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Bicho de cemento en el Parque Nacional Manuel Antonio

Siempre me he autodefinido como un bicho de ciudad. Una urbanita. Una amante del cemento, los rascacielos, las luces artificiales, las avenidas colapsadas de humanos y coches, el metro a reventar y el rush hour en las autovías. Definido así, tampoco parece muy tentador. Pero las grandes urbes siempre me han fascinado: Buenos Aires, Londres, Roma, Bangkok o Shanghai. Pero salí de mi “hábitat natural” para dejarme seducir por los parques naturales de Costa Rica, y me rendí ante Manuel Antonio.

En Costa Rica hay 26 parques nacionales y, por supuesto, no tuve tiempo de verlos todos. Pero entre los que sí pude ver destacan dos: el Cahuita (que les hablé en este post) y el Manuel Antonio. Este último es el más visitado del país y uno de los más pequeños ya que “sólo” cuenta con 682 hectáreas donde se conjugan bosques nubosos con playas anchas bañadas por la costa Pacífica y, un montón de animalitos que no temen al humano. Al contrario, saben que en nuestras mochilas llevamos comida y se nos tiran encima para hacerse con un sándwich, una banana o lo que pillen. Estas critaturitas -principalmente monos y los simpáticos mapaches, no se amedrentan ante nada en su misión por conseguir comida. Te tocará batirte a duelo con ellos por tu almuerzo. Quedas advertida.

Recuerdo que el bus me dejó en la ciudad de Quepos y yo, que soy muy mala para las abstracciones, no entendía cómo era exactamente la “zona de Manuel Antonio” de la que hablaban las páginas para reservar hoteles. Resulta que se considera que la localidad empieza a mitad de la carretera de montaña que une Quepos con el Parque Nacional 7km más allá. A ambos lados de esta estrecha carretera asfaltada de doble sentido se distribuyen hoteles de lujo, apart-hoteles y hostales, junto a supermercados y restaurantes. La carretera cae de frente al malecón, y luego tuerce a la izquierda varios cientos de metros hasta la entrada al Parque Natural.

Mi primera parada fue en esta carretera curvilínea, a unos 3km del malecón. Me hospedé en el hotel Paz de Paraiso Grand View que tiene apartamentos en una finca con piscina a no más de 10 minutos en bus del Parque Nacional. Me encantó alojarme en un apart-hotel –la primera vez en este viaje- porque además de poder cocinar y ahorrar algo de dinero –muy necesario con lo caro que es CR-, la ventaja de hacerme cafés cuando me apeteciera y tener una terraza con vistas a la bahía y poder desayunar ahí eran una bendición del universo.

La playa pública principal de Manuel Antonio –me refiero, la que no está dentro del Parque Nacional- es amplia y bastante larga. La mayoría de turistas de apilan en una franja relativamente estrecha que es la misma que abarca la parte construida y con servicios de la zona del malecón. Pero si caminas hacia la derecha por la playa, empiezas a alejarte del tumulto, de los puestos de alquiler de tablas de surf, de alquiler de jetskis y de servicios de parasailing para tener una sección casi íntegra para ti sola. Si sigues avanzando hasta el extremo llegas a donde se concentran los surfistas, que es donde las olas rompen con más fuerza. En el extremo opuesto está la entrada al Parque Nacional, al que fui al día siguiente.

Ese primer día quería disfrutar de los paseos por la playa, de un zumo sentada sobre la arena bajo unos cocoteros donde dormía un perezoso y saltaban de rama en rama algunos monos. El atardecer fue, literalmente, espectacular. Toda la gama de naranjas se desplegó con una intensidad que nunca había visto y teñía las nubes que parecían algodones en el cielo. No me moví hasta que se hizo completamente de noche, totalmente hipnotizada por la danza de colores que la naturaleza ponía en ese horizonte de la costa Pacífica. Moverse es fácil por ahí: el malecón se recorre a pie y, si te hospedas en la carretera o en Quepos, hay buses cada 15 minutos que van y vienen hasta bastante tarde.

Después cené en uno de los muchsísimos bares que se acopian en unos pocos cientos de metros del malecón y al preguntarle al dueño por qué era todo tan caro, me respondió que los “Ticos” –como le llaman a los costarricenses- sólo quieren “turistas de nivel”, y aunque no lo aclaró, se refería a nivel económico, claro. Dinero no da clase. Ellos querían turistas con dinero.

Había llegado el momento de descubrir el corazoncito de esta localidad y meterme de lleno en su Parque Nacional. Aunque se puede recorrer por libre, yo decidí contratar un tour guiado con Unique Tours. A muchos les parecerá un sinsentido pagar por un guía, pero cuando eres propensa a perderte y no sabes muy bien de qué va el tema, y además eres medio cegata y tu objetivo es ver animalitos… nada mejor que tener un guía local que te vaya mostrando lo que se camufla entre las ramas del guácimo colorado, el pilón, el cedro maría, el surá, el guapinol negro, el cenízaro o el ceiba, entre otros.

A las 7 de la mañana ya estaba en la entrada, lista para descubrir el alma de Manuel Antonio. Pablo, el guía, se armó con un gran prismático y comenzamos a dar los primeros pasos por un sendero. El primer alto en el camino fue a los pocos metros. Debajo de una hoja enorme se esondían unos pequeños murciélagos durmientes. Así fue el camino de casi 1 kilómetro en el que vimos cangrejos bicolores, aves de todo tipos, iguanas y osos perezosos. El sendero termina en la playa Manuel Antonio, que es ancha, de arena blanca y agua turquesa. Me di un baño y luego hicimos un alto en la zona de merendero para comer un sándwich. Pero fue sacarlo de la mochila para que aparecieran de cada rincón monos y mapaches que se movían orquestadamente y con mucha inteligencia para robarlo. Varios guías y guardas vienieron al rescate… y yo pude comerme mi almuerzo.

Hasta allí llegaba el tour guiado, ahora estaba sola en la inmensidad del parque. La verdad es que los senderos son fáciles de hacer, están todos señalizados y te internan en las selva húmeda y cada tanto se asoman a las espectaculares playas. Yo decidí primero ir a Playa Espadilla y luego hacer el sendero circular Punta Catedral que te lleva por lo que fue una isla pero ahora es una península por el fenómeno tómbolo. A lo largo del kilómetro y medio que tiene, pasas por 3 miradores y terminas en una playa para darte el merecido chapuzón tras subir y bajar por la selva. Si tienes tiempo, hay más senderos que podrías hacer –y que yo no hice- que son al de La Catarata, Playas Gemelas, Los Congos, Puerto Escondido, Mangalr y Perezosos.

Creo que, como bicho de cemento que soy, me desenvolví bastante bien en medio de la naturaleza y como los senderos estaban señalizados no me perdí (¡milagro!). El único momento de tensión fue cuando escuché un rugido potente –y lastimoso- desde algún punto cercano al sendero y que, cuando me acerqué para ver de qué se trataba, vi dos ojitos brillantes y con otro gruñido me hizo dar un salto para atrás… y me fui de ahí lo más rápido posible.

La naturaleza me apasiona y me carga de energía… pero también me hace sentir indefensa. Ante una situación “urbana” me sé defender o salir bastante airosa: el metro ha cancelado su viaje, el bus cambia el recorrido, cae un chaparrón de golpe, tengo hambre o quiero ir al baño. La solución siempre es fácil, intuitiva y al alcance de la mano. En cambio, lo que me pone nerviosa de la naturaleza es que no sé qué planta me puede matar… ¡o qué bicho! Si mi cuerpo decide reaccionar con una alergia no hay médicos cerca, si cae un chaparrón no sé dónde debería resguardarme… y el baño, bueno no es tan complicado en los bosques nubosos. Pero sí es complicado identificar qué hoja puede ser usada como “papel higiénico” y cuál no. Por suerte el Parque Nacional tenía baños y no tuve que recurrir a la naturaleza para estos menesteres.

De vuelta a la playa pública de “Manuel Antonio”, volví a ese rinconcito aislado donde leer con vistas al mejor atardecer que la naturaleza me podía regalar ese día: otra vez el despliegue de naranjas y amarillos que cubrió por completo el cielo hasta que el sol se escondió tras el horizonte. Era mi último día en este rinconcito verde, azul y, a veces, naranja del que me enamoré por completo. Soy un bicho de cemento, pero me encanta la naturaleza… y para ello, nada mejor que Costa Rica que es verde y donde se vive la “Pura Vida”.

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4 pensamientos sobre “Bicho de cemento en el Parque Nacional Manuel Antonio

  1. Patricia

    Yo fui hace diez años ya a Costa Rica (cómo pasa el tiempo madre mía) y Manuel Antonio me gustó tanto que volví allí de nuevo al final del viaje. Supongo que en estos diez años habrá cambiado mucho pero la belleza de sus paisajes será la misma
    Un saludo

    1. Sinmapa Autor

      Posiblemente haya cambiado mucho en 10 años: más turistas, más caro y menos animales a la vista… pero los paisajes supongo que siguen siendo los mismos maravillosos que yo pude admirar durante mi visita a finales de 2016!!! Hay lugares que enganchan! 🙂 Un beso grande, guapa!

  2. Claudia R

    Hola Vero,
    ¡Vaya playazas hay por allí!
    Sin embargo, a mí el parque no me gustó nada. Además de que los hoteles parece que se lo están comiendo literalmente, eso de que haya una carretera de aslfato en el medio me parece atroz. Al ser el más popular, hay tantísima gente (incluso llegando temprano) que los animales están súper arriba (obviamente menos los ladronzuelos) y si vas sin guía y prismáticos no se ve gran cosa. Creo que se debería regular la afluencia de turistas, ya que estás pagando por el acceso.
    Yo me quedo con Cahuita de mis amores, mismos animales, gratis y un ambiente precioso 🙂
    Pura vida.
    Un besazo

    1. Sinmapa Autor

      La verdad que entre mis favoritos también está Cahuita! Y es cierto que para ver animales se precisa del prismático. Pero luego del tour me hice otro recorrido donde no había nadie, y las playas me parecieron fantásticas. El tema de que haya mucha gente y por eso los animalitos se vayan más lejos, es cierto 🙁 Pero luego visité otros parques naturales y directamente no vi animales, ni con prismáticos! Pero tengo que decir que Cahuita…. Cahita es muy bello! 😉

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