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La infinita isla de Ometepe

No falta mucho, ya casi estás ahí” (“you are almost there!“) fue la frase que más repitieron durante casi una hora las personas con quienes me cruzaba –yo en ascenso, ellos en el sentido contrario- ante mi pregunta sin aliento de cuánto faltaba para la casacada. La falda sur del volcán Maderas se volvía más y más empinada al centímetro. Selvático y enmarañado, de a ratos el camino ponía obstáculos como riachuelos discurriendo bajo dibujos que raíces enredadas, rocas y hojas moldeaban y que te obligaban a pensar dos veces cada paso que ibas a dar y te retaban a analizar el paisaje en su conjunto y también en lo singular para buscar la forma más eficiente y segura se seguir avanzando. Además, el calor hacía la subida fatigosa y la humedad en el ambiente -que habría permitido vivir peces fuera del agua- convertía el ascenso en una misión casi imposible. Fueron dos horas, dos sufridas, transpiradas y agotadoras horas hasta la Cascada San Ramón. Pero había quienes juraban por sus madres que valía la pena el esfuerzo.

Desde el Puerto de San Jorge, en la localidad de Rivas, el Lago Nicaragua parecía un inmenso mar picado por el viento. Me acerqué, siguiendo la masa, a la embarcación destartalada y sin mucha confianza subí hasta la primera plataforma y luego trepé hasta la parte más alta por una escalera vertical de metal incrustada en uno de los laterales de la embarcación. Muchas de las sillas, de metal pintado de azul y fijadas a la estructura del barco, estaban oxidadas y rotas. Apuré el paso para sentarme y no tener que viajar esa hora hasta Ometepe de pie. Luego busqué el chaleco salvavidas naranja fosforito y me lo puse. Podría quedar como ridícula, pero la embarcación no me daba seguridad alguna, y que ese “mar de agua dulce” estuviera tan revuelto, tampoco. El resto de pasajeros siguió mi iniciativa. Nadie se fiaba un pelo.

Arrancaron los motrores y la embarcación comenzó a  deslizarse a duras penas por el mayor reservorio de agua dulce de América Central, que los conquistadores españoles creyeron que era mar abierto. De a poco en el horizonte surgieron dos colosos cónicos que parecían unidos en sus bases por un hilito de tierra. Si hubiera podido ver Ometepe desde el cielo me hubiera encontrado con una isla con la forma del símbolo del infinito monopolizada por Concepción y Maderas, los dos volcanes que conforman la isla y están unidos por una estrecha lengua de tierra.

Llegué al puerto de Moyogalpa, una de las dos principales ciudades, e hice una pausa en un barcito que exprimía naranjas a lo loco y servía sándwiches del tamaño de un zapato nº44. Las opciones de alojamiento eran muchas y algunas estratégicas. Podía quedarme en el pueblo, que ofrecía muchos alojamientos, bares, restaurantes, tiendas y agencias de alquiler de moto –que entendí horas más tarde que era un básico en la isla- o también podía hospedarme en la otra gran ciudad ubicada al este del volcán Concepción: Altagracia. Si quería estar en una zona más rural y alejada del ajetreo podía ir al otro lado del istmo, donde se encuentra el volcán Maderas y donde el pavimento se transforma en ripio y baches para alojarme en un hostal que me habían recomendado: Casa Istiam. Hacia allí que me fui con el bus que primero da toda una vuelta a la parte de la isla donde está el Concepción y  luego cruza el istmo.

Se dice que esta isla está habitada desde hace miles de años y que por ella han pasado tribus de todo tipo de étnica: desde los Nahuatl, Olemca, Chorotegas, Mangues, Chibchas y Nicaraguas hasta los Tiwanacos e incluso se cree que los Mayas llegaron aquí a mediados del siglo X. Las influencias de todas estas culturas han forjado la personalidad e identidad de la isla y los isleños. Pero por supuesto llegaron los españoles en el siglo XVI y ya en el siglo XVII los franciscanos evangelizaron a la población y cambiaron muchas de sus costumbres, entre ellas la adoración a diferentes dioses por los santos cristianos. Aún así es posible entrever esta amalgama de raíces en su gente, que es tranquila y amable y que se dedican a la pesca, a la agricultura, a la recolección de frutas y a crirar diferentes animales como gallinas y cerdos que pululan a sus anchas por la isla. Pero su herencia cultural se hace tangible en sus muchos vestigios arqueológicos como los más de 1700 petroglifos esparcidos por diferentes zonas –y algunos en el museo de Altagracia-, así como estatuas y cerámicas.

Recorrer la isla es como recorrer Nicaragua entera ya que posee en sus poco más de 270km2 todos los ecosistemas del país. Una de mis primeras paradas fue la Punta Jesús María… una lengua de arena que se mete varios cientos de metros en el lago –en época seca incluso se extiende por más de 1km- y con las mejores vistas que una puede desear: los dos volcanes, el lago y todo el verde en su máximo esplendor. Otra de las paradas fue el bosque de Charco Verde, un espacio natural cargado de leyendas donde se pueden hacer varias rutas por los senderos que te llevan al mirador diablo, a los paisajes boscosos más bonitos y sugerentes de la zona que inclyen una laguna, manglares e incluso a una playa con vistas al volcán Maderas. Todo esto en la inigualable compañía de los monos congo que no te quitan la vista de encima, de aves que sobrevuelan tu cabeza e incluso alguna boa escurridiza, así que ¡bien atenta por dónde andas!

El transporte público no llega a todos los rincones de la isla y para conocer diferentes puntos había hecho dedo pero la verdad es que desde el comienzo estaba claro que Ometepe había que recorrerla en moto. El contorno de la isla era una carretera a pie de los volcanes que a veces era de cemento y otras de ripio y baches que ponía a prueba la destreza del conductor. Yo estaba lista para el desafío, tenía que adaptarme al medio. Pero como aún no me animo a conducir ni una scooter, alquilé una junto a una chica holandesa de casi metro ochenta y cinco para recorrerla. Me puse el casco de albañil y asumí mi rol de “paquete”. En esa moto no podíamos ir muy rápido, por lo que fue más bien un paseo de contemplación de la zona, cruzándonos con mujeres que lavaban la ropa a orillas del lago, con niños que jugaban en la calle, hombres cabalgando por las calles de tierra y todo esto rodeada de vegetación y de cerditos que jugaban y se alimentaban al lado del camino. Recorrimos el contorno de la base del volcán Maderas, paramos a tomar un café en la letárgica población de Balgues y almorzamos en playa Santo Domingo –ya más cerca del Concepción- que por el viento crea el hábitat idóneo para los que practican windsurf.

Habíamos dejado lo mejor para el final de nuestra estadía. Y no, no me refiero a ascender los más de 1600 msnm del volcán Concepción. Nuestro objetivo fue subir hasta la cascada San Ramón, que en apariencia es un camino relativamente fácil pero muy extenuante.

Llegamos a la estación biológica San Ramón y le hicimos dedo a un tractor para que nos adelantara unos cuantos cientos de metros hasta el comienzo del ascenso propiamente dicho. El calor ya apretaba y no queríamos gastar las energías. La subida fue durísima –principalmente por estar fuera de forma y el calor que abrasaba- pero al llegar a esa refrescante caída de 50 metros fue la gloria misma. Un chapuzón y estaba como nueva.

Me preguntó mi compañera holandesa si quería seguir el camino hasta la cima del volcán, donde hay una laguna. Mis piernas temblaron y mi boca dijo no. Pero tenían razón quienes juraban que la isla era idílica aún sin payas de arena blanca y cocoteros, y que la subida a la cascada valía la pena. Ometepe para mi fue todo un descubrimiento y es ahora uno de mis rincones favoritos del país. Ometepe es infinita en su forma y contenido. Ometepe, que significa “cerros gemelos”, es un remanso de paz y un enclave con mucha mísita que despierta la imaginación de quien la observa a la distancia la silueta de los colosos cónicos, ya sea como las tribus que creyeron que era su tierra prometida o como Mark Twain que la retrata en su libro “Viajes con Mr. Brown”: “volcanes gemelos, maravillosas pirámides arropadas en un verde fresco y suavísimo, veteadas sus faldas de luces y de sombras; sus cimas perforan las errabundas nubes, parecen los volcanes apartados del vértigo del mundo, tan tranquilos así como están inmersos en sueños y en reposo”.

El infinito y el origen de todo está muy unido y cobra vida en este rincón nicaragüense. Nicaragua late fuerte con dos corazones ardientes de lava. Como nace la vida, rodeada de agua, se elevan los volcanes Concepción y Maderas formando a través de un estrecho istmo una gran isla en forma del símbolo del infinito. Es verde, es fértil y es espectacular.

♣ Si quieres leer “La ruta del tránsito” de Mark Twain pincha aquí.

► Llegué a Nicaragua vía Costa Rica cruzando la frontera a pie. Mi primer destino fue San Juan del Sur y Ometepe fue mi segundo destino. ¡Pronto más información en la web!

 

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2 pensamientos sobre “La infinita isla de Ometepe

    1. Sinmapa Autor del artículo

      A que sí? A mi también me sorprendió muchísimo!!! Durante mi viaje por Colombia, Panamá y Costa Rica muchos viajeros que venian bajando desde México me hablaban de Nicaragua con mucho cariño y todos -sin excepción- me recomendaban Ometepe. Cuando llegué -e inlcuso antes- quedé enamorada! Es un sitio con mucho encanto!

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