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Managua y los árboles de la vida

Managua me desconcertó desde el primer momento. Y no, no hablo de que nadie conoce los nombres de las calles –si es que tienen- ni porque se ubican con los puntos cardinales a partir de un punto de referencia que sólo ellos conocen: “de la tienda de Ramona, una cuadra arriba -este- y luego 100 varas al Lago –norte- y en donde está la tienda Pepa son 10 varas abajo –oeste-”. La capital del país me trastocó porque parecía desencajada o como si la hubieran dejado a medio hacer. El centro histórico se presentaba como un descampado con edificios en ruinas o convertidos en escombros pero rodeado de palacios de gobierno. Y sin embargo la perisferia estaba muy poblada con calles nuevas y casas bajas. Managua, a diferencia de otras capitales mundiales, es abierta porque no tiene edificios que aspiren a tocar nubes. Quizá esto se deba a que, tras lo aprendido, prefieren estar más cerca de la tierra, agarrados fuerte a los cimientos subterráneos.

Dos grandes terremotos, uno en 1931 y el otro en 1972, casi borran del mapa a la enamorada del lago Xolotlán. Sus habitantes no lo sabían –ahora ya sí-, pero la capital del país está construida sobre unas fallas geológicas malhumoradas e impredescibles que tienen el poder de destruir en pocos instantes muchas vidas y el trabajo de años. Cuando visité Managua me llamaron la atención dos cosas: una fueron los grandes espacios vacíos y los cúmulos de escombros que aún recuerdan esos sacudones que dio la tierra. Lo segundo fueron unos coloridos e inmensos árboles de metal que decoraban la ciudad. Eran muy parecidos al “árbol de la vida” pintado por Gustav Kilmt y lo interpreté como un símbolo de optimismo que el gobierno quería dar al pueblo para llenarlos de la tan necesitada esperanza para sobreponerse a años de desastres naturales y conflictos armados. Pero nada más lejos de la realidad.

El sol apretaba con fuerza y yo estaba de pie frente a un casino de fachada kitsch con la imagen de la esfinge de Giza y junto a una avenida donde supuestamente cuando viera un bus, si levantaba la mano frenarían –aunque no hubiera parada-. “Cuando veas un bus le preguntas si va para la Plaza de la Revolución” fueron todas las indicaciones que recibí del chico de la recepción del hotel. Él creía recordar que alguno de los muchos buses que pasaban por allí me acercaría.

– No aceptamos efectivo, sólo la tarjeta de bus
– No te preocupes, yo paso la tarjeta por ti, dijo en ese mismo instante un chico que estaba sentado en la segunda fila.

Cuando le quise dar el dinero de mi billete, me dijo que estaba invitada. Que era un honor tener visitas en su ciudad.

Por la ventanilla vi el cambio de paisaje. Las casas fueron dando lugar a espacios despejados, cada tanto una pila de escombros y avenidas. Cualquiera hubiera pensado que estaba alejándome del centro, pero la realidad era que estaba metiéndome de lleno en el corazón del centro histórico de la capital. En un corazón maltrecho, destruido y reconstruido varias veces y que 45 años no habían dado abasto para recuperarse del todo. Eso, o que el dinero de las ayudas internacionales tras el último terremoto quedó en los bolsillos del político de turno.

Me bajé del bus cerca de la Plaza de la República (también llamada Plaza de la Revolución), en la Avenida Bolívar –una de las pocas calles en la ciudad que tienen nombre o al menos la gente se lo sabe-. El sol estaba bien alto pero se sentía como si estuviera sobre el asfalto. Quise entrar a la plaza para visitar los mausoleos levantados en honor a los héroes del Frente Sandinista de Liberación Nacional pero la plaza estaba cerrada porque preparaban todo para la investidura del presidente re-electo Daniel Ortega. Pero no sólo la plaza estaba cerrada, los edificios más emblemáticos que la enmarcan o están relativamente cerca como la Casa Presidencial, el Palacio del Ayuntamiento y la antigua Catedral de Managua –que está toda apuntalada y en ruinas- también estaban acordonados. Le tomé unas fotografías a lo lejos. Probé suerte con un policía jugando la carta de “soy una turista y quisiera ver un poco más de su hermosa ciudad” pero no hizo efecto. Nadie podía entrar en la zona. Para consolarme me sugirió que fuera a la orilla del lago, donde estaban los paseos y allí podría “ver toda la ciudad en una gran maqueta” –como si eso fuera lo mismo-. Como no tenía otra alternativa, hacia allí me fui. Caminé varios cientos de metros por la calle desierta rodeada de nada. Bueno, rodeada de altos y coloridos árboles metálicos con cientos de lucecitas que ahora estaban apagadas pero que por la noche iluminan toda la ciudad.

El Malecón me confundió. Toda la costa del lago estaba cerrada con una reja –a excepción de un trozo- y tenía diferentes entradas cada X metros y daban acceso a los diversos “paseos”, cada cual con su tarifa correspondiente. Entré al “Paseo Xolotlán” donde, efectivamente, una gran maqueta me enseñó a escala la Managua de antes de 1972. Una Managua edificada, llena de tiendas en lo que ahora es su descampado casco histórico.

Seguí paseando y me encontré con dos réplicas de las casas-museo de Sandino y de Rubén Darío. Cuando salí de ese paseo atravesé una gran plaza frente al lago con más de una veintena de “árboles de la vida” y seguí de largo hasta otro paseo que estaba a escasos metros: “el puerto Salvador Allende” que es como una plaza de comida al aire libre repleta de bares, restaurantes y discotecas. Estaba lleno de familias paseando con vistas al lago y degustando algún plato internacional. Aproveché y comí algo allí antes de dirigirme al Mercado de Oriente, el más grande de Nicaragua. Era mi último día en el país –y de mi viaje por Centroamérica- y quería comprar algunos regalitos.

 

Deshice mis pasos por esa avenida custodiada por esos árboles de 14 metros. Encontrar un autobús no fue fácil. No había mucha gente por la calle –estaban todos en los paseos del lago- y los terrenos sin uso hacían más inhóspito el paisaje citadino. Llegué a una gran rotonda y allí un vendedor de helado me dijo que no sabía exactamente qué bus me llevaría al mercado pero podía intentar con uno que paraba a 25 varas arriba y una cuadra sur, frente a una caseta verde. Quise decirle que yo ni siquiera sabía dónde estaba el norte, pero opté por hacerle señas con las manos mientras repetía sus indicaciones. Me corrigió dos veces. Llegué y el bus no demoró. Volví a probar suerte: me subí y le extendí la mano al conductor con el cambio justo para boleto.

– No aceptamos efectivo, sólo la tarjeta de bus
– Yo lo pago con mi tarjeta, no te preocupes, dijo sin vacilar una chica sentada en la primera fila.

Cuando le quise dar el dinero por el valor del billete, al igual que el chico de esa mañana, me dijo que estaba invitada. La amabilidad y hospitalidad de los Managua no era una excepción sino la regla. Esta ciudad, considerada una de las más seguras en Centroamérica, me demostraba a cada paso que su gente era humilde y generosa.

El Mercado Oriental, como cualquier mercado, consistía en un laberinto de puestos que se sucedían uno al lado del otro vendiendo todo tipo de productos: fruta, ropa, café, tabaco, muebles, especias, joyas, artesanías. Lo recorrí durante varias horas y me hice con algunos objetos no sin antes regatear. Antes de que anocheciera busqué el camino de vuelta a mi hotel Lost Inn Managua. Desde allí había un autobús, pero no tiendas donde vendieran el bendito abono transporte para el bus, así que tuve que probar suerte de nuevo, dinero en mano. El resultado fue el mismo: el conductor me dijo que no aceptaba efectivo y un chico se ofreció a pagarme el billete y se negó a coger el dinero que ofrecí para cubrir el coste. Él era Joaquín, un joven estudiante de química de unos 25 años, que se atrevió a ir más allá de pagarme el billete y, dejando la vergüenza de lado, me preguntó mi nombre, de dónde venía, qué estaba haciendo en Managua y muchas cosas más. Aproveché, entonces, para preguntarle por los árboles que adornaban la ciudad:

“La primera dama –Rosario Murillo- es muy, ¿cómo decirlo?, “esotérica” y quería decorar toda la capital con el árbol de la vida. Pero generó mucha polémica y a la gente no le gusta porque cuestan casi 30.000us$ cada uno (hay mas de 120 en la ciudad y otros tantos en el país) y encima se dice que los hace un familiar de ella y la empresa de vigilancia es de un familiar del presidente (Daniel Ortega). Pero lo peor es que cada arbolata ¡consume al día la misma energía que se necesita para iluminar 33 casas! Imagínese, eso lo pagamos nosotros. Podría haber invertido esos millones en algo más útil”.

Empecé a entender que esos árboles eran el resultado de una estrategia para llenar ciertos bolsillos en vez de una llamada al optimismo colectivo. Al llegar al hotel investigué un poco más y pude saber que también eran una estrategia política. Estos árboles se vieron por primera vez para la celebración del 34 aniversario de la Revolución Sandinista. Uno de ellos se levantó en La Loma de Tiscapa – junto a la estatua del héroe nacional Augusto C. Sandino- que es, para muchísimos managuas, una especie de santuario: ahí estaban las cárceles de tortura del Somocismo y durante décadas fue el único refugio histórico de la ciudad. La primera dama colocó un arbolata allí como emblema del nuevo poder que se alza en el país -y que pagan los managuas-. Eso explica que el país esté dividido y muchos quieran derribarlos o reemplazarlos por árboles reales. Es un gasto excesivo en un país donde más del 45% de su población vive bajo el umbral de la pobreza.

Porque si hay algo que entendí durante mi tiempo en Nicaragua es que ellos no necesitan ese simbolismo colorido y “chupa-energía” para recordar que son un pueblo fuerte y que no deben perder la esperanza. Los Nica miran al futuro con optimismo y humildad e intentan cada día reconstruir un país que ha sufrido mucho. Sentí que el árbol de la vida, signifique lo que signifique para cada religión, los Nica lo llevan dentro. Es su actitud trabajadora, amable, hospitalaria y genuina. Es cierto que Managua no es una ciudad con muchos atractivos turísticos, de hecho algunas zonas son desoladoras, pero un lugar es su gente y ellos son, cada uno, un árbol de vida.

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