Sinmapa

Una zombie en Quito

El soroche me mantuvo en un estado de intoxicación que me hizo vivir la capital ecuatoriana como si de una ensoñación se tratase. Pasé por Quito como quien pasa del quinto al sexto bar una noche de sábado alocada: todo muy confuso, borroso y los recuerdos que permanecen en mi cerebro se asemejan a una resaca. ¿Lo viví o lo soñé?

Quito

Al llegar a Quito el viernes por la tarde me pareció raro ver las calles desiertas. El chico que conducía el transfer del aeropuerto antiguo a mi hotel me comentó que la gente suele “guardarse cuando oscurece por la inseguridad”; y añadió: “a menos que sean jóvenes y salgan de fiesta por la Mariscal, pero entonces van en taxi o coche”. Esos primeros minutos en el país me dieron un pantallazo general de la situación. Pero yo estaba demasiado agotada para preocuparme por la inseguridad en la capital. Solo quería llegar al hotel y dormir.

Me alojé en un hostal de medio pelo detrás del parque de la Alameda, a caballete entre el centro histórico y la Mariscal. O, lo que es lo mismo: entre la evidencia tangible del colonialismo español en forma de arquitectura y la zona con más marcha de la capital.

Iglesia en Quito

Me pareció una buena idea comenzar mi experiencia en Quito de la mano de un guía local que ofrecía tours gratuitos a pie por el casco antiguo. Quería a alguien que desde el primer momento de mi estancia en la elevadísima capital sudamericana me diera consejos del tipo: “No subáis al panecillo a pie, porque como la policía se concentra en la cima, los ladrones atacan a los turistas en el camino” y acompañó su consejo con una cara de resignación. Esta es la clase de información útil que una necesita: conocimiento local de las zonas seguras e inseguras!

quito tradiciones bailes

Nos debe haber visto con cara de hambre a los 17 turistas recién aterrizados, porque comenzó el recorrido por el mercado central: zumos, frutas típicas, flores, comida local y café… bullicioso y muy económico, se ubica muy cerca de los bordes del centro histórico.

Después de enterarme que aparentemente los ecuatorianos le ponen azúcar a prácticamente todo, avanzamos hacia la zona colonial que es la mejor conservada en América y su arquitectura data del siglo XVI.

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El guía, con toda la simpatía que se puede tener sabiendo que de ella dependen sus propinas, nos llevó por las callejuelas de la zona, mostrándonos los monasterios, iglesias (como las de San Francisco, Santo Domingo, La Catedral y San Agustín), conventos y plazas (que algunas están realizadas con material volcánico) y sus explicaciones sonaban en mi cabeza dolorida y mi cuerpo apunado como: “Quitwoooo prooouuuuviiiieeeeneee deeeeuuuu waaaaawaaaaaawaaa waaaaa waaaaaa”. Cada tanto llegaba a tomar algún apunte para no olvidarme de detalles interesantes como por ejemplo que Quito fue la segunda capital del Imperio Inca hasta que en diciembre de 1534 fue conquistada por los españoles y que su nombre, según la teoría más aceptada, proviene de las lenguas “tsa fiki” y “cha fiki”, en las que “Qui” significa mitad y “To” significa tierra, por lo que Quito se traduce como: “Tierra de la mitad del mundo”.

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En el grupo del tour había dos chicas argentinas (¡estamos en todos lados!) que, para alegría mía, habían llevado mate!!! Justo lo que necesitaba para resucitar de mi estado de embriaguez mental por apunamiento. Mate en mano, continuamos el tour por la Ronda (la zona más bohemia de Quito), vistas al panecillo y poco más. Unas excelentes 4 horas… si pudiera recordar al menos un cuarto de lo que me contaron.

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Como en toda gran metropoli, hay que estar alertas porque los “amigos de lo ajeno” son muy listos y están atentos… mientras tu deambulas como zombie por el centro histórico intentando coordinar tus miembros. Yo quería apurar el día para sacarle provecho antes de que bajara el sol y tuviera que “guardarme” por consejo de: el conductor del transfer, una mujer que conocí en el autobús del aeropuerto nuevo al viejo, el recepcionista del hotel, el guía, las personas que conocí en el hostal desde donde salía el tour y por la camarera del bar donde almorcé. Así que me uní a otros turistas que iban a recorrer un poco más la ciudad para descubrir los encantos de Quito junto a ellos, antes de esconderme del anochecer.

Todo el día me arrastré de una punta a otra de la ciudad, retando a mi cuerpo y poniéndolo a prueba… tenía que sobrevivir a Quito para asegurarme que luego podría disfrutar del volcán Quilotoa o de ciudades como La Paz en Bolivia.

Trabajando aplicaciones en oro en Quito

El resto de mis días en Quito fueron bastante similares: increíbles vistas a las laderas que enmarcan la capital, llenas de casitas de colores que parecían incrustaciones sobre un manto verde, el modernoso barrio de la Mariscal, las vistas desde el panecillo… y todo esto bajo los efectos narcóticos de la falta de oxígeno que me hace pensar que no lo viví, sino que lo soñé.

Sin embargo, el único recuerdo nítido que tengo es el de los cientos, sino miles, de vendedores ambulantes. Pero no me sorprendió la cantidad, sino los productos que ofrecían: todo aquello que sea suceptible de ser transportado en los hombros, se vende en las calles de Quito: desde bolsos, helado, caramelos y maiz hasta chaquetas, menaje de cocina, ropa para perros, calzado, zumos, frutas, hamacas, sillas plegables, maquillaje…

vistas de QuitoAl tercer día puse fin al pendoneo sin sentido y decidí viajar al norte, a la tranquila ciudad de Otavalo… pero eso os lo cuento en otro post.

 

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