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Una cita a ciegas en el aeropuerto

Tuve que ser fuerte y contenerme –mucho- para no hacer trampas. Dos días antes de la fecha señalada podría haber abierto un documento y desvelar todo el misterio. Con un click podría haber dejado expuestos todos los pormenores de mi gran cita… ¿pero qué gracia tendría?

Durante 48 horas refrené mis impulsos, convencida de que la sorpresa era una de las mejores partes de la experiencia. Hacerlo al límite. Correr el telón en el último minuto. Entregarme a una cita completamente a ciegas con un continente en un aeropuerto.

Mujer en el aeropuerto via Shutterstock

De mi cita sólo sabía dos cosas –de las que me había enterado 48 horas antes-: tenía que llevar paraguas y abrigo y debería presentarme en la terminal 1 el aeropuerto de Madrid Barajas a las 7.20h.

La noche anterior casi no pude dormir. La mente saltaba de Portugal a Alemania, de Francia a Italia, de Bélgica a Irlanda. ¿Cuál sería el elegido? Tenía mis predilecciones, pero no iba a confesarlo. Volví a mirar el reloj de mi móvil. Eran las 2.17h. ¿Habré colocado el paraguas en la mochila?. Volví a revisar el despertador para asegurarme que las 4 alarmas estuvieran bien puestas: 5:10h, 5:20h, 5.35h y 5.40h. Dejé el móvil en la mesita de noche, me cubrí con la manta hasta el cuello e intenté dormir.

Salté de la cama con la primera alarma del despertador. Caminé hasta la cocina y puse la cafetera al fuego. Busqué la ropa que había dejado preparada sobre la silla y me empecé a vestir con cierta torpeza. No soy chica de madrugones. El olor a café inundó la casa y yo me serví una taza. Negro, sin azúcar. Me senté, aún con los ojos entrecerrados y a medio vestir en la cama, y bebí un sorbo. Aún estaba demasiado caliente. Miré el reloj y ya eran las 5.30h.

¿Cómo es posible que los minutos por la mañana pasen tan rápido? (o yo sea tan lenta a esas inhóspitas horas).

Dejé el café a un lado y me terminé de vestir. Fui al baño a lavarme la cara y los dientes –aún sabiendo que seguiría bebiendo café, pero no había tiempo para esperas-. Me puse tapa-ojeras y una raya negra en el contorno de los ojos para que parecieran más abiertos. Le di un par de sorbos más al café –en el baño, porque la taza viene conmigo a donde vaya-. Guardé un jersey más en la mochila, la cerré, di un último sorbo de café y salí por la puerta.

La madrugada de esa primavera madrileña era gélida. Casi no me crucé con nadie en las 7 calles que caminé hasta la parada del bus 24h express al aeropuerto. Tuve suerte y no esperé más de 5 minutos. Sentada en ese bus amarillo volví a juguetear con la idea de mi cita a ciegas e imaginé las cualidades del elegido: la gastronomía, la cultura, el arte, la elegancia…

Llegué a Barajas a las 7.15h. Siempre fui una chica puntual. Estaba nerviosa, en el buen sentido de la palabra, y algo ansiosa. Miré la gran pantalla azul de letras blancas de “Salidas” y recorrí todos los destinos con la vista. ¿Cuál me estaría esperando a mi? ¿Cuál sería mi cita a ciegas?

Había llegado el momento de desvelar el gran misterio. El corazón empezó a latir fuerte y las manos se volvieron húmedas. Cogí el móvil, abrí la web de WowTrip, escribí mi correo electrónico y el código de reserva. Las manos me temblaban. Pinché en el recuadro que decía “¿Al límite?” y busqué el link que decía: “Descargar tarjeta de embarque ida”.

Y ahí apareció ese cuadrado azul con los datos de mi cita: la bella ¡OPORTO!

Automáticamente se me dibujó una sonrisa en la cara. No había querido decirlo antes, pero mis dos destinos predilectos -de los 20 que ofrecen en la web de la compañía- eran Dublín y Oporto. Y ahí estaba yo, a dos horas de embarcar para encontrarme con la ciudad a orillas del río Duero, con sus fachadas maquilladas por azulejos y su vino con la denominación de origen más antiguo del mundo.

Durante las dos horas previas al embarque aproveché también para descargarme la guía de viaje que me enviaron con todos los detalles y los highlights de la ciudad y buscar en el mapa el hotel que me habían reservado.

Oporto me recibió, contradiciendo el pronóstico del tiempo y estoy segura que sólo fue para seducirme– con un solazo y un cielo azul con pocas nubes. Miré al cielo y sonreí.

Gracias por recibirme así, con tu mejor cara y tu mejor sol” –pensé, pero no lo dije en voz alta porque aún estaba caminando desde el avión a la terminal.

A partir de ahí todo fue fácil, fluido, sencillo. Tomé el metro desde la terminal hasta la estación Trinidade. Caminé poco más de 200 metros y ya estaba en el hotel. Llegué demasiado pronto como para hacer el check in, así que dejé mi mochila y me fui a recorrer esa gran ciudad que me había tocado en suerte para mi cita del fin de semana.

Durante los tres días que caminé Oporto de punta a punta, bajo un paraguas o bajo el sol –porque me han tocado todos los climas posibles-, descubrí toda su belleza por fuera y por dentro.

La gente es amable y solidaria, como la chica que me acompañó a la estación del metro para asegurarse de que no me perdiera, o el del hombre mayor en el bar que me regaló un característico pastelito de nata cuando me pedí un café –y al entregármelo me cantó un pedacito de tango.

En sus calles empedradas y ondulanes se alzan exhibendo orgullosas las edificaciones de siglos pasados adornados con azulejos. La colorida zona de la ribera del Duero, con sus bares y restaurantes con especialidades de pescados, te invita a un paseo lento para saborear las vistas al Puente Luis I. Toda la ciudad te demuestra, sin muchas pretensiones pero sabiéndose interesante, que es hermosa. Y prueba de ello es que me quedé sin batería en la cámara ni espacio en el móvil de tantas fotos que tomé. Cada rincón es una historia y es historia.

Lo mejor de que fuera un destino sorpresa es que no generé ningún tipo de expectactiva. No me pasé varias horas -o días- navegando por decenas de páginas web para descubrir casi al detalle qué ver, qué hacer, qué recorrido es el mejor… No llegué a Oporto con una imagen totalmente estudiada y preconcebida. Al viajar así no hay manera de que el destino decepcione. No hay manera de que una no lo disfrute. Esa es la gracia y principal ventaja de un viaje sorpresa en un mundo hiperconectado, hiperinformado y al alcance de un click.

Oporto es todo lo que esperaba y mucho más.
La experiencia de la “cita a ciegas” en sí era todo lo que esperaba y mucho más.

Cuando tienes una cita a ciegas la gente (tus amigas y tu familia) te pregunta: ¿te gustó?, ¿lo pasaste bien?, ¿te hizo feliz?, ¿te divertiste?… y lo más importante: ¿repetirías? Y la respuesta a todo es un rotundo SI. Así, en mayúsculas y elevando la comisura de los labios.

 

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2 pensamientos sobre “Una cita a ciegas en el aeropuerto

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