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Panamá City… la ciudad que quería ser América

– ¿A qué vas a Panamá City?
– A conocerla
– Mejor vete a Santa Catalina, Boquete o a Bocas. La city no tiene nada
– Necesito un hospital
– Ah, entonces sí

Esta fue la conversación -casi idéntica- que tuve con cuatro personas cuando dejé atrás el Big Fish 2 en Puerto Lindo, tras mi aventura caribeña por el archipiélago de San Blas.

Dos colectivos me llevaron hasta Albrook, una de las estaciones centrales de autobuses de Ciudad de Panamá. No iba sola. Lisa, mi compañera de camarote y cama en el velero, venía conmigo. La ciudad nos recibía con una tormenta torrencial y decidimos almorzar en la terminal para hacer tiempo y ver si el diluvio mermaba.

La terminal era inmensa, impoluta y con cierto aire a las terminales norteamericanas. Si no fuera porque todos hablaban español y en las tiendas de comida vendían sanocho o guandú podríamos haber estado en Miami. La tormenta no cesaba y aprovechamos para hacer los trámites típicos de cuando llegas a un nuevo país: comprar un chip para el teléfono y así tener acceso a internet, buscar el punto de información turística para que nos orientaran con mapas e incluso averiguamos sobre la red de transporte público.

Cuando la lluvia por fin paró, dejó un manto gris en el cielo que se reflejaba en los altos edificios espejados y convertía a toda la ciudad en una mole gris.

En el hotel Mona Lisa – Perdón que la foto esté tan borrosa… pero es la única que tengo!

Nos tomamos un bus que nos dejó a 200 metros del Hostal Mona Lisa PTY, en uno de los barrios exclusivos y modernos de la city panameña (Bellavista/Marbella). Allí nos esperaba Miris, la dueña del hostal, que estaba al tanto de mi pequeño accidente en el velero. Antes incluso de saludarla le rogamos que nos enseñara los baños y nos dejara ducharnos. Llevábamos casi una semana sin agua dulce. Si, las “duchas” en los veleros son EN el mar. Si, como lo leeis. No son “con agua salada”, sino directamente en el mar Caribe.

Creo que fue la ducha más larga de mi vida. Necesitaba quitarme 7 días de sol, sudor, protector solar y sal de la piel.

Lo siguiente fue contactar con mi seguro de viaje y concertar una cita en el hospital. Necesitaba verificar que el accidente en el velero no había generado daños internos. Además el dolor era insoportable y claramente necesitaba medicina.

Miris me llevó al hospital junto con Lisa, mi compañera de aventuras. Me pesaron, me midieron y me dieron rayos X. “No se ve fractura, es más bien una fisura. Crema analgésica, medicina para tolerar el dolor y reposo absoluto mínimo 15 días”. Vale. Eso no iba a ocurrir, pero si podía bajar el ritmo de viaje, pensé. El médico me leyó el pensamiento y agregó: “no vas a dejar de viajar, no?”. “Un poco”, le mentí.

Esperando a que me lleven a los Rayos X

Reposo hice. Esa tarde y noche. Al día siguiente salí a recorrer la zona antigua de Panamá. El casco antiguo es, en realidad, una reconstrucción a 10km del centro original que fue destruido por el corsario Henry Morgan en 1673.

Varias cosas me llamaron la atención, pero puedo destacar dos: la primera es que gran parte de la ciudad está aún sin rehabilitar y se ven fachadas sin contenido. Mantienen como pueden la estructura frontal pero por detrás no hay nada. Una metáfora de lo que me pareció la ciudad: pura apariencia (norteamericana). Por otro lado, las casas rehabilitadas tiene un look “americano” y con banderitas nacionales (mismos colores de la bandera de Estados Unidos de Norteamérica) colgadas de sus ventanas y balcones que en vez de dotarla de identidad, le restan personalidad. A lo largo de los días que pasé en la capital pude comprobar que realmente su ambición era “SER” EE.UU. Con sus avenidas anchas, sus rascacielos, sus shoppings, sus taxis amarillos, su ostentación y su falta de interés en el pasado con un énfasis en levantar rascacielos y que todo parezca moderno, lujoso… y americano.

Otra de las cosas que me llamó la atención del casco antiguo fue el suelo de ladrillo rojo. Un policía nos advirtió: “mientras estén sobre suelo rojo, estáis seguras. Si salís de aquí no os podemos garantizar vuestra seguridad”. Ya nos habían dicho que Panamá City no era la ciudad más segura de Centroamérica… y algo ya habíamos notado, sobre todo cuando nos bajamos una parada antes del centro y tuvimos que atravesar un barrio “difícil”.

El casco antiguo tiene algo de encanto, con sus casas coloniales, sus iglesias y plazas… y sobre todo por su mirador hacia el skyline moderno de rascacielos en el distrito financiero y la calzada Amador que une las 4 pequeñas islas con la zona contienental. Cuando decidimos ir a “Panamá Viejo”, la ciudad original de la que ahora sólo quedan vestigios, el cielo se encapotó y comenzó a diluviar como si no hubiera un mañana. Con Lisa nos refugiamos bajo un techo de una casa que hacía esquina y vaya sorpresa nos dimos cuando nos dimos cuenta de que los 3 chicos que estaban en la vereda de enfrente, también parados bajo un techo, ¡eran los pasajeros del “victory”! (Si quieres saber más sobre el Victory, lee mi entrada sobre San Blas)

Esperamos más de 15 minutos y al notar que la lluvia no tenía pinta de parar, nos metimos todos en un bar. Esas horas agazapados en una esquina de la terraza cubierta de un bar nos permitió conocernos más y que nos contaran todo sobre su experiencia en el Caribe. Había sido tan épica como la nuestra, pero un poco más accidentada.

Foto malas si las hay, pero la única testigo de ese encuentro!

Al día siguiente mis costillas seguían doloridas, pero aún así no me quería perder una visita a una de las obras de ingeniería mas imponentes del mundo… ¡el canal de Panamá! Así que fuimos, sin prisa, para visitar el centro Miraflores y ver desde las esclusas ese canal transoceánico que marcó un antes y un después en el comercio internacional. Qué les puedo decir… es un canal. Lo ves y dices: “ah… muy bien. ¿Nos vamos?”. Quizá yo no sé apreciar el trabajo destrás de ese canal, pero como “atracción turística” no me pareció nada del otro mundo. Ni de este.

Canal de Panamá via Shutterstock

Aunque Panamá City ofrecía otras actividades, como el cerro Ancón, el Parque Metropolitano o incluso ir a las islas frente a la costa panameña, mis costillas me pedían reposo. Así que descansé un par de días en el hotel, donde me trataron como a una hija y me sentí mimada como en casa, antes de irme a Santa Catalina, en la costa Pacífica de Panamá.

Un descanso en el recorrido para aliviar el dolor de costillas

La capital panameña creo que tiene el potencial de ser muy bonita si deja de intentar ser un reflejo fiel de Miami. Creo que con su historia, sus parques metropolitanos, sus costas y casco viejo podría ser única. Ahora es sólo una imitación barata del país del norte.

Cartel de Panamá via Shutterstock

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2 pensamientos sobre “Panamá City… la ciudad que quería ser América

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