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Monteverde: un bosque entre nubes

Estaba sentada en una soda, como le llaman a los pequeños restaurantes locales en Costa Rica, ubicada frente al mar en Puntarenas. Me pedí un café y miré el reloj. Eran las 11 de la mañana y hasta las 2 de la tarde el bus con dirección a Monteverde no saldría. Me hubiera dado una vuelta por el pueblo, pero estaba con dos mochilas, pocas energías y el sol abrasaba la piel. Saqué mi libreta y apunté: “me voy a ver árboles húmedos (?)”.

Desde Quepos (Manuel Anotnio) hasta allí había demorado casi 3 horas en llegar y como los horarios de los buses públicos en este país pueden ser –y son- confusos, madrugué para nada. “Me tendría que haber tomado el bus de las 10am en vez del de las 8am”, pensé.

En la aplicación móvil de mapas decía que desde mi ubicación hasta Santa Elena (Monteverde) había poco más de 60 kilómetros. Pero también me decía que el trayecto en coche sería de más de 3 horas. Consulté con el camarero y efectivamente, los 65km que nos separaban de la conocida joya del bosque nuboso se traducían en casi 4 horas de un camino curvilíneo arriba de un autobús.

“Hasta allí es todo camino de montaña y las carreteras no están buenas”, me dijo el camarero mientras me traía la segunda taza de café.

Me sorprendió que el bus fuera de línea. Quiero decir, con asientos de plástico duro y que fácilmente se podría usar para el transporte urbano en una gran ciudad, como San José, Madrid o Buenos Aires. De hecho, cualquier bus de la EMT (España) o incluso la línea 60 en Buenos Aires es más cómodo que ese bus que trepa a duras penas las laderas de la Cordillera de Tilarán. En menos de 5 paradas todos los asientos estaban ocupados y los nuevos pasajeros se tuvieron que contentar con asirse fuerte de las barras del techo y hacer equilibrio en lo que a veces parecía una danza sincronizada con el entorno.

El paisaje pasó de ser marino y urbano, a ser cada vez más verde, montañoso y frío. Cerramos las ventanas que antes ayudaron a renovar el aire denso, salitroso y caliente. La lluvia empezó tras casi tres horas de viaje y no nos dejó por el resto del día. El chofer gritó “última parada” y al bajarme me encontré frente a un shopping mall de cemento gigante que me pareció fuera de  lugar, ¿no se suponía que esto era la tierra selvática cubierta por densas copas de árboles? Pregunté a un chico vestido con un traje de seguridad color mostaza por la zona de hostales y me indicó que tenía que cruzar un puente y la pequeña población de Santa Elena era todo hoteles, restaurantes y agencias. No me sería difícil encontrar alojamiento: hay uno al lado del otro. Pensé en Aguas Calientes, Perú, donde la pequeña población es, básicamente, un hotel de paso para quienes suben a la ciudadela Inca. En este caso, era una ciudad-hotel para visitar esos bosques tan vanagloriados por locales y extranjeros.

Para cuando encontré hostal, el cielo estaba oscuro, la lluvia se había vuelto más intensa y el frío me había calado los huesos. Me di una ducha caliente y, a falta de una chaqueta en condiciones, me vestí como cebolla con capas de ropa que iban desde camiseta de tirantes hasta jersey de lana. En la puerta de al lado vendían kebabs vegetarianos. Me compré uno para llevar y comí en la zona común del hostal donde conocí a una encantadora pareja de polacos. Ellos eran jóvenes, amaban la política y la historia y muchas de sus relfexiones eran sabias y profundas pero a mi criterio algo utópicas. Me sentí vieja. Recordé cuando yo también pensaba que podía cambiar el mundo… ¿o quizá aún puedo? Me encantó verlos tan enamorados, tan fascinados con el mundo y a la vez tan indignados con que repitéramos la historia y dañáramos el medioambiente. Ellos estaban en su luna de miel extendida. Tras la boda abandonaron sus trabajos para viajar durante unos 8 meses en un periplo que había comenzado un tiempo atrás en México. Compartimos historias y anécdotas entre cafés y cigarrilos de pie y bajo la pequeña entrada del hostal.

Mi plan en Monteverde, como no podía ser de otra manera, era visitar una de las Reservas Biológicas de Bosque Nuboso. No sabía muy bien de qué iba eso de “bosque nuboso” pero sonaba a frío y mojado. En la zona de Monteverde, a diferencia del resto del páis, no hay parques naturales, sino que hay reservas privadas gestionadas de forma sostenible que poseen cerca del 2.5% de la biodiversidad mundial y un tercio de las especies de orquídeas del país. Hay varias reservas en Monteverde, a saber: Reserva de Monteverde, Reserva de Santa Elena, Reserva Curi-Cancha o el Bosque Eterno de los Niños.

Entre todas estas opciones y bajo una ignorancia máxima (todas las descripciones me parecían similares y ni siquiera conocía alguna de las variedades de plantas o animales que prometían que nos encontraríamos a nuestro paso) me decanté por la visita clásica que ofrecía la agencia Ocotea que incluía una caminata guiada durante la mañana por el Bosque Nuboso de Monteverde. La elección fue basada en un par de datos duros: para los mismos Ticos este bosque era una de sus maravillas naturales e incluso la National Geographic la describió en su momento como la joya de los bosques nubosos del mundo, ¿cómo podía resistirme? Sin embargo, después de conocer las experiencias de mis compañeros polacos y otros viajeros me arrepentí de no haber elegido la visita nocturna para ver hongos luminosos. Pero bueno, con la mañana encapotada y muy fresca, me dirigí en una pequeña minivan privada de la agencia hasta la entrada al Parque. Allí los guardaparques te cuentan que este bosque nuboso es una zona subtropical de montaña que por las condiciones climáticas suelen estar siempre húmedos, y por ello siempre cubiertos de niebla (de ahí que sea un bosque “nuboso”). Esto hace que el ecosistema sea diferente al de otras zonas, con una vegetación densa y mucho musgo.

Para qué negarlo, yo sería incapaz de diferenciar un bosque nuboso de una selva tropical, un cactus de un helecho frondoso y, entre tanto follaje, apenas distingo un animal: ya sea bicho palo, bicho hoja (cuyo camuflaje es perfecto) o una lechuza. A lo largo de los siglos muchos animales que hoy habitan nuestro planeta en general y este bosque en particular- han sabido adaptar sus cuerpos al entorno para pasar lo mas desapercibidos posible para engañar a los depredadores. Pero aunque todo esto parezca incompatible con recorrer parques naturales y reservas biológicas, no me canso de intentar aprender –y retener- algo de lo que percibo. Espero siempre sorprenderme y que esa sensación viva luego conmigo, aunque luego sea incapaz de decir si el árbol que vi era un pino o un Podocarpus monteverdeensis. Según me contó luego el guía, esta reserva tiene más de 2.500 tipos de plantas, más de 400 especies de aves, casi 500 tipos de mariposas o  más de 100 especies de mamíferos (entre ellos el jaguar).

Nos adentramos en el bosque en un grupo reducido de 6 personas más el guía local. Él hablaba de cada planta con el mismo cariño que un padre habla de sus hijos. Conoce cada árbol, cada flor, cada yuyo. Los quiere y los mima. También sabe mucho de aves e intenta encontrarlas con su telescopio entre el follaje verde. Cuando encuentra algún ave “difícil” se entusiasma y nos apresura hasta la lente del telescopio para que lo admiremos. Él sonríe con orgullo, pero se lamenta por no encontrar “la figurita más codiciada por todos: el quetzal”. Nos cuenta que la reserva privada de Monteverde fue creada en 1972, y que es un ejemplo de gestión sostenible. En nuestro recorrido por un sendero perfectamente señalizado visitamos lo que se conoce como “La Ventana”, que es un mirador natural espectacular a 1600msnm y luego bajamos hasta un puente colgante color rojo que dejaba las copas de los árboles casi a la altura de mis ojos y terminamos en una cascada. Durante el camino nos dio más detalles sobre la zona y nos contó que Monteverde fue fundada por los cuáqueros que migraron en los años 50s desde Norteamérica. Ellos fueron quienes educaron a la comunidad local en el cuidado del medioambiente y fueron ellos quienes crearon una fábrica de quesos en la zona –que años más tarde vendieron por una millonada-.

En Monteverde –y me animo a decir que en el resto del planeta- no hace falta entender ni saber de árboles, plantas o ecosistemas específicos para disfrutarlos, basta con sentir el latido de la naturaleza. Basta con cerrar los ojos y centrarte en tus otros sentidos: el olfato, el oído y el tacto (con cuidado, no vaya a ser cosa que toques una especie envenenada). La energía dentro de un bosque nuboso es intensa y te abraza y te atraviesa. No es necesario que sepas que la orquídea delante de ti es de una especia o de otra, basta con que disfrutes sus colores y la belleza de las delicadas líneas que la forman. A pesar de que pudimos divisar algunas aves, no hemos visto grandes animales ni nada que me sorprendiera mucho, por eso lamenté no haberme apuntado al tour nocturno (en parte por mi miedo a la oscuridad) para conocer otras facetas del bosque y admirar por primera vez hongos luminosos, pero el bosque me abrazó y yo me entregué por completo.

No vi muchos animales -excepto unas pocas aves de lejos-, pero la selva siempre te limpia la energía, te la renueva y te escupe a la ciudad totalmente renovado. Disfruté de cada minuto de ese “paseo por las nubes” entre árboles, musgo y flores que no sé diferenciar ni mencionar sus nombres. No necesito saber su nombre para quererla y cuidarla.

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