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Al vaivén de Granada

Para mi, lo más representativo de Granada no es su catedral, sino las mecedoras. Están en todos lados y marcan el compás de la ciudad con su ir y venir pausado. Las hay en cada casa, cada hotel y cada tienda. Forman parte del mobiliario hogareño pero también de la vida pública con esas mujeres y hombres que las sacan a las puertas de sus casas para tomar “el fresco” de la tarde -que nunca llega-. Ser parte de Granada era -para mi- pasar un rato sentada en esas mecedoras y la oportunidad no tardó en llegar.

En el cruce de dos calles en la perisferia de uno de los pueblos blancos cercanos a Granada, un señor con la piel curtida por el sol permanecía de pie junto a una pila de muebles. Él esperaba a que pasara un amigo a recogerle para ayudarle a hacer la mudanza y yo esperaba mi bus para ir a Catarina. Con la amabilidad que les caracteriza, me invitó a sentarme en su mecedora “el bus puede tardar más de 20 minutos”, me dijo. Delante de mi, en ese vaivén suave, se sucedía la cotidianidad de la gente. Su vida. Y como parte de la vida, también las noticias de la muerte. Un coche antiguo y destartalado con altavoces atados con hilo blanco a las venatillas recorría las calles con la bachata a todo volumen. Dentro, el acompañante del conductor, con la música aún de fondo, daba la triste noticia por el micrófono del fallecimiento de Don Carlos y comunicaba que su mujer (Ana María) y sus 12 hijos (Valeria, Sebastián, Juan, Sergio, Carlos Alberto, Ana María, Santiago, Sofía, Jose Luis, Claudia, Patricia y Carmen) invitaban a todos al velatorio esa misma noche.

***

El bus desde Rivas me dejó aquella mañana de diciembre en medio de un mercado callejero de Granada. Entre todos los puestos, los estrechos pasillos eran hormigueros anárquicos en los que era imposible ver la salida. Laberinto comercial sin señales ni reglas. Algunos taxistas me vieron y se ofrecieron a llevarme al hotel. “No, gracias. Yo voy en bus”. Y ahí llegó la picaresca entrañable… “no hay buses, señorita. La llevo en el taxi”. “Los locales tendrán que moverse también, no? Yo voy a buscar el bus o me voy andando. Gracias.” Fui abriéndome paso como pude entre la gente que cargaba abultados bolsos y bolsas llenas de comida y diferentes productos como telas, jugetes, artesanías. Volví a preguntar por un bus que me acercara a la catedral (centro de la ciudad). Ahí apareció un salvador que me dijo que me parara en “esa” esquina. Resulta que el “bus” es una camioneta cuya caja trasera es una gran jaula metálica adaptada con dos largos bancos en los laterales que los primeros 15 o 16 pasajeros ocupan y luego el resto va de pie sosteniéndose como buenamente puede de los caños superiores. La caja esta cubierta por una lona de plástico azul… y agarrado por fuera, sobre el parachoques, va el “cobrador”. “Avíseme cuando estemos en el punto más cercano a la catedral, por favor”. Así fue como llegué al centro de Granada, la ciudad fundada en 1524 por Francisco Hernández de Córdoba.

Había escogido un hotel céntrico, cómodo y con piscina para mi estadía. Al fin y al cabo pasaría la nochevieja en la ciudad y quería hacerlo en un buen sitio. Dejé mis cosas en la habitación y me lancé a las calles. El sol inclemente y despiadado llegaba a cada milímetro de la ciudad y ni resguardándome bajo la sombra de algún árbol podía librarme de la onda expansiva del calor de los rayos. Pero “La sultana” me esperaba y yo estaba ansiosa por conocerla.

En 1882 Doña Emilia Serrano García del Tornell, Baronesa de Wilson y escritora española fue quien bautizó a Granada con el apelativo de “Sultana”. Hay dos teorías imprecisas y malfundamentadas para tal apodo y una de ellas dice que en esa época en España se libraba la dominación musulmana y de ahí el nombre. La otra teoría, más romántica si se quiere, es que la baronesa pensó que el cercano volcán Mombacho, conocido entre los locales como “El sultán”, estaba allí para visitar a su enamorada Granada y de ahí “La Sultana”. Pero una ciudad tan antigua como bella no se libra de otros apelativos y también es conocida como “La Sirena” porque una parte la constituye lo urbano y la otra parte mira al Lago Cocibolca o Gran Lago de Nicaragua, que fue en la época colonial su principal motor económico.

Las calles empedradas de la Granada de hoy son tranquilas, quizá sean el reflejo de su gente conservadora. Se mueven al ritmo de esas mecedoras omnipresentes en todas las formas, tamaños y colores. Yo camino al compás porque el calor no me permite ir más rápido. Pero tampoco tengo apuro. Granada es para saborear a paso lento y espiar por las ventanas o por las puertas abiertas de las casas esos largos pasillos que conducen a patios andaluces con fuentes centrales, árboles, plantas y flores. Y siempre alguna mecedora. Las casas, casi todas bajas, están pintadas en colores pasteles y caminar por las estrechas calles se convierte en un paseo por el arcoíris.

Subir a la torre de la Iglesia de la Merced fue mi gran descubrimiento: una vista áerea de esa ciudad que estuvo a punto de desaparecer tantas veces por los constantes ataques de holandeses, franceses e ingleses y por los saqueos y destrucción de los corsarios a lo largo de los siglos. Tantas veces fue destruida la ciudad que se popularizó la frase “aquí estuvo Granada”. Pero la Sultana resurgió una y mil veces sobre sus cenizas y a día de hoy es una de las ciudades coloniales mejor conservadas y más pintorescas de Centroamérica. Desde la torre de la Merced conseguí la típica postal de la catedral con el Lago Nicaragua de fondo:

Granada es colonial, es pintoresca y es amable. También es anacrónica en los detalles. Los carruajes tirados por caballos van y vienen junto a coches modernos. Sentada en el Parque Central que está rodeado de los edificios más importantes de la ciudad como el colonial ayuntamiento, la catedral de fachada amarillo anaranjado con cúpulas rojizas o el señorial Palacio Municipal absorbí la atmósfera del siglo XVI. Quizá esta amalgama de nuevo y antiguo sea una de las razones por la que es la ciudad más visitada del país.

Sin embargo de sus verdaderos orígenes dirianes y nagrandanos queda poco. Estas tribus, descendiente de los chorotega, eran grandes guerreros, buenos artistas y astrónomos. Pero no recorras la ciudad en busca de sus huellas, porque son invisibles. Su legado es cultural y se puede ver reflejado en algunas comidas y artesanías. Los colonos fueron quienes dejaron las huellas indelebles: los parques, las calles en cuadrillas, sus 6 iglesias incluida la catedral, casonas y mansiones.

Llegué a Granada unos pocos días antes de que terminara el 2016 y la prisa se debía, principalmente, a un rito personal que tenía pensado para el fin de año –mitad inventado y mitad basado en mitos reales- de “quemar” todo lo malo del año. “Quemar” las preocupaciones y así empezar el 2017 más liviana, con esperanzas renovadas. Pero como algo bueno tiene esto de viajar, es que esa “quema” de pesadeces de 2016 en vez de hacerlas en una hoguera, las quería hacer en lava. Lava líquída a 1200º en el cráter del volcán Masaya. De noche. Hubiera preferido en solitario pero era mucho pedir a un destino que se está volviendo cada vez más turístico. Porque… ¿quién no cruzaría un país, un continente, un océano o medio planeta por ver un río de lava líquida en el cráter de un volcán? De noche sólo se permite ir en tours, por lo que me sumé al de Tierra Tours. Esa noche prendí en llamas –metafóricamente, claro- todo lo que debía ser dejado atrás, inlcuso frustraciones, y descendí esperanzada y ligera.

El último día del año lo comencé sin grandes aspiraciones más que leer junto a la piscina y dejar la noche abierta a lo que surgiera. Había varios grupos de viajeros con planes de cenas y salidas, pero ninguna me terminaba de convencer. Prefería quedarme releyendo las andanzas de la familia Buendía de Gabo en esa ciudad que, como Macondo, había crecido, deacaido, renacido y se había transformado muchas veces. Yo ya había hecho mis rituales de fin de año, mis balances y sólo me quedaba cerrar el libro titulado 2016 para comenzar uno nuevo al día siguiente. Pero un alemán parecido a Pep Guardiola y con actitud napolitana, y un italiano con personalidad del alemán estereotipado me convencieron para que los acompañara a cenar a un restaurante italiano “comemos unas pizzas y vamos a ver los fuegos artificiales”. “Bueno, dale”. Así fue como terminamos en la calle peatonal “La Calzada”, adoquinada y flanqueda por farolas que iluminan las fachadas de restaurantes, heladerías y agencias de viajes que sigue su trayecto hasta morir en el lago.

A las 23.50h nos acercamos a la plaza central esperando encontrar una muchedumbre agolpada frente a la catedral ansiosa por la llegada de la medianoche. En mi mente eso sería la versión centroamericana de la nochevieja que tanto he visto por la tele de Times Square en Nueva York, o la Puerta del Sol en Madrid… o quizá la de Trafalgar Square en Londres. Pero no. Ahí eramos cuatro gatos locos mirando para todos lados, quizá preguntándonos dónde estaría el resto de la gente. “¿Quizá los nica celebran en otra plaza o frente al lago?” “No lo sé, pero quedémonos aquí que faltan sólo 5 minutos para las 12h”. No pude con mi intriga y me acerqué a una familia nicaragüense y les pregunté dónde se juntaba el pueblo para celebrar en comunidad el cambio de año. No lo sabían, pero creían que cada uno vería los fuegos desde donde estuviera: una casa, un bar, un restaurante. Aparentemente no hay un sólo foco central de fuegos artificiales, sino que son varios porque cada persona lanza los propios y el cielo entero se cubre de colores danzarines y la cabeza se mueve de derecha a izquierda de atrás para adelante para capturar todos los colores y estallidos.

El alemán esperó a las 12 en punto. Aguantó hasta que las ametralladoras piroténicas ensordecieran la ciudad colonial y los colores tiñieran el cielo para decir: “voy a sentarme a reflexionar sobre mi 2016”. Se alejó un poco y se sentó en un banco público a pensar y hacer su balance.

Mientras tanto, yo estaba embobada mirando los fuegos. Sonreía todo el tiempo pero no me di cuenta de ello hasta que el italino me lo hizo notar “pareces una niña mirando su juguete nuevo”. Y sí, me había invadido un sentimiento de alegría y gratitud que no sentía desde mi paso por el curso de meditación Vipassana en India. Fui feliz en ese momento y lo supe, y ser consciente de ello me hizo más feliz aún. Bajo ese cielo multicolor los pensamientos y sensaciones eran de agradecimiento al 2016 por todas las enseñanzas y por todos los momentos que me había traido, los buenos y los no tanto. Aun con la sonrisa en la cara se me escapó un grito: “ahora sí 2017, ¡estoy lista! Bienvenido”.

Uno de enero. Diario nuevo. Página en blanco. Mi primera acción no fue del todo buena: me colé en la torre de la catedral que estaba cerrada por la procesión multitudinaria que se estaba llevando por las calles de Granada y que acabría en una misa dentro de la catedral. Subí las escaleras con el corazón acelerado, con miedo a que me descubrieran, pero el premio llegó cuando conquisté la parte más alta: unas excelentes vistas de toda la ciudad. El resto de ese primer día del año lo disfruté dando un paseo sin rumbo, por donde me llevara la corazonada, al ritmo lento de las mecedoras de los hombres y mujeres que me saludaban, sin detener el vaivén, con un “feliz año” a mi paso.

Mecedora via Shutterstock

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2 pensamientos sobre “Al vaivén de Granada

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