuk tuk, un tren, dos buses… pasar la noche por ahí, 3 aviones, hacer auto-stop y 3 tuktuk más para llegar al hotel) y tan sólo 3 días antes de meterme en un retiro de meditación que me aterrorizaba, decidí malcriarme al máximo: desayuné en un bar “caro” un café con tostadas y luego me fui hasta el centro de masajes para entregarme completamente a las manos fornidas de esa india con cara de buenos amigos.

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Cuando llegué la mujer me recibió con una sonrisa y como no podíamos comunicarnos con palabras, me tomó del brazo y me guió hasta una pequeña sala. La gran ventana al fondo de la habitación estaba entrecerrada por lo que tuve que acostumbrar mi vista a la penumbra. A la izquierda, junto a la camilla negra de masajes había un grafiti gigante pintado en la pared que decía “ayurveda”, a la derecha de la camilla había otra camilla que más bien parecía una cama de torutra, con un cuenco de cerámica enorme colgando justo a la altura donde un paciente debía colocar su cabeza. Tras mirar y escrudiñar al más mínimo detalle esa habitación la señora me hace señas indicándome que me tenía que quitar la ropa y se va de la sala. Yo me quite la falda y la camiseta pero me quedé en ropa interior… ¿a que vosotros hubierais hecho lo mismo? Pues cuando la señora regresó, me hizo señas que el sujetador y la braguita también me las tenía que quitar. Yo en realidad no quería… no me sentía muy cómoda estando totalmente en pelotas… sobre todo cuando entró la que creí entender era la hija de la señora, que se estaba iniciando en los masajes ayurvédicos y que me lo darían a cuatro manos. No sé si tenía más vergüenza yo o esa jovencita que miraba mi cuerpo blanquecino y flacucho.

Le intenté preguntar si no tenía una braga descartable, pero no me entendió o no me quiso entender. Mientras ellas cogían aceites, abrían los frascos y no sé qué otras cosas más, yo me tumbé en esa camilla como mi madre me trajo al mundo: en pelotas e indefensa. Intenté hacer memoria sobre lo que mi amiga, la que es médica ayurvédica, me había contado sobre los masajes… pero no lograba recordar nada de estar ¡en pelota picada!

Intenté dejar de pensar en la situación y la incomodidad –al fin y al cabo estaba boca abajo y con las piernas cerradas-, y me concentré en las sensaciones de las fuertes manos de la mujer masajeando mi cráneo, cuello y hombros. Hasta ahí todo bien, pero luego la hija de la masajista se sumó y comenzaron a masajearme las piernas, cada una una pierna… y claro, las piernas abiertas. Yo no estaba muy relajada, la verdad. Sus manos frotaban con fuerza de arriba abajo, de un lado al otro pero yo sólo podía pensar en que estaba en pelotas. Diréis que soy una puritana, pero en realidad cuando no te esperas que haya 2 personas bañándote en aceite y masajeando cada milímetro de tu cuerpo desnuda, asimilarlo lleva su tiempo. Para cuando me acostumbré el masaje estaba acabado y la señora me hizo pasar a un “baño” adyacente y me pidió que ME SENTARA, insisto, desnuda… sin protección de una braguita ni nada, en un banquito de madera (no quise pensar en cuántos “órganos reproductivos”, por decirlo de alguna manera, se habían posado ahí… esto era el summum de lo antihigiénico!)… y comenzó a lanzarme cubos de agua caliente por la cabeza y luego me dio una pastilla de jabón (usado, pero al menos sin vellos púbios en él) para que me frotara y quitara los restos de aceite. ¿Qué les puedo decir?.. Muy relajante el asunto no fue. Cuando salí, cogí mi móvil y lo primero que hice fue escribirle a mi amiga -la médica ayurvédica. para preguntarle si eso era normal. Claramente NO. En cualquier sitio deberían darte una braguita descartable y no tenerte en bolas durante el masaje, y mucho menos hacerte sentar en un banquito!

Así que aunque relajante no fue, la experiencia me la llevo y ya he aprendido algo nuevo: los masajes no son en pelotas, a menos que quieras un final feliz. Que no era mi caso –nunca está de más aclarar!-.

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Así fue como pasé mis días en la turística Varkala. Volvería seguro… pero con una braga descartable en el bolso, por las dudas!

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3 pensamientos sobre “Varkala: un balcón al mar Arábigo -y masajes en pelotas-

  1. Rocío Periago

    Vero, a mi me pasó una cosa similar en un hamman en Turquía,lo que pasa que al final hice de tripas corazón y me dió un ataque de risa…leyéndote me he acordado de las mismas sensaciones,jajaja

  2. Maider

    Anotado queda, nada de masaje ayúrvedico en pelotas, en la India, donde la higiene…
    Acabo de estar ahí, en el país. Pero sólo en el norte y entiendo perfectamente todo lo que has escrito. Es agotador. Dos semanas han sido para mi como un mes de experiencias que jamás pensé que viviría.
    Toda la gente que he conocido por el camino me ha dicho que debo ir al sur, Kerala. Tal vez, cuando recupere las fuerzas y tenga la energía de volver a la India vaya al sur, como vosotras. Os sigo leyendo 🙂

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Jajajaja… eso, eso! Que te den al menos una braga de papel o algo para los masajes! Aprende de los errores ajenos 😉 Pero te digo, Kerala no tiene nada que ver con el resto de India, parece un país diferente!! Así que no dudes en visitarlo… te encantará! Un beso!

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