Actualizado el 20 marzo 2026
Abrir los ojos, recuperar la consciencia perdida en un sueño y darte cuenta que pasarás otro día en el paraíso terrenal es, sencillamente, impagable. Lo que no sabía en ese momento era que horas más tarde estaría temiendo por mi vida… ¡dos veces!

Esas milésimas de segundo al despertar en las que reaccionas y te das cuenta de que no estás «soñando despierta -ni dormida-» sino que tu sueño se ha vuelto una palpable realidad es una de las mayores satisfacciones que una puede sentir.
Casi instintivamente una sonrisa se dibuja en mi cara. No hay pereza que valga cuando sabes que lo que te espera fuera de esa habitación, a kilómetros y kilómetros de tu «casa», es el horizonte (¿cuándo fue la última vez que has visto la linea del horizonte?) agua cristalina, arenas blancas, un sol radiante, nuevas experiencias, nuevas aventuras, tiempos sin prisas.
Ya era viernes, pero ese día de la semana antes deseado y esperado, ahora pasaba inadvertido. Llevaba semanas sin saber en qué día vivía y ese sentimiento de no saber bien el mes, día, fecha o incluso la hora en la que vives te permite experimentar el tiempo de una manera diferente.
«Perder» el reloj y el calendario te concede la posibilidad de sentir la libertad, embriagarte en esa sensación única (pero cuidado, ¡¡se puede volver un verdadero vicio!!). Cuando luego tienes que bajar de tu nube y por ejemplo debes reservar vuelos, te das cuenta que tienes que tener presente las fechas y esto lo recibes como una bofetada y te preguntas… ¿en serio tengo que guiarme por el calendario del resto del mortales?
¿Acaso no puedo calcular los días por los sitios que he descubierto, las playas en las que me he bañado o las cenas deliciosas que he degustado? Y si, en algún punto hay que volver al calendario civilizado de semanas de 7 días y días de 24 horas. Pero no está mal, tarde o temprano todos caemos en esa estructura espacio/temporal que nos encuadra y nos marca el ritmo.
Esa mañana nos fuimos a descubrir Gili MENO, la menor de las Islas Gili. Nos tomamos un barco pequeñito que demoró unos 20 minutos en llevarnos hasta allí. Brisa en el cuerpo, sol como plomo en nuestros hombros y caras, vistas dignas de postal… agua transparente y cálida tan tentadora que te dan ganas de decirle al chico que maneja la embarcación que se detenga unos minutos que te darás un chapuzón!

Al llegar al puerto caminamos unos 15 minutos hasta encontrar una playa solitaria, con muchos corales y piedras en la entrada al mar, lo que sería genial para hacersnorkel.
Nos tumbamos en la arena y nos dejamos atrapar por el momento. Cuando el sol ya abrasaba la piel, Katie y yo nos fuimos a explorar la vida “submarina”. Seguramente muchos de vosotros sabéis a esta altura que soy un poco claustrofóbica y le tengo mucho respeto al mar.
Estar bajo el agua respirando por un tubito no es lo mío, pero la fauna y flora acuática de la zona bien valían la pena el esfuerzo y sacrificio! Después de todo, ¿qué peligro podría acarrear nadar unos pocos metros haciendo snorkel?
Los primeros 200 metros de entrada al mar eran bastante superficiales, la distancia entre el «fondo» y la superficie del agua era la mínima necesaria para flotar, no rasparse la panza con los corales y aún así ver los peces de colores y los caracoles. Cada tanto, en algún banco de arena nos parábamos para compartir lo visto y aprovechar para respirar por la nariz y la boca.
Cuando ya estábamos bastante alejadas de la costa, me quise incorporar y… ¡ouch! ¡DOLOR! No sabía qué había pasado, solo sentí un dolor intenso en mi mano izquierda y al mirármela encontré cerca de diez pequeños «puntos/¿picaduras?» de color negro que liberaban un líquido oscuro que se extendía a gran velocidad bajo la piel… ¿veneno? ¿estaba por morir envenenada? PÁNICO.
Llamé a viva voz a Katie, le señalé mi mano y sin pensármelo dos veces me calcé la máscara y a toda velocidad, o la mayor velocidad que conseguí alcanzar con mis conocimientos básicos de natación, me dirigí a la orilla. Mientras «nadaba» lo único que podía ver y en lo único en lo que podía centrarme era en cómo la mancha negra se iba extendiendo bajo la piel y el dolor se volvía más intenso.

Hipocondríaca y exagerada como soy pensé que tendrían que amputarme esos dedos o peor aún, si no llegábamos pronto a un hospital tendrían que amputarme la mano ¡o el brazo! Esos minutos que me separaban de la orilla parecían interminables.Pensé que moriría en esa isla.
Mientras hiperventilaba a la par que pataleaba en el agua como una loca, recordé que no había hospital ni centro sanitario en esa isla… ¡voy a morir!
Salí del agua con el brazo en alto. Katie, que había llegado antes a la orilla y había advertido al resto de mis compañeros de lo sucedido, ya había contactado con un pescador local que me examinó la mano, sonrió y pidió a su hija que le trajera un pedazo de coral.
El pescador señaló mi mano y sentenció: «erizo de mar». Si, me había apoyado en unerizo de mar!!(exactamente igualito al de la foto de la izquierda).Yo tengo otra versión del hecho: el erizo me atacó impunemente, porque no recuerdo haberlo visto ni haberlo amenazado en ningún momento. Se me habían incrustado sus púas en los dedos y en la palma de la mano.
El hombre agarró el coral que le trajo su hija en una mano, tomó con fuerza mi mano herida en la otra, me miró fijamente a los ojos y me dijo:“esto te va a doler muchísimo, pero en media hora estarás como nueva”.

Si pensaba que eso iba a reconfortarme se equivocaba, pero no tenía mas opción. El hombre comenzó a golpear con el coral sobre cada una de las espinas clavadas en mis dedos, hasta hacerme sangrar y así extraer el veneno. Katie, Bekki y Martin, fieles a mi lado, me contenían .
Diez minutos después el hombre había acabado de «martillar» mi mano, erradicando así el posible riesgo de infección -y mis ganas de hacer snorkel por los próximos 20 años-. Los chicos, que ya me conocían algo, sabían quela comida podía ayudar a que me recompusiera.
Un plato de Nasi Goreng conforta a cualquiera. Le contamos la anécdota al camarero, otro chico local que nació sabiendo nadar, pescar, hacer snorkel y sanar heridas de erizo de mar y le mostré mi mano. El chico reconfirmó lo que mi salvadorme había dicho: en un rato se me pasaría el dolor y el color violeta que teñía mi mano desaparecería.
Fuera de peligro y con las energías renovadas después del almuerzo recorrimos el interior de la isla, atravesándola a lo ancho. En el interior se pueden ver las casas de la gente que vive allí, todas casas bajas, de una única planta realizadas en materiales que la tierra misma les proporciona: madera, bambú, hojas de palmeras.
Cada familia posee gallinas, gallos, perros, gatos, algunos tienen cabras y hasta cerdos que conviven en armonía hasta que son sacrificados para convertirse en alimento. Las casas están dispersas y rodeadas de vegetación salvaje y pura.

Muchos niños nos miraban como si fuéramos alienígenas recién llegados a la tierra; supongo que no ven muchos occidentales «rojos por el sol» caminando por allí. La mayoría de la gente que visita la isla se queda en la playa y no se sumergen en lo profundo de la isla.
Al llegar al mar otra vez, buscamos un punto no muy lejano al puerto, dado que nos quedaba poco tiempo antes de tomar el último bote público de vuelta a Gili T. Aprovechamos para bañarnos en el mar -con muchísimas precaución de no pisar un erizo-.
De repente -literalmente en cuestión de pocos minutos, una tormenta eléctrica hizo «desaparecer» de nuestra vista la isla de Lombok, normalmente visible desde donde nos encontrábamos.
Yo no quería asustar a nadie… pero claramente esos nubarrones poco a poco se acercarían a nosotros y nos «devorarían». Estábamos en un diminuto «pedacito de tierra» sobre el mar… una fuerte tormenta y estábamos todos -incluso los 500 habitantes de la isla- bajo agua!!! Respiré profundo y pensé: «que no cunda el pánico».
Poco después de perder de vista Lombok, desapareció de nuestra vista Gili Air… y luego Gili T. Teniendo en cuenta la situación meteorológica a nuestro alrededor, y que ya era evidente que la tormenta comenzaría a deglutirnos entre sus nubarrones plomo, no nos sorprendió que el chico de la embarcación nos dijera que esperaría un rato antes de salir, asegurando que «no era muy seguro» navegar en esas condiciones.
Ehhhh ejem, ejem… que un Indonesio te diga eso significa que realmente es peligroso el tema. ¿Por qué nadie estaba agarrándose la cabeza y corriendo en círculos al grito de: «vamos a morir todos»?
Nos refugiamos en uno de los chiringuitos que había cerca del puerto y nos pusimos a charlar con otros viajeros y turistas. Es interesante ver cómo, con el paso del tiempo, una se vuelve experta en el cuestionario del viajero. Son unas pocas preguntas introductorias que se repiten una y otra vez, viajero tras viajero:

– ¿De dónde eres? (una curiosidad: por lo general la ciudad natal y la de residencia no suele ser la misma… o al menos a esa conclusión he llegado después de mis últimos viajes. Será que quienes tenemos el «gen viajero» nos lleva incluso a despegarnos de esa ciudad natal para experimentar la rutina en otras ciudades?)
– ¿Hace mucho que estás aquí? (ciudad en la que te encuentras)
– ¿Hace cuánto que estás viajando?
– ¿Qué países has recorrido?
– ¿Cuánto tiempo más viajarás? y ¿A dónde vas luego?
Estas cinco preguntas básicas te abren un universo paralelo y fascinante de historias -simples o complejas- de sueños -alcanzados o aún por alcanzar- y vivencias que pueden derivar en una charla de muchas horas, incluso amistades más allá de las fronteras e incluso la posibilidad de seguir parte del viaje juntos.
De estas primeras cinco preguntas por lo general sacarás -y ofrecerás- consejos muy útiles para continuar el viaje y aprenderás de la experiencia del otro. Esa es la magia de viajar.

Mientras nosotros charlábamos de viajes y experiencias,los niños de la isla aprovechaban el agua de la lluvia para ducharse, dado que el agua de las duchas aquí es salada, por lo que después de una ducha una se sigue sintiendo tan sucia como cuando sale de darse un baño en el mar.
Una hora más tarde, el diluvio dio paso a una lluvia suave y nos invitaron a que subiéramos al bote. Por la tormenta muchos barcos programados para recoger, tanto a turistas como a locales, se cancelaron y estaba claro que tendríamos que agolparnos decenas de personas en minúsculos barcos.
Éramos muchos y nos agolpamos y atropellamos para subir ¡nadie quería quedarse en tierra con esa tormenta! (aunque yo tampoco quería ir al mar con esa tormenta!! Habéis escuchado la cantidad de naufragios que hay en la zona?! – PÁNICO).
Para completar la escena, al subir me resbalé y me corté el talón con un pedazo de madera, pero haciendo caso omiso al accidente y a la sangre que no paraba de brotar, me abrí paso hasta los asientos en la proa del bote, donde aún quedaba espacio porque esa zona no tenía techo y la lluvia no daba tregua. Minutos después la pequeña, sobrecargada e inestable embarcación zarpó y nos encaminamos a Gili T.

La embarcación no paraba de tambalearse y la lluvia se había vuelto muy densa, tanto que era imposible distinguir nada a mas de 2 metros. Yo no quería morir. Para distraerme un poco y no entrar en un bucle de ansiedad y pánico, me puse a charlar con Steve, un canadiense con quien me cruzaría luego otras 6 veces a lo largo del viaje por Asia, y con otra gente de la embarcación haciendo chistes sobre un posible futuro naufragio (recuerden: lo mejor en estas situaciones es hacer chistes sobre los que posiblemente puede llegar a ser trágico, de esa manera se relajan los músculos y una se lo pasa bien).
Tocar tierra firme 25 minutos más tarde nos alivió a todos y con mis compañeros de viaje corrimos por las calles completamente inundadas hasta nuestro hotel.
Al llegar a la entrada nos dimos cuenta que precisaríamos un bote para llegar a nuestra habitación, toda la entrada tenía agua que nos llegaba casi hasta media pierna (OK… a la gente de estatura normal le llegaría un poco mas arriba de los tobillos, pero ese no es el tema!)
«De perdidos al río», o como sea el dicho, como pudimos llegamos hasta nuestras habitaciones y nos dimos una ducha. Limpios y secos, nos sentamos en nuestros balconcitos para intercambiar fotos y esperar a que la arena de las calles absorbiera gran parte del agua caída para poder salir a cenar.

ÍNDICE DE CONTENIDOS
Datos prácticos para visitar Gili Meno
Gili Meno es la isla más tranquila de las tres Gili, y eso se nota en todo: menos alojamientos, menos restaurantes y también menos infraestructuras. Precisamente por eso conviene organizar bien algunos aspectos antes de llegar, porque aquí todo funciona a otro ritmo y con menos opciones que en Bali o incluso en Gili Trawangan.
Cómo llegar a Gili Meno
Llegar a Gili Meno es más fácil de lo que parece, pero requiere combinar transporte.
Desde Bali (la opción más habitual)
La forma más cómoda es en fast boat (barco rápido) desde Bali. Salen desde puertos como Padang Bai, Serangan o Sanur, y el trayecto dura entre 1,5 y 2,5 horas, dependiendo del punto de salida y el estado del mar.
- Desde Padang Bai: es la opción más común (unas 2 horas de trayecto).
- Desde Serangan (sur de Bali): más cómodo si estás en Canggu o Seminyak, pero más largo (hasta 4 horas).
Mi consejo: reserva con antelación en temporada alta (julio-agosto) y asegúrate de si incluye traslado desde tu alojamiento en Bali.
Desde Lombok (la opción más rápida y barata)
Si estás en Lombok, puedes ir al puerto de Bangsal y coger un barco local o lancha rápida. El trayecto es corto (unos 20-30 minutos) y mucho más económico.
Entre islas Gili
Moverte entre Gili Trawangan, Gili Air y Gili Meno es muy fácil. Hay barcos públicos y lanchas rápidas cada día, y el trayecto dura unos 10-15 minutos.
Alojamiento en Gili Meno
Aquí no hay grandes resorts ni cadenas internacionales. Lo que encontrarás son bungalows, pequeños hoteles boutique y alojamientos frente al mar.
Mi recomendación es que:
- reserves con antelación en temporada alta
- elijas bien la zona (lado este más tranquilo, oeste mejores atardeceres)
- priorices alojamientos con aire acondicionado (el calor y la humedad se notan)
Gili Meno es perfecta si buscas desconectar de verdad, pero no es la isla para ir sin reserva en agosto esperando encontrar algo bueno a última hora.
Seguro de viaje (muy importante en Indonesia)
Indonesia no es un destino donde viajar sin seguro. Entre traslados en barco, actividades acuáticas o cualquier imprevisto médico, merece muchísimo la pena llevarlo.
Yo siempre viajo con IATI y tienes 5% de descuento directo desde mi enlace.
Dinero: efectivo y tarjeta
Esto es clave en Gili Meno:
- No hay cajeros en la isla
- Muchos sitios NO aceptan tarjeta
- Los que aceptan, a veces tienen recargo
Lo mejor es llevar efectivo suficiente desde Bali o Lombok, porque cambiar dinero allí no es buena idea y las opciones son muy limitadas.
Qué llevar a Gili Meno
Aquí es donde se nota que no estás en Bali:
- Calzado cómodo (vas a moverte andando o en bici)
- Chanclas o escarpines (hay zonas con coral)
- Protector solar (importante, el sol pega fuerte)
- Repelente de mosquitos
- Linterna o móvil con batería (la iluminación nocturna es limitada en algunas zonas)
Y sobre todo: viaja ligero. En las Gili no hay coches ni motos, así que todo se mueve en bici o a pie.
2 comentarios
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