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Cabanas y la ecuación perfecta: mar, bosque y río

Los bosques encandilan, seducen, hechizan y atrapan. No necesariamente en ese orden. Hay algo en esos ambientes abiertos pero a la vez sellados por raíces y entramados de ramas contra el cielo que vibra con el latido de los miles de pequeños seres que allí habitan y que me emociona. El rumor del agua, el piar de algún ave, los indicios retumbantes de minúsculas formas de vida componen la banda sonora que me acompaña en todo momento. Un microclima que humedece mi piel y a la vez me mantiene fresca. Huele a tierra mojada.

La paleta de verdes que se despliega ante mis ojos es difícil de interpretar. Es ahí cuando entiendo que la palabra “verde” es simplificar todo un ecosistema milenario. Y de repente pienso que quizá sea eso lo que me tiene desde hace más de media hora sentada sobre esa piedra cubierta de musgo del Parque Natural Fragas do Eume. Frente a mi, un espectáculo natural se despliega y me absorbe. El verde en todas sus formas y expresiones le gana el papel protagónico a los restos de un molino y a un puente medieval. “Ese helecho es de la Era Terciaria”, me dice Edu. Me quedo pensando. ¡Eso es hace como 65 millones de años! ¡Estoy viendo algo de la época de la extinción de los dinosaurios!

***

Voy a hacerles una confesión: no soy de las que se pasan todo el verano tirada en una playa sin más. Me gusta la playa, pero en su justa medida: un chapuzón, vuelta y vuelta al sol, un poco de lectura y ya necesito hacer otra cosa fuera de ese contexto de protectores solares, sombrillas y arena pegada al cuerpo. Esa es la razón por la que me atraen tanto los destinos turísticos que me ofrecen un plus. Y lo cierto es que las armas de seducción de Cabanas, un pequeño enclave gallego, no son nada sutiles: además de sus playas, tiene un río y uno de los bosques atlánticos mejor conservados de Europa. ¡Esto promete!

 

CABANAS

 

Mi primer encuentro con Cabanas y todos sus atractivos fue una degustación lenta. Una carretera sinuosa. Una sugerente postal. Un primer reconocimiento a la distancia, una mirada desde el otro lado del puente antiguo. Luego fue un flirteo en penumbras con el sonido del mar acariciando el arenal. Una cata inicial de los sabores gallegos y una noche de sueño reparador para alimentar la expectativa.

Me senté en la terraza del hotel frente al mar con mi primer café del día. Los dioses estuvieron de mi lado y el sol brillaba con fuerza esa mañana en Cabanas, un pequeño municipio costero de la provincia de A Coruña que se articula acompañanado al río Eume hasta su desembocadura en la ría de Ares. El ritmo es pausado y el aire es limpio y salado. ¡Cómo 10 minutos pueden cambiarlo todo! –pensé. Ese es el tiempo que se tarda en llegar desde Ferrol a Cabanas y sin embargo todo es diferente: la silueta en el horizonte, el compás de las calles, el valle salpicado por casonas, la elocuencia del río Eume y ¡esa playa frente al pinar!

En las 7 parroquias de Cabanas viven cerca de 3.300 personas pero en verano ese número se triplica con los visitantes que se acercan atraídos por esa ecuación que hace de Cabanas un lugar perfecto: mar, bosque y río.

Lo que la noche anterior había sido pura sugerencia, esa mañana desplegaba frente a mi todos los encantos. Caminé, cruzando el espectacular pinar que locales y visitantes aprovechan para dar un paseo, hasta llegar a la playa de A Madalena de más de 1 kilómetro de largo y 50 metros de ancho. Sobre las 10 de la mañana eramos pocos los que estábamos allí pero me quedé observando los veleros y barquitas contra el horizonte un buen rato hasta que comenzó el goteo incesante de cuerpos secos que llegaban –sombrilla, toalla y protector solar en mano- para rehidratarse en el mar o en alguno de los muchos bares.

No es difícil ver por qué A Madalena está considerada una de las mejores playas de la Península con su arena fina y blanca, sus aguas tranquilas para el baño o para hacer deportes acuáticos o los chiringuitos que ostentan lo mejor de la gastronomía local. A Madalena es la más espectacular de las playas de Cabanas, pero no es la única. Encajonada en una costa acantilada se encuentra la pequeña playa de Chamoso que es ideal para quienes buscan un poco más de intimidad y menos ajetreo. O la playa Río Castro, que en sus 50 metros de largo te permite disfrutar del sol y del mar al cobijo de un trozo de muro que en algún momento fue el Muiño de Maret.

Un corto paseo por algunas de las calles de Cabanas -o acaso un recorrido en coche para disfrutar más el perfil ondulante- muestra indicios de su pasado megalítico, castreño y medieval: un cruceiro del s. XVII que señala el lugar hasta donde llegaba el puente antiguo sobre el Eume que mandó a construir Fernán Peréz de Andrade en 1384 y en su momento tuvo 68 arcos. En años sucesivos el puente fue restaurado y modificado hasta su última remodelación a finales del siglo XIX cuando quedó configurado con los 15 arcos que actualmente se pueden ver. Pero en el siglo XVII el puente poseía, además, dos torres, una capilla y un hospital para pobres y peregrinos. ¿Peregrinos? Si, el Camino Inglés pasa por la comarca del Eume y en los mismos barcos que llegaban soldados y comerciantes, también venían muchos ingleses, alemanes y nórdicos para completar su ruta hasta Santiago. A pesar de no ser el camino más popular, en diferentes puntos de Cabanas se puede ver indicado con una concha el camino que a día de hoy siguen realizando los peregrinos de todo el mundo.

El recorrido histórico también me llevó al Pazo de Cabanas o “Casa Grande de Rioboo” que data del siglo XVI o sus iglesias parroquiales, la de S. Martiño do Porto con su fachada barroca y la S. Andrés de Cabanas que aún conserva su campanario del siglo XVIII. Pero la historia de esta localidad se remonta al megalítico, con indicios de petroglíferos y dolmens que han sido encontrados en la zona aunque esos son más difíciles de ver porque -a pesar de estar catalogados- no están en exposición.

 

El sol ya está en lo alto y en el pantalán del Día Ocho niños y adultos se preparan para salir a hacer rutas de kayak y piragüismo por la ría de Ares. El entorno no puede ser más pintoresco: Cabanas de un lado, Puentedeume del otro y la ría que es la estrella indiscutida de la postal. Como no soy deportista, en vez de hacerlo a remo, yo me decanté por navegar en el Anduriño: un pequeño barco que hace una ruta por el Eume de cerca de 2 kilómetros río arriba adentrándose en las Fragas para obtener una perspectiva diferente del bosque. Fue en este momento en el que el reclamo turístico “A Fraga Feita Mar” (“La Fraga hecha mar”) cobró todo su sentido: el bosque se desliza sobre el valle, como una gran ola verde y mullida que se precipita en la ribera para convertirse en mar. En el Anduriño la sucesión de imágenes se graban en mis retinas, en mi mente… ¡y en la cámara!: paisajes frondosos que contrastan con la suavidad del río por el que hombres, mujeres y niños se pasean en canoas, kayaks e incluso algún atrevido hace ski acuático.

Pero como sin el sentido gustativo ninguna experiencia está completa, yo descubrí que Cabanas también entra por la boca y no importa si estás en un chiringuito de playa, como Los Pinares, o en un restaurante de categoría y manteles y servilletas de tela como La Solana. Los sabores gallegos se conjugan para crear pirotecnia gustativa y un despertar de la monotonía del paladar. Incluso para una vegetariana como yo, las opciones son muchas y exquisitas.

Cabanas me enseñó en este primer día sus playas, su historia, la ría y me dejó catar el Parque Natural Fragas do Eume por su vía fluvial. Ahora me quedaba adentrarme para descubrir la joya de la comarca por mi porpio pie.

 

FRAGAS DO EUME

 

Um dia quebrarei todas as pontes
Que ligam o meu ser, vivo e total
À agitação do mundo irreal
E calma subirei até às fontes.

Irei até às fontes onde mora
A plenitude, o límpido esplendor
Que me foi prometido em cada hora
E na face incompleta do amor.

Irei beber a luz e o amanhecer
Irei beber a voz dessa promessa
Que às vezes como um voo me atravessa
E nela cumprirei todo o meu ser.
(As fontes de Mafalda Arnauth)

 

Sentados en un bar frente al hotel La Sarga, ni Ali ni Edu ni yo apuramos el café porque el cielo estaba plomizo, llovía y sabíamos que necesitamos un poco de luz para tomar alguna foto que hiciera justicia a toda la paleta de verdes que se despliega en las Fragas.

En el lenguaje popular gallego “fraga” abarca varios tipos de bosques, pero todos ellos entran en la categoría de “bosque atlántico caducifolios” y el del Eume, con sus más de 9.000 hectáreas que siguen el curso del río, es uno de los mejores conservados de Europa. Se podría decir que gran parte de él es casi virgen y no son pocos los que al conocerlo piensan que allí habitan seres mitológicos. En su frondosidad destacan robles, hayedos, abedules, castaños, fresnos, alisos y avellanos que conviven en armonía con otras muchas especies y tejen contra el cielo laberintos de ramas que en algunas zonas apenas dejan pasar un rayo de sol.

Son cinco los ayuntamientos que a día de hoy comparten este parque natural creado en 1997: Cabanas, A Capela, Monfero, Pontedeume y As Pontes de García Rodríguez. Pero la zona fue poblada desde la Prehistoria cuando el megalitismo adquirío aquí proporciones no alcanzadas en ninguna otra parte de Europa y brilló durante la Edad Media. Y en algún momento de estos millones de años surgió “El Mito”:

“Cuenta la leyenda que Dios al crear los tres ríos que nacen en la sierra de O Xistral -Eume, Landro y Masma- les prometió que daría un hombre todos los años a quien llegase primero al mar.

Cansados por el camino, los tres ríos acordaron dormir y llegaron a un acuerdo: el primero que despertase avisaría a los otros dos para seguir el camino juntos. El primero se despertó y continuó el camino sin hacer ruido para no despertar a los demás. El segundo se despertó y dándose cuenta de lo hecho por el primero hizo lo mismo y dejó a Eume sólo.

Cuando se despertó el Eume vio que los otros ríos le habían traicionado y enfurecido marchó hacia el mar saltando por encima de lo que se puso en medio –valles y montes- llegando antes que los otros dos, que quedaron relegados a simples afluentes. Por eso el Eume es bravo y agreste y por eso también se lleva cada año la vida de un hombre, o se llevaba, antes de los embalses”.

A media mañana, con el cielo un poco más despejado, nos pusimos en marcha. El parque tiene una red de 5 rutas señalizadas que ayudan a descubrir las entrañas de las Fragas. Nosotros tomamos el Camino dos Encomendeiros que parte desde el centro de interpretación del Portal de Caaveiro. La estrecha carretera corre perpendicular al río y el bosque nos abraza con fuerza y es tan tupido que en muchos momentos no vemos el cielo: las ramas crearon un puente en el aire para abrazarse y crear una especie de túnel con más de 20 metros de altura.

Paramos en uno de los puentes colgantes –el llamado do Cal Grande- para caminar sobre el río y unir a pie las riberas. El rugir a esta altura aún es suave. El Eume no está enojado y sabiéndose ya victorioso parece disfrutar de su bajada al mar. En sus casi 100km de longitud y con el paso de los milenios fue labrando valles y hacia el final escavó un profundo cañón con escarpadas laderas de hasta 300 metros de desnivel que conservan el manto vegetal original que es hoy la seña de identidad de Fragas.

Aparcamos el coche al final de la carretera transitable del Parque. Cruzamos el Puente do Caaveiro y comenzamos un ascenso a pie por la espesura forestal que juega con las luces que se cuelan por las ramas. De repente se abre un claro y asoma un campanario. El corazón se acelera y siento como si hubiera encontrado un castillo misterioso en medio de un bosque encantado. A medida que me voy acercando se va descubriendo el cuerpo del Monasterio de San Xoán de Caaveiro, un antiguo cenobio con más de 10 siglos de historia y que preside desde su ubicación privilegiada esta joya natural de la comarca.

El mismo camino que me llevó al monasterio se vuelve sobre sí mismo para continuar paralelo al río Sesín. A medida que voy descendiendo noto como se estrecha el camino, se cierra más la vegetación. La luz velada por las copas de los árboles se cuela a duras penas y llega en forma de haz de luz aislada y resalta diferentes puntos que llaman mi atención: una roca, un arbusto, una caída de agua. La bruma sobre el río convierte el escenario en un lugar místico que invita a pensar en magia y en leyendas. Surgen hacia el final del camino los restos de un molino junto a un puente medieval de un gran arco. Decido ir a investigar más la vieja estructura del molino de la cual apenas queda una puerta, una ventana, un trozo de pared y dos viejas ruedas de piedra. A escasos metros discurre el río entre árboles milenarios y formaciones rocosas imposibles cubiertas en musgo. Allí es donde Edu me cuenta sobre los helechos de la Era Terciaria. Las Fragas do Eume son un salto en el tiempo que nos muestra con una fidelidad meticulosa cómo eran los bosques en el litoral gallego hace miles y miles de años.

Me siento en una de las piedras y absorbo todo lo que me rodea. Ese bosque es el que todos tenemos en la cabeza y con el que todos soñamos: espeso y místico… ¿habrá hadas y trasgos? Moví un par de hojas a mi alrededor y busqué en los recovecos de los troncos y las raíces elevadas de los árboles. No encontré ninguno. Pero sé que están allí.

Miramos la hora y ya llevamos más de 5 horas descubriendo las Fragas do Eume y el vuelo de regreso a Madrid no nos iba a esperar, así que muy a mi pesar emprendimos el regreso a Cabanas por donde habíamos venido.

 

***

Cabanas, a pesar de ser una localidad pequeña, sabe cómo conjugar todos los ingredientes con los que cuenta para obrar la magia y cautivar. Escenarios, aromas, sabores y experiencias que perdurarán en mi memoria. Así es Cabanas: persuasiva con su bosque atlántico, elocuente en su mar enmarcado en el gran pinar y entusiasta en su ría por la que navegar y disfrutar de deportes acuáticos. Cabanas tiene la ecuación perfecta y sabe utilizarla: mar, bosque y río para encadilar, seducir, hechizar y atrapar.

 

► Este viaje ha sido una iniciativa conjunta de la Universidad de Santiago de Compostela, y el Ayuntamiento de Cabanas que me invitaron a conocer este destino espectacular en Galicia. Gracias al Hotel Sarga por albergarnos las dos noches que estuvimos allí. Gracias a Chus y a su equipo del Chiringuito Los Pinares por la deliciosa comida y la atención de diez. Gracias al Hotel Iberia por los desayunos y al Restaurante La Solana por un magnífico almuerzo.

 

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