Sinmapa

Oda al café en el eje cafetero colombiano

Arábigo o robusto.

Colombiano, vietnamita, jamaicano, ecuatoriano, brasilero, nicaragüense, etíope, e incluso “recuperado” de la caca de una civeta –indonesio-.

De filtro, instantáneo, expreso, turco, de goteo…

Americano, corto, ristretto, con leche, lágrima, nube…

Si, estoy hablando de: CAFÉ (y se me iluminan los ojitos)

Este “vino de habichuela” por su expresión árabe “qahhwat al-bun” y del que deriva su nombre actual, proviene de Etiopía, donde la planta de la que procede se conoce como bunn o bunna.

En la actualidad se cultivan cerca de 7 millones de toneladas de granos de café al año y es una de las bebidas mas consumidas en el mundo. Iba a decir que algo que se produce y consume tanto no puede ser tan malo… hasta que me acordé de la cocaína y del tabaco. Corramos un tupido velo. Tengo más argumentos.

*Ahhhh suspira*

Café, elixir de vida para muchos, incluida esta servidora (quien bebe uno –el tercero del día- mientras escribe estas líneas).

Quien ama el café, lo ama con fidelidad y pasión. Sólo con su aroma –y por su aroma- medio mundo es capaz de levantarse de la cama cada mañana. Es parte intrínseca de muchas culturas, entre ellas la colombiana. No sólo porque es una fuente económica importante, también porque es parte de los rituales sociales diarios.

“Entre los muchos lujos de la mesa, el café puede ser considerado como uno de los más valiosos. El atisba la alegría sin intoxicación, y el placentero flujo de espíritus que ocasiona nunca es seguido de tristeza, languidez o debilidad”.

Benjamín Franklin

Obvio que hay tantos fans como opositores de esta bebida. De hecho, no falta quien publique estudios enalteciendo los beneficios de este líquido oscuro nacido en el corazón de África; así como tampoco faltan los detractores y sus estudios que demonizan cada gota de cafeína.

“Una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta…”

Rubén Darío

Para más inri, ya en sus comienzos y cuando lo introdujeron a nuevos países los grupos más “conservadores” se llevaban una mano a la cabeza y otra al pecho por los “efectos” que generaba beber esta pócima energizante. Se prohibió (o eso se intentó) en muchos países como en Egipto, Rusia o Alemania porque se creía que desarrollaba el espíritu crítico y liberal –una actitud que le complicaba la vida a políticos-. Hasta la iglesia se metió en el asunto, cuando algunos sacerdotes dijeron que era “una amarga invención de Satanás” e incluso el Papa Clemente VIII prohibió su ingesta porque, según él, representaba una amenaza de los infieles… pero poco duró la restricción.

Pero el café fue –y es- mucho más que una simple bebida. En torno a los cafés y cafetines se han ideado revoluciones, se ha tertuliado sobre política, economía, sociedad… se han comenzado y terminado grandes amores, se han confesado secretos y crímenes. Es una bebida social por naturaleza (a menos que sea el primero de la mañana, ese debería ser en silencio y, a ser posible, en solitario!).

“Frente a una taza con café se piensa, pero también se

discute, se recuerda o se argumenta. Frente a la taza con café se columbra,

se reflexiona, se sueña, se imagina, se escribe, se conversa, se enamora,

se seduce, se rompe, se reconcilia, se halaga, se sugiere, se invita…

Y el café, el misterioso café escucha, profetiza, atestigua, aconseja, da fe,

observa, asiente, se ruboriza…”

Gustavo Máynez Tenorio

Hay algo de nostálgico en el despertar diario, en las rutinas de mañana, en las expectativas del día.

Quisiera que el tiempo fuera estático y el café infinito. Sobretodo esos primeros minutos de la mañana en que uno confunde los sueños con la realidad y todo puede ser posible. Quisiera extender ese tiempo y esa sensación, que mi taza no se vaciara.

Tramontana

El café pisó suelo del continente americano en 1689, pero los cultivos tardaron en llegar a los países del sur. La primera plantación en Brasil data de 1727 con plantas “robadas” de la Guayana Francesa. Luego llegaron a Venezuela las semillas en 1784 y un año más tarde llegaron a Colombia a través de las Antillas francesas. Los primeros cultivos en la que ahora se llama “Eje Cafetero colombiano” llegaron en 1886 y ya para 1889 el café se consolidó como base de la economía regional y se forjó la cultura cafetera. Desde aquel entonces Colombia sabe a café.

A pesar de que existen varias regiones que producen café en América del Sur, Colombia y su concienzuda estrategia de marketing con la imagen del campesino paisa Juan Valdez logró posicionarse en el mapa cafetero del mundo. Y de ello hizo no sólo un negocio a exportar (porque debéis saber que el mejor café colombiano se exporta y la gente local bebe “café tinto”), sino también que crearon todo un negocio alrededor de sus cultivos, fincas y cultura cafetera en lo que se da a conocer hoy como el “Eje cafetero colombiano”.

Ese asimétrico triángulo de cafetales de ladera y montaña está compuesto por los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío –aunque para ser más exacta también incluye la región norte del Valle del Cauca y una parte del Tolima-. Las ciudades capitales de los tres primeros departamentos, a saber: Perira, Armenia y Manizales, encienden las cafeteras y el aroma inunda el país y te llama y te marca el camino hasta el mismísimo corazón de la zona cafetera del país.

¿Alguien dijo café?

Mi punto de entrada y primer contacto con el Eje Cafetero y su gente fue Calarcá. Los 285km que separan Bogotá de esta pequeña localidad se hacen en unas 8 horas. El autobús acelera para atravesar paisajes cada vez más verdes y yo soy testigo de microsegundos de las vidas ajenas que se cruzan: como la del niño acuclillado tipo sapito en el tejado de una casa, dos perros callejeros jugando al costado de la carretera, una vaca feliz bailando (?) –si, os lo juro, la vaca parecía bailar en el campo, una mujer barriendo una calle de tierra, un hombre con poncho y sombrero durmiendo a pata suelta en la caja de un camión aparcado a un lado del camino. Acá la vida parece tranquila y pausada.

Los viajes largos, especialmente si son de día y los paisajes son verdes, me llevan siempre a reflexiones trascendentales del tipo: ¿soy feliz? En esas estaba cuando de repente, por la ventanilla, vi un bar que se llamaba “LA FELIZ”. Lo tomé como una señal… ¿de qué? No sé. Pero sentí que el planeta y yo estábamos alineados.

Y así fue como me fui adentrando en este eje cafetero: desde la ventanilla del bus y siempre con ritmo de salsa o rumba. Llegué al hotel Karlaka, que era como una maqueta a escala de poblaciones del eje cafetero: cuidadas edificaciones de madera y pintadas de todos colores, rodeadas de mucha naturaleza, sumida en la más completa calma y sus trabajadores, todos paisas, eran pura cordialidad.

Pude reconfirmar esa cualidad “paisa” de amabilidad, generosidad y sociabilidad al visitar Filandia –sin la N-, en el departamento del Quindío. Al llegar me tomé un café en su plaza central, donde se concentran los edificios gubernamentales y muchos bares y negocios. La gente caminaba lento, se paraba a compartir un café con amigos o conocidos mientras otros se sentaban a disfrutar del tiempo como si este fuera eterno. Como dicen… “hay más tiempo que vida”.

Eje Cafetero colombiano - calles de salento

Luego di un paseo para disfrutar de sus coloridas casas y ese ritmo sosegado que caracteriza a la zona. Imaginense a qué punto llevan eso de ser “relajados” y vivir “sin prisas” que Pijao, un pueblo cercano dentro de la región, esta certificado como el primer pueblo “slow” de Colombia. Tengo entendido que quieren hacerlo extensible al resto del eje cafetero. No mas pruebas, su señoría. Caso cerrado.

Eje Cafetero colombiano - vista de salento

Otra de mis paradas clave en el recorrido por este paisaje cafetero fue Salento, el pueblo más conocido –turísticamente hablando- de la zona. Recuerdo el camino desde Calarcá hasta allí. Tres buses y casi 2 horas de recorrido. El último bus se desvió de la amplia y pavimentada carretera principal, y comenzó a circular por una carretera que parecía estrecharse por metros pero siempre se mantuvo rodeada de vegetación espesa. Sólo veía camino de montaña y me aferraba fuerte en las curvas mientras mi mente se perdía en la idea de estos pueblos coloridos en las montañas y estaba ansionsa por llegar a Salento.

¿Por qué tantas ganas de conocer Salento? Eh, además del café, podría resumirlo en que es verdaderamente precioso y su gente es extremadamente amable. Pero me voy a explayar un poco más. El bus me dejó cerca de la plaza central y yo caminé hasta La Floresta Hotel. Nada más llegar me esperaban con un café tinto y una sonrisa –las dos monedas corrientes de la zona-. Tras una doble inyección de cafeína salí para confirmar todo lo que había leído sobre esa pequeña localidad: sus calles apacibles y serenas y sus casas con puertas de colores que te invitan a fotografíar casi casa por casa… armando un puzzle del pueblo. La gente joven pasea por las calles mientras los mayores prefieren ver la vida pasar por la ventana o sentados en un banco.

Eje Cafetero colombiano - calles de salento

Salento será tranquilo pero eso no significa necesariamente aburrido. Llegué un domingo de un fin de semana festivo y las calles eran un hervidero de gente, con decenas de vendedores ambulantes ofreciendo arepas, obleas, platano con queso o café tinto. Los bares de la plaza central estaban llenos y había música en cada esquina. A lo largo de la calle real se paseaban familias y parejas de la mano y muchos subimos los 300 y pico de escalones hasta el mirador desde donde disfrutar de una vista panorámica de Salento.

Entré a uno de los bares más pintorescos, no el domingo, sino un martes laboral, cuando los paisas habían regresado al trabajo y el pueblo volvía a su ritmo pausado habitual. Me quedé hablando un buen rato con Alejandro, el barista, que me contó sobre Salento –un pueblo muy Macondeano, según él- sobre las características de los locales y las diferencias con el resto de los colombianos. Él es de ahí, “de toda la vida”, y me contó con algo de nostalgia lo mucho que había cambiado con el boom del turismo en este triángulo cultural cafetero.

No muy lejos de ahí –y tras una aventura de viaje, colgada de la parte posterior de un jeep- visité el impresionante Valle de Cocora, donde se pueden ver –y abrazar- las palmeras de cera, árbol nacional que estuvo a punto de la extinción, y adentrarte en un camino selvático de casi 6 horas para llegar luego a una cafetería y disfrutar de otro café tinto con vistas al valle.

Dejé para el último día la experiencia que llevaba esperando mucho tiempo: una visita a una hacienda tradicional cafetera. El paraíso para una ¿adicta? ¿fan? al café como yo. Poder aprender de expertos cafeteros todo el proceso de cultivo y producción de esta bebida me hacía plenamente feliz. Planté mi propia semilla en “arena de río” –me invitaron a que regresara en 3 años para ver mi cafeto!-, recolecté granos –como se hace en Colombia: a mano y con dedicación y esfuerzo-, molí otros tantos y me preparé un café… todo bajo la supervisión y las explicaciones de la guía.

 

Eje Cafetero colombiano - hacienda cafetera

Lamenté no tener más tiempo para dedicarle a esta zona… ya no era el café, sino los cafés junto a los personajes que hacen posible que esta cultura siga creciendo desde hace más de un siglo lo que me tentaban a quedarme. Pero el viaje tenía que seguir. Por suerte mi camino me llevaría a más ciudades colombianas, donde el café es como el aire que respiran. La Ruta del Café se salía del corazón cafetero, pero me iba a recorrer su alma: el resto de Colombia.

Eje Cafetero colombiano - calles de salento

📍¿Vas a viajar al Eje Cafetero? Entonces no te pierdas la completa y detallada Guía de Viaje que escribí sobre esta ruta del café en Colombia. Para acceder a la guía pincha aquí.

 

Foto de portada, mujer recogiendo los frutos de la planta del café via Shutterstock

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6 pensamientos sobre “Oda al café en el eje cafetero colombiano

  1. Paula

    Hola Vero, muy útil tu artículo, gracias! Estareemos allí en una semana. Me puedes decir el nombre de la hacienda a la que fuiste? Tiene muy buena pinta y no sabemos cómo elegir una.. gracias de nuevo!

  2. Javier Gamero castaño

    Hermosa tierra. ..llena del mejor café del mundo y de las personas más amables del país. . espero en enero del 2018 con la ayuda de Dios pasar unos días por alla… gracias.

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