Sinmapa

Vipassana experience – Sentando las bases de la rutina

“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado, está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos”. Siddhartha Gautama

Hoy os traigo la primera entrega sobre mi experiencia en el curso de Viapssana. El domingo que viene publicaré la segunda –y última- parte de este maravilloso viaje introspectivo en medio de mi viaje por India.

¿Qué haces en el curso? ¿Qué sientes?

En estos dos capítulos sobre mi experiencia vipassana os contaré un poco cómo es el “día a día” en el curso así como las sensaciones que he tenido a lo largo de esos días para que os pongáis un poquito en mi piel y sintáis junto a mi las contradicciones de participar en un curso de meditación por primera vez.

Namasté.

Meditación

Meditación

Sobre el centro vipassana y mis primeras sensaciones

Pisé la colilla del cigarrillo, cogí todo el aire que mis pulmones pudieron almacenar y lo solté lentamente por la boca. Caminé 20 metros hacia la puerta del centro de vipassana en Shravasti con la lentitud de quienes no tienen a dónde ir. Finalmente crucé las rejas de entrada con un poco de escepticismo, algo de miedo y nada de fe en mi capacidad de completar el curso.

Bajo un árbol habían improvisado una recepción con un par de mesas y algunas sillas. La energía distendida y ecuánime de aquellos allí sentados chocaba con la revolución que yo llevaba dentro. Justo cuando cruzó mi mente la idea de darme la vuelta, irme y dejar atrás esa locura fui recibida por uno de ellos:

  • Namasté didi. ¿Eres una estudiante nueva o ya has realizado el curso?
  • Namasté! Nueva estudiante
  • Muy bien, siéntate aquí y rellena este formulario

Sin tiempo para pensarlo dejé mi mochila a un lado y comencé a completar los datos de registro. Al finalizar todo el trámite me pidieron el pasaporte pero no lo encontré en su bolsito habitual. Mi primera reacción fue de desesperación pero luego fue reemplazada por cierta alegría: tenía en mis manos la excusa perfecta para irme. Había perdido el pasaporte y tenía que hacer los trámites para denunciar la pérdida y gestionar uno nuevo. El gerente del centro, al notar mi desesperación, me pidió que me relajara, que respirara y que lo buscara con calma. La verdad es que no quería encontrarlo… y cuando finalmente lo vi dentro de un bolsillo interno de mi mochila auxiliar dudé unos segundos. Podía mentir y decir que no lo había encontrado e irme; pero la sola idea de verbalizar ese pensamiento me dio culpa y a la vez me sentí una cobarde impostora. Con cierta resignación entregué mi pasaporte y a cambio ellos me dieron el programa del curso, una guía con sus estrictas reglas y una ficha con toda la información que precisaba: los horarios de meditación y comidas, el número de mi habitación, el número de mi sitio en la sala general de meditación, el de mi celda en la pagoda y el de mi asiento en el comedor. Era una especie de códigos como en el juego Batalla Naval: F-13, B-2, C-18, etc. Me dijeron que fuera a la habitación y colocara en una bolsa todo el material “prohibido” (libros, libretas, móvil, ordenador, cámara de fotos, etc.) y lo llevara a la oficina del gerente para guardarlo allí hasta el final de mi curso.

Seguí un sendero estrecho rodeado de vegetación descuidada y algunas edificaciones básicas hasta la zona de residencia de mujeres.

Parte trasera de la residencia de mujeres*

Parte trasera de la residencia de mujeres*

La entrada a mi habitación. Bloque B.*

La entrada a mi habitación. Bloque B.*

La habitación 2 del bloque B tenía la puerta abierta. Al entrar me encontré con una “tabla” de madera sobre 4 patas metálicas, una mosquitera que “flotaba” a un metro de la cama y una alfombra de plástico plegada. Absolutamente horrorizada ante la idea de pasar 10 noches allí pensé que una cosa era entregarme a 10 días de austeridad general, pero otra cosa totalmente diferente era sufrir durmiendo sobre una plancha de madera. “¿Realmente tengo que dormir aquí? ¿Qué alma despiadada formuló esta tabla de tortura nocturna? ¿Buda hubiera aprobado este martirio para sus discípulos? ¿Me considerarán indigna de este curso si solicito un poco de comodidad y confort en mi habitación?” Quise llorar. Sin quitarme la mochila -por las dudas que tuviera que huir- me asomé a la habitación de al lado y vi que la cama tenía colchón. Respiré aliviada y le pedí a la primera persona que pasó cerca de mi con cara de “trabajo aquí” si me podía traer colchón, sábanas, mantas, almohada y una nueva mosquitera.

Así estaba mi habitación en cuanto llegué

Así estaba mi habitación en cuanto llegué*

Organicé mi ropa en la estantería adosada a la pared y llevé hasta la recepción mi mochila con todo el resto de mis pertenencias. Era buena idea no tener conmigo nada que pudiera “tentarme”, no sabía si tenía la fortaleza necesaria como para resistirme a usar el móvil o mi libreta de viaje. En la recepción me dijeron que a las 5.00pm comeríamos algo, a las 7.00pm tendríamos nuestra primera sesión de meditación hasta las 9pm y a partir de allí comenzaría el voto de silencio hasta el sábado 12 de diciembre a las 11.00 de la mañana (os recuerdo que todo esto sucedió el miércoles 2 de diciembre). Miedo, ansiedad y angustia me invadieron. En ese momento volví a recordar las palabras que un chico suizo me había dicho tan sólo 3 días atrás en un bar de Varkala, en Kerala, cuando le comenté sobre mis miedos: “cuando creas que no puedes más, simplemente llena tus pulmones de aire y suéltalo lentamente por la boca y verás que todo es posible”. Así lo hice.

El bloque A de la residencia de mujeres frente a mi habitación y el bloque C justo a la derecha

El bloque A de la residencia de mujeres frente a mi habitación y el bloque C justo a la derecha*

Tenía casi 2 horas por delante, así que decidí recorrer las instalaciones para que luego no me resultara difícil identificar los diferentes edificios… ya sabéis, con eso de que soy muy desorientada ¡puedo fácilmente perderme en 10 metros cuadrados! El centro se expandía por varios cientos de metros de vegetación con algunos bloques blancos esparcidos, cada uno de ellos con un cartel azul que indicaba su función: residencia de hombres, residencia de mujeres, comedor, administración, hall de meditación, etc. y una gran pagoda con la cúpula dorada. A partir de las 7.00pm de ese día las mujeres no podíamos transitar por la “zona de hombres” y viceversa: segregación por géneros durante 10 días.

Vistas del hall central de meditación desde el comedor*

Vistas del hall central de meditación desde el comedor*

En uno de los laterales había un alto muro de ladrillos con alambre de púas en la parte superior, lo que le daba un aire carcelario al centro. Me sentí atrapada. Sé que no es políticamente correcto decirlo, pero mi mente asoció ese muro con un campo de concentración. Me dije a mi misma que estaba exagerando. Regresé a mi habitación y me tumbé en la cama que para ese entonces ya tenía un colchón, varias mantas para hacer frente al frío gélido de las noches y una mosquitera que cubría la cama en su totalidad.

Mi habitación. Cama con colchón y mosquitera!*

Mi habitación. Cama con colchón y mosquitera!*

No sabía qué esperar de toda esta experiencia. Sabía que se trataba de un curso de meditación que aplicaba la técnica utilizada por Gautama para llegar a la iluminación; que había sido una técnica que se había dejado de utilizar durante 2.500 años hasta que fue retomada por Goenka quien se encargó de esparcirla por el mundo. Sabía, además, que todas mis amigas que lo habían realizado me habían sugerido hacerlo y juraban que me haría bien. Sabía que, a pesar de temerlo, quería hacerlo.

¿Meditar yo? No había meditado en mi vida y de repente me encontraba metida en un centro donde lo haría 10 horas al día durante 10 días consecutivos. Es como no haber caminado nunca y de repente correr una maratón. LOCURA. Me consolé pensando que, a pesar de que en el reglamento del curso decía que no podías abandonar a mitad del mismo, podía irme corriendo cuando quisiera. Me prometí intentarlo al menos 24 horas y ver cómo me sentía. En vez de pensar el curso como un bloque de 10 días, me lo tomaría un día a la vez.

Dong – Dong – Dong” esas eran las campanadas que me llamaban a comer. Llegué al comedor y me encontré con una sala cuadrada y mal iluminada con una larga y angosta tabla de madera pegada al perímetro de la pared con capacidad para sentar unas 30 personas. Busqué mi número: F-23. Allí había una bandeja/plato, dos cuencos, una cuchara y un vaso, todo de metal. Cogí mis utensilios y me fui a la mesa principal donde se alineaban unas 5 ollas con arroz blanco, diversas salsas (algunas con lentejas u otras legumbres, vegetales y curries) y chapati. Llené la bandeja de comida y me senté mirando a la pared. Me sentí miserable. “Esto no es para mi”, pensé arrepintiéndome de no haber mentido en relación a mi pasaporte y haber huido de ahí cuando tuve la oportunidad. No podía comer mirando a la pared que estaba a 50cm de mi nariz, así que empecé a mirar los platos de mis compañeras de al lado, de paso podría comprobar si yo me había pasado sirviéndome arroz o me había servido poco. De repente la chica sentada a mi derecha me pregunta si es mi primera vez. Era su segundo curso y me dio ánimos. Me dijo que a ella también le había aterrorizado hacerlo la primera vez, pero que la experiencia había generado un impacto tan grande en ella que había decidido repetir. Me alentó y me dijo que todo iría bien, que me dejara llevar. Luego de ese breve intercambio de palabas lavé mi plato y regresé a la habitación.

Mi primera meditación

Monjes meditando

Monjes meditando

Dong – Dong – Dong”. Esas campanadas me llamaban al hall central para mi primera meditación grupal –y mi primera meditación, punto. Caminé lentamente los 50 metros que me separaban del hall y, al entrar, me encontré una gran sala cuadrada, con unos 60 cojines alineados en el suelo en filas de 5 orientados hacia un pequeño escenario donde había dos personas sentadas: un hombre y una mujer. Nadie nos presentó, pero supuse que serían “los maestros”.

Busqué mi sitio (F-25) y me senté. Estaba en la esquina exterior del cuadrado formado por los cojines del área de mujeres. Observé todo lo que sucedía a mi alrededor: decenas de mujeres en coloridos saris entraban y al encontrar su sitio hacían una especie de reverencia y se sentaban, las extranjeras –conté un total de siete- buscaban sus sitios y también miraban a su alrededor con cierta curiosidad mientras se acomodaban en posición de loto. Los hombres entraron por otra puerta y estaban a mi izquierda, separados de la zona de mujeres por una larga y estrecha tira de alfombra de colores.

Las meditaciones no comienzan hasta que estamos todos en la sala. Poco a poco se fue completando el tablero de cojines con sus respectivos dueños y de repente me encontré sumida en un silencio sepulcral. Todos parecían saber qué hacer y cómo comportarse, en cambio yo –perdida como turco en la neblina- miraba con atención a mi alrededor, tratando de imitar a mis compañeras. No llevaba ni 5 minutos sentada –ni siquiera había empezado la meditación- que los músculos de mi espalda comenzaban a quemar y mis rodillas a doler. Me picaba el brazo, la nariz y la cabeza. Estaba incómoda. El silencio fue roto por una grabación con las palabras de Goenka. Esa voz profunda y afable nos dio la bienvenida y las primeras instrucciones: realizar “anapana” (respiración normal) y concentrarnos en la zona de las fosas nasales y la parte entre la nariz y el labio superior… durante dos horas.

Todos estaban quietos como estatuas y en silencio. Yo cerré los ojos y empecé a concentrarme en mi respiración… pero empecé a cuestionar cuál era mi “respiración normal”. No es que alguna vez le haya prestado atención, simplemente está ahí en piloto automático permitiendo que me mantenga con vida.

“Creo que estoy respirando muy rápido… ¿será así como respiro siempre? ¡Soy una agitada de la vida! ¿debería respirar más profundo o más lento? ¿Estaré sobreactuando mi respiración?”

Empiezo a probar diferentes tipos de respiración para ver cuál se parece más a mi respiración normal. Pero no tengo la menor idea.

Si tengo que tomar consciencia de mi respiración significa que tengo que dejar de respirar en modo automático y hacerme cargo de los mandos… por lo que si me llego a distraer me muero asfixiada!!!”.

Distraída en estos pensamientos recuerdo que sólo tengo que respirar e intentar sentir el aire entrando y saliendo por mis fosas nasales.

Inspiro. Expiro. Inspiro. Expiro.

No he mirado la manera de llegar desde aquí hasta Rishikesh. Debería haber reservado algún tren… para cuando salga de aquí no habrá disponibilidad. Tampoco he mirado hostales… a ver si me pasa como en Lucknow que ningún hostal quiere aceptarme como cliente porque sólo pueden recibir turistas indios. No entiendo por qué hacen esas cosas ni por qué tienen esas reglas, es tonto! Así pierden -e incluso ahuyentan- turistas… ¡así nunca se convertirán en un destino de repercusión internacional como Varanasi, por ejemplo! Qué linda Varanasi… me debería haber quedado más tiempo. Vaya, qué incómoda estoy… me voy a cambiar de posición ¡Uh, estoy meditando… me tengo que concentrar en la respiración!”

Inspiro. Expiro. Inspiro…

“¿Cuántas veces estará permitido moverse? Me duelen las rodillas! (me cambio de posición de nuevo) Tendré que hacer rehabilitación cuando llegue a España… aunque qué pereza hacer bicicleta estática. Qué ganas de estar en mi casa, tirada en el sofá viendo una peli con un cafecito y unas galletas de chocolate! ¿Cómo estarán las cosas por allá? Seguro que hace tanto frío como acá… Mente… ¡quédate quieta! Concéntrate en la respiración y en las fosas nasales”.

Inspiro. Expiro. Inspiro…

“Mañana tendré que lavar ropa… ¿había cubos en el baño? ¡No me he fijado! Espero haberme acordado de dejar el jabón en polvo a mano y no en la mochila grande! Si no también puedo lavar con mi jabón de la ducha. Mente… ¡quédate quieta! Concéntrate en la respiración y en las fosas nasales”.

Inspiro. Expiro. Inspiro…

Y otra vez la mente me juega triquiñuelas y me lleva de un tema a otro haciéndome olvidar por completo de la meditación.

Así dos horas, hasta que la voz de Goenka interrumpe mis pensamientos con un mantra. Al finalizar la cinta el profesor nos dice que a menos que tengamos dudas y preguntas podemos ir a descansar a nuestras habitaciones.

En hilera y envueltas en un manto de densa niebla salimos todas del hall y caminamos hasta nuestras respectivas habitaciones. Una vez allí me entretengo haciendo la cama, reacomodando la ropa y revisando las esquinas del baño que están llenas de arañas. Son las 9.30pm o eso creo. Desde la invención de los teléfonos móviles no uso reloj, por lo que a partir de ese momento y por los siguientes 10 días el horario lo marcarían las campanadas. Consciente de que me despertarían a las 4.00am para meditar decidí meterme en la cama e intentar dormir.

Conciliar el sueño no fue difícil sobre todo porque había dormido poco la noche anterior y porque lo único que me mantenía alejada de la tentadora idea de fumar o comer cosas dulces era dormir, así que se trataba más de una vía de escape que una necesidad. Pero a mitad de la noche me desperté asfixiada y con la urgencia de salir corriendo de ahí. Me sentí desesperada y atrapada como el protagonista del cuento de Julio Cortázar “No se culpe a nadie” en el que intenta ponerse un pulóver y durante todo el cuento lucha por abrirse paso por alguno de los orificios y reconocer las diferentes partes de su cuerpo. Con la misma ansiedad y sensación de ahogo que sientes cuando lees el cuento me levanté… exhausta y asustada. Tenía la garganta cerrada y llegué a pensar que quizá era alérgica al material de las mantas. Intenté relajarme y calmarme recordando que todo es “mental”… que sólo tenía que dormir. Un rato más tarde concilié el sueño.

El primer día del curso.

La base para 9 días de deja vú

Dong – Dong – Dong”.

¿Qué es eso? ¡Parecen las campanadas de una iglesia! Pará… ¿dónde estoy? Abro un ojo y veo por la ventana que es de noche. Regreso a mi sueño.

Unos minutos más tarde una campana frenética se posa sobre mi ventana y hasta que no enciendo una luz no se aleja. El estridente, exasperante y compulsivo sonido me hizo saltar de la cama a pesar de que hacían cerca de 2º y estaba congelada. Me puse varias capas de ropa (todo lo que encontré a mano) y me fui como una zombie hasta el hall de meditación.

Otra vez se repetía la escena de la noche anterior: decenas de mujeres en sus saris y las 7 extranjeras acomodándose en sus respectivos cojines y el profesor esperando que estuviéramos todos en la sala.

Silencio absoluto.

La voz de Goenka se hace presente a través de los altavoces y nos da indicaciones para seguir practicando anapana: respiración normal concentrándonos en las fosas nasales y la zona que está entre la nariz y el labio superior.

Inspiro. Expiro. Inspiro…

“Qué sueño por favor! Me duele la espalda… yo no puedo estar recta como un palito! Las rodillas me empiezan a molestar. Ma´si! Yo cambio de posición… a mi me da igual que no se deba. Hoy es el primer día, sólo me quedan 9 más. Debería haberle enviado un email a Flor! ¿Ya estará en Buenos Aires o seguirá en California? Ah y a Vicky quedé en llamarla por Skype y se me pasó decirle que la conexión a internet era lenta y no pude conectarme. ¿A qué hora será el desayuno? ¿Faltará mucho? Espero que al menos pongan tostadas con mantequilla y mermelada. ¿Estarán todas meditando? –abro un ojo y compruebo que todas siguen inmóviles… como muñequitos de playmobil. Joder… debería estar meditando. Vero, concéntrate! Sólo tienes que observar la respiración”.

Inspiro. Expiro. Inspiro…

  • Llega a mi un recuerdo de mi infancia. Llega vívido y detallado… con los olores, las sensaciones y las emociones. Llega como una bofetada inesperada. Ahí estaba yo, con unos 10 añitos en el colegio izando la bandera. Me quedo remoloneando en ese recuerdo varios minutos (10? 25? 1 hora? No lo sé).

Inspiro. Expiro. Inspiro…

“¿De dónde serán esas tres chicas rubias sentadas delante de mi? Parecen polacas… o quizá nórdicas? Aunque no son muy altas, así que del norte no deben ser… o quizá si! No lo sé. Por cierto, no me han dicho quién es la persona encargada de facilitarnos papel higiénico… ¿cómo lo pregunto si no puedo hablar? Ah! Creo que dijeron que en el comedor tendrían unos papeles con un bolígrafo para escribir en caso de precisar algo. Me tengo que acordar luego de pedirles papel. ¡Qué aburrimiento aquí sentada! ‘De un tiempo perdido a esta parte esta noche ha venido un recuerdo encontrado para quedarse conmigo. De un tiempo lejano a esta parte ha venido esta noche otro recuerdo prohibido olvidado en el olvido. Sentimentalmente para remediarlo voy a quedarme contigo para siempre, pero puede que te encuentre últimamente entre tanto me confundo con la gente, oh oh! Sentimentalmente…‘ (‘Para no olvidar’, de Los Rodríguez – banda sonora muy apropiada para el vipassana por cierto!) ” Joder… otra vez la mente me desconcentró! Vero: FOCUS!”

Inspiro. Expiro. Inspiro…

“Pará! ¿Qué es ese ruidito que escucho?”

Abro un ojo y veo una rana saltando a pocos metros de mi.

“¿Qué hace una rana acá dentro? ¿Habrá más gente escuchando esto o sólo yo estoy desconcentrada totalmente? ¡Pero qué linda es! ¡Tan chiquitina… diminuta! Uh! ¡Se está metiendo entre los cojines! ¡La van a aplastar! ¿debería decir algo?”…

Inspiro. Expiro. Inspiro…

De repente se escucha un eructo que hubiera hecho temblar al mismísimo coliseo romano y hacer que los leones volvieran a sus jaulas. Después alguien tose, lo que abre la veda de tos y empiezan a toser todos. El resto de días se suceden eructos, estornudos y tos sin parar durante las meditaciones.

“¿Eso fue un eructo? Pero por favorrrrrrr! Que se repriman un poco, no? Qué clase de persona puede eructar de esa manera? Oh! Otro eructo! ¿Pero ahora quién ha sido? ¿Estará bien visto en India eructar en público así? ¿Será normal? Pero qué pedazos de eructos! Ni que se hubieran tomado 2 litros de coca cola antes de entrar al hall de meditación!”

Inspiro. Expiro. Inspiro…

Así durante dos horas hasta que, finalmente, sonó la campana que indicaba que eran las 6.30am y que ya era hora de terminar la meditación grupal e ir a desayunar. ¡Bien!

Salté del cojín y me fui directamente al comedor. Cogí mis utensilios metálicos –de esos que en las películas utilizan los presos o los enfermos en los hospitales- y me acerqué a la mesa principal donde estaban expuestas todas las ollas y platos con el menú del desayuno. No había café ni tostadas. Me contenté con un chai sin leche, unos garbanzos masala y un pedazo de pan. Me senté mirando a la pared. No aguanté… miré el plato de mis compañeras (porque entre nosotras no puede haber contacto visual tampoco) y dejé que la mente viajara entre preocupaciones e ideas varias.

Comedor*

Comedor*

Nuestro extraordinario Buffett*

Nuestro extraordinario Buffett de desayuno*

Regresé a mi habitación y me acicalé un poco. Bueno: me lavé los dientes, la cara y me peiné un poco.

Dong – Dong – Dong”.

¡Deben ser las 8.00am! Miré el programa y decía que tenía que ir al hall central para meditar. Una vez más, las casi 30 mujeres nos dirigimos lentamente hacia el hall y nos sentamos en nuestros sitios. Cuando la sala estuvo completa el profesor le dio al “play” y la voz de Goenka volvió a invadir el silencio. Más anapana. Otra vez me pasé 1 hora entera luchando con mi mente para concentrarme en mi respiración, pero no lo conseguí. Pasé más tiempo pensando en cosas o recordando momentos de mi infancia que en la respiración. “Esto es más difícil de lo que parece!!”

A las 9.00am suena un mantra de unos pocos minutos y el profesor nos dice que nos tomemos 5 minutos de descanso y regresemos para más meditación. Aproveché para ir al baño. Regresé al hall. Otra vez esperamos a que estuvieran todos sentados y sonó la voz de Goenka antes de dar paso a dos horas de meditación. Mi mente volvió a pulular por caminos insondables de mis recuerdos, fantasear con las posibilidades de mi futuro y a preocuparse por mi futuro más inmediato.

Dong – Dong – Dong”.

Son las 11.00am. ¡Hora de almorzar! Volví a salir disparada de mi cojín rojo y me fui al comedor. El menú era arroz blanco con diferentes platos para acompañarlo: lentejas –un clásico!-, verduras al curry y algunos platos más. Cogí también unos chapatis y por primera vez comí con las manos. Bueno, con la mano. La derecha para ser más precisa. Para entretenerme miré el plato de mis compañeras o dejé volar mi imaginación. El silencio y la falta de comunicación –verbal y no verbal- empezó a hacerse pesada y eso que no llevaba ni 24horas de silencio! “Necesito contarle a alguien la tortura que está resultando todo esto! Lo contaré en el blog!” Terminé mi comida, lavé mis utensilios y me fui a la habitación con una sola misión: ducharme.

Camino desde mi habitación al comedor*

Camino desde mi habitación al comedor*

Ducharse: eso que damos por sentado en nuestras casas occidentales y parece cosa sencilla… en India muchas veces no lo es. La ducha de mi baño (y el de mis compañeras) era de agua fría, que en verano vendría de lujo para hacer frente al calor; pero en pleno invierno con temperaturas cercanas a los 0º, resultaba impracticable. Me habían dicho que en el bloque A del sector de mujeres estaba el único grifo con agua caliente –calentada con paneles solares-, por lo que me fui hasta allí con mi cubo. Lo llené de agua pero me di cuenta que como no había salido el sol el agua estaba casi fría. Me higienicé (porque a eso no se le puede llamar “ducha”) a cubo limpio y lo mas rápido posible porque el frío me estaba comiendo los huesos y aproveché para lavar algo de ropa. Las campanas aún no habían sonado así que aproveché para dormir una siesta.

Dong – Dong – Dong”.

Debe ser la 1.00pm. Envuelta en la manta de mi cama me fui hasta el hall central. Otra vez esperamos a que todos estuvieran en sus sitios y Goenka reapareció en formato de “voz en off” con sus indicaciones. Volví a intentar por todos los medios concentrarme en mi respiración pero me resultó absolutamente imposible.

“10 días así? Ni loca! Pero si hasta ahora no he logrado mantenerme concentrada ni 15 minutos en total! Soy una decepción para Goenka, los profesores y mis amigas yoguis que me recomendaron el curso. No soy merecedora de este cojín rojo. Seguro que otra persona le hubiera sacado más provecho. Aquí estoy, ocupando un espacio e ideando el mejor script para una película de ciencia ficción o preocupándome por los horarios de los trenes a Amristar o a Delhi!”

A las 2.00pm sonó un mantra de unos pocos minutos y el profesor nos dijo que teníamos 5 minutos de descanso y debíamos regresar para más meditación. A las 2.10pm estábamos todos sentados y empezó, como un disco repetido, la misma rutina: silencio. Voz de Goenka. Meditación –o intento de meditación-. Desesperación. La mente me dominaba totalmente. ¡Era incapaz de controlarla! Hacía –y hace- conmigo lo que quiere, como quiere y cuando quiere. Pero me fui dando cuenta que cada vez pensaba en menos cosas y venían más recuerdos de mi infancia y adolescencia a la mente. Cada vez llegaban esos recuerdos con más fuerza y eran muy reales y claros. Algunas veces me hacían llorar, otras me sacaban una sonrisa. “Vaya, ¿¡cómo es que me había olvidado de esto –o aquello!?” Esa pregunta abría un espiral de respuestas que me mantenían entretenida por horas… hasta que recordaba, de repente, que estaba ahí para meditar e intentaba concentrarme en mi respiración.

Volvió a sonar un mantra de Goenka y nos dieron otros 5 minutos de descanso.

Tercera meditación consecutiva desde las 3.30pm hasta las 5.00pm. Yo ya no podía más. Me dolía el cuerpo, la mente jugaba conmigo y necesitaba moverme y hablar. Cuando a las 5.00pm sonó la campana casi lloré de felicidad. “¡Basta de meditación, please! ¿Cuántas horas más de esto me quedan? Quiero dormir… o ¡irme de aquí!

A las 5.00pm a los nuevos estudiantes les dan un té con una pieza de fruta y arroz inflado (si, ¡exquisito como suena! *modo ironía: ON*). El resto de estudiantes (quienes repetían el curso, profesores o ayudantes) sólo puede tomar agua con jengibre o limón o té negro sin azúcar ni leche. TORTURA. Miré a mis compañeras y vi que estaban con cara de hambrientas bebiendo agua caliente y chupando una bola de azúcar de caña como si eso fuera un Ferrero Rocher. Me dieron mucha pena y me pregunté qué las había llevado a realizar el curso de nuevo… ¿serían masoquistas? Yo no llevaba ni medio día de curso y ya estaba pensando en nunca más en mi vida (esta o mis reencarnaciones) pasar por esta experiencia. Después de mi té me fui a la habitación y me tumbé en la cama a pensar sobre mis pensamientos surgidos durante la meditación. “Ojalá pudiera anotarlos”, lamenté.

Dong – Dong – Dong”.

Deben ser las 6.00pm. Hora de meditación grupal. Fui al hall, esperamos a que todos estuvieran en sus sitios, Goenka hizo su speech y nos pusimos a meditar –o intentarlo. Esta vez no pude cerrar los ojos. Miré a mi alrededor y observé atentamente a todas mis compañeras. Parecían concentradas. No sentí envidia, pero si admiración. “¿Cómo pueden estar centradas en la respiración cuando hay tantas cosas en qué pensar y solucionar? ¿Seré la única que no logra domar su mente salvaje y saturada?” Intenté contagiarme del espíritu meditativo que me rodeaba pero sólo logré perderme en más pensamientos y recuerdos. Para cuando quise volver a intentarlo el profesor dijo que teníamos 5 minutos de descanso y luego debíamos ir a la “salita de inglés” donde nos pasarían un video con explicaciones sobre la técnica vipassana.

A las 7.30pm en punto estaba en posición de loto en una pequeña sala con otras 4 extranjeras frente a una pantalla en la que apareció Goenka sentado junto a su mujer en lo que creo que fue un curso que él mismo dictó en Europa: “¡Al fin le veo la cara!Es un señor mayor, regordete y con una sonrisa entrañable que hace que sus ojos desaparezcan hundidos en sus mofletes inflados. Es cercano y habla sin pretensiones. Durante una hora y media –y sin moverse- explica parte de la técnica de meditación de vipassana y al escucharlo sientes como si se hubiera metido en tu piel y en tu cabeza durante las sesiones de meditación porque narra exactamente todas las vicisitudes por las que una estudiante –o al menos yo- atraviesa ese primer día. La hora y media de explicación no se hizo larga, al contrario. Al finalizar no dieron otros 5 minutos de recreo y luego acudí a la última hora de meditación del día. A esa hora ya estaba agotada, por lo que mantenerme despierta hubiera sido una misión imposible de no haber sido por la incomodísima posición en la que debes estar para meditar.

Goenka - Foto: yogaenred.com

Goenka – Foto: yogaenred.com

Cuando a las 9.30pm la sesión se dio por finalizada y el profesor nos liberó, me fui a la habitación. Caí rendida. A mitad de la noche me desperté asfixiada tras haber tenido una pesadilla y sentí –otra vez- la necesidad de huir de allí -e incluso de India-. Me controlé, recordé que la asfixia era mental y me volví a dormir.

Así acabó mi primer día de curso, lo que sentó las bases para un deja vú cíclico y aparentemente eterno. En la siguiente entrega os cuento no sólo los siguientes 9 días de mi experiencia, sino también las conclusiones sobre esta vivencia espiritual que le ha cambiado la vida a muchas personas, yo incluida. Si quieres leer cómo terminó mi curso pincha aquí para acceder a la segunda entrega.

Cúpula dorada de la pagoda del centro de vipassana*

Cúpula dorada de la pagoda del centro de vipassana*

Namasté, viajeros.

**Sorry por la malísima calidad de las fotos. Fueron tomadas rápidamente con mi móvil el día que entré al curso y el último día.

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4 pensamientos sobre “Vipassana experience – Sentando las bases de la rutina

  1. Antonio G.

    Wola Vero!

    Hemos pasado Cristi y yo un largo rato leyéndote juntos embobados y riéndonos de tu respiración y relajación! ajjaja.

    Ya estamos deseando de ver la segunda entrega 🙂

    Vamos a ver que nos depara la señorita culo inquiero y nervios a flor de piel 😀

    Seguro que no nos deja indiferentes.

    Esperemos que estés genial.

    Un abrazo primor

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Jajajaja… si no fuera por Cris quizá ni hubiera vivido la experiencia! Ella estaba conmigo en Hampi cuando me inscribí y es testigo de mi taquicardia jajajaj Ya ha salido publicada la segunda entrada! 🙂 Un beso grande a los dos 🙂

  2. Nati

    Me has dejado muertita, es impresionante, me muero de curiosidad de saber en qué momento ese suplicio de meditación se transformó en algo positivo, si conseguiste calmar tu mente. Es curioso que en ese primer día no echarás de menos los cigarrillos (no lo dices en ningún momento) pero me imagino que el estar en una situación tan heavy, tan insólita, eso no tenía cabida.
    Toda mi admiración para ti, yo no podría, y eso que no fumo, hago algo de meditación y me pasó sin hablar la mayor parte del día, ya que vivo sola, pero tantas horas…! y sin comer prácticamente! Lo dicho, te felicito con todas mis fuerzas.

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Nati! Ya publiqué la segunda entrega de mi experiencia. La verdad que se torna en algo positivo al final, a partir del último día jajajaja (bueno, esa es mi experiencia!). He tenido ganas de fumar cada día, pero increíblemente lo llevé bastante bien! La meditación y los horarios te absorben de tal forma que no tienes demasiado tiempo en pensar o desear un cigarrillo! jajajajaj
      Gracias por pasarte por la web! Un saludo!!!

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