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Una semana con vistas al mar: de crucero por las Islas Británicas

Me embarqué en un crucero de 5 días por las Islas Británicas con un recorrido muy parecido al que hizo el Titanic antes de chocar contra un iceberg, hundirse y convertirse en el naufragio más dramático e impactante de la historia –y luego ser inmortalizado en películas, exposiciones, libros y canciones-. Pero, por supuesto, no quería centrar mi mente en ello por no alimentar mis miedos y fobias. Aunque pensar en el trágico final del transatlántico -y la improbabilidad de que ocurriese de nuevo- quizá era una mejor opción que la de focalizar mi atención en el texto de David Foster Wallace  –“Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”– que me parecía gracioso pero no menos inquietante:

“No sé qué tal lo llevaría un claustrofóbico, pero para el agorafóbico un crucero presenta un buen número de atractivas opciones de encierro. El agorafóbico puede elegir entre no abandonar el barco, no salir de la cubierta en que está su camarote o evitar salir al aire libre y a las barandillas con bonitas vistas que hay a ambos lados de esa cubierta. O puede no salir nunca de su camarote”.

Y este aspecto que Foster Wallace plasma con tanta elocuencia formaba parte de mi triolgía personal de “excusas” por las que nunca antes me había planteado hacer un crucero. Primero por los prejuicios: “es caro, es para gente de la tercera edad y es aburrido”. En segundo lugar por mis miedos: “estaré ‘atrapada’ en una especie de ciudad-flotante en medio de la nada por varios días” (claustrofobia y algo de agorafobia). Por último, “es una forma de viajar que no me permite conocer bien los destinos”.

El Royal Princess en el puerto de Cobh

Decidí poner en tela de juicio mis ideas preconcebidas y mi aprensión y aceptar una invitación para viajar en el “Royal Princess” por las Islas Británicas. Al fin y al cabo hay que probar las cosas antes de juzgarlas, no? Así fue como me convertí en una crucerista primeriza.

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Era mi primera vez en el puerto de Southampton y entre todas las edificaciones ubicadas en el muelle tuve que mirar dos veces para entender que el “edificio blanco con balcones de vidrio tintados en azul” frente a mi era un crucero. Tuve que echar la cabeza hacia atrás y poner a prueba la flexibilidad de mi cuello para poder contemplar las colosales dimensiones de la embarcación que se convertiría en mi casa por los siguientes días.

Si por fuera el Royal Princess parecía un complejo hotelero de lujo típico de primera línea de playa, mi primer contacto con el interior no se quedó atrás: el finger improvisado (finger = ese túnel por el que accedes al crucero desde el muelle) me lanzó directamente al corazón del barco, “el atrium”: una especie de plaza en colores oro y bronce, con escaleras de caracol de cristal y una pomposidad que gritaba fuerte: “aquí te vamos a cuidar, a atender y estarás rodeada de lujo”.

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Lo primero que tuve que hacer al embarcar fue encontrar -en el laberinto de pasillos- el sitio donde dormiría las siguientes noches. Esta es una de las principales ventajas de viajar en crucero… ¡¡llevas el hotel a cuestas por el mundo!! Mi camarote (que no “habitación” ¡sería una profanación llamarlo así en un crucero!) estaba en la cubierta 12, era reducido pero muy confortable: una cama King size con mesitas de noche a cada lado, un televisor plano colgado de la pared con una oferta de entretenimiento que iba desde películas clásicas a los últimos éxitos en taquilla, un escritorio con una gran carpeta con explicaciones sobre las normas del barco -que no son pocas-  y los planos -muy necesarios para saber llegar a cada rincón-, un tocador, un perchero y el baño con plato de ducha.

Mi camarote

Pero sin lugar a dudas lo mejor del camarote era el balcón: un gran ventanal por el que asomarían Guernsey, Cobh, Dublín y, por supuesto, el infinito mar -aunque hubo tardes que mantuve las cortinas cerradas para evitar el horizonte-. Para alguien con claustrofobia y agorafobia pensarse confinada en una mole flotante no es tarea sencilla y mirar el mar desde la ventana es la evidencia inequívoca de que una se encuentra encerrada y aislada del resto del mundo… aunque esté en medio de él. Cosa rara la de las fobias, no? Menos mal que las actividades y entretenimiento a bordo eran tantos que fácilmente olvidaba que era un puntito blanco en un infinito azul, lejos de toda costa. Creo que los únicos momentos del día en los que no evité el balcón fueron por las mañanas. Algo que no sabía pero me hizo extremadamente feliz descubrir fue que, si quieres, te llevan el desayuno a tu habitación -lo que quieras a la hora que quieras-… ¡háblame de lujos!

El horizonte en mi balcón

Cada mañana Manuel -el siempre sonriente y bien predispuesto asistente de camarote- tocaba a mi puerta a la hora indicada por mi la noche anterior (ya sea a través de la aplicación móvil del crucero o a través de un papelito que colgaba en el picaporte del camarote) y, sin asustarse por mi cara de dormida, dejaba en mi escritorio la bandeja con un termo de café, croissants, zumo de naranja, frutas, panecillos y mermelada. Yo, con la bata blanca abrazándome y los rizos aún sin domar, me acomodaba en la silla del balcón y desayunaba sin prisa con vistas al horizonte. Mucha gente prefiere desayunar en los restaurantes, pero para mi las mañanas son tan íntimas y lentas que agradecí y amé tener la posibilidad de despertar a solas y a mi ritmo -café tras café- al vaivén del Atlántico.

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Por más grande que sea, un crucero no es ajeno al ritmo del todopoderoso mar. Desde que subes -e incluso tras bajar de él- te acompaña un bamboleo tenue pero constante que te mece por las noches hasta inducirte en un sueño profundo o te obliga a asirte a los pasamanos -o persona más cercana- cuando vas en cubierta de día. Tras unas horas de navegación una se acostumbra y hasta deja de notarlo. Otras, cuando el mar se pone un poco más peleón, la mecedura se vuelve enérgica y la biodramina siempre ayuda.

Cubiertas superiores del crucero

La primera comida fue en la cubierta 16, donde se ubica un gran buffete (que ojalá hubiera aprovechado más, pienso ahora con hambre). Cientos de opciones -incluso vegetarianas- llenaron mis ojos a la par que mi plato. “Esto se mueve mucho y aún ni hemos zarapado”, me comentó una de mis compañeras de viaje con un poco de preocupación. Yo tenía tanta hambre en ese momento que no hubiera notado ni un terremoto… pero lo cierto es que luego dedujimos que en las plantas cubiertas superiores el bamboleo se siente mucho más que en las inferiores, del mismo modo que en los laterales se acentúa el vaivén bastante más que si te quedas en el centro del barco. Ahí fue cuando comprendimos por qué durante la travesía -y en especial durante el mal clima del segundo día- muchos pasajeros experimentados se agolpaban en la cubierta 5.

La “Piazza”

Durante la comida se nos informó –a mi y al resto de periodistas y bloggers invitados- que era obligatorio hacer el simulacro de evacuación. Esto de ser novata y nunca haber leído sobre cruceros me llevó a imaginar un “desembarco de práctica, organizado y tranquilo” por si había que hacerlo de verdad en una emergencia -del mismo modo en que una lo hace en el trabajo de oficina con los simulacros de incendio-. Pero no, nada más lejos de la realidad. El simulacro consistió en una amena reunión en el “Muster Station” –que en la jerga crucerista significa “el punto de reunión o encuentro”- donde una entusiasta voz en off acompañada por los gestos y movimientos de la tripulación, cuales azafatas de avión, te enseñaba a colocarte el chaleco salvavidas y te explicaba el procedimiento a seguir en caso de emergencia. Otra de las cosas que no sabía y se nos informó fue que si en alguna de las escalas no llegabas a tiempo al barco… ¡te quedabas en tierra! Ahí recordé el caso de la anciana británica que tras perder su crucero nadó durante 4 horas para intentar alcanzarlo… ¿os imagináis? A mi lo que más me sorprendió de la noticia fue su buen estado físico. Yo sería incapaz de nadar 20 metros.

Foto: Princess Cruises

Martes 1 de mayo. 5.00 pm

Suena por megafonía la sintonía de “Vacaciones en el mar”, un pequeño guiño a la popular serie rodada en uno de los barcos de la compañía, y zarpamos. Con una mezcla de curiosidad y emoción dejamos atrás el puerto de Southampton. Quedaban por delante más de 17 horas de navegación hasta nuestra primera escala: Guernsey.

Tras el simulacro de evacuación y ya surcando las aguas del Canal de la Mancha, tenía un par de horas libres antes de la cena y las aproveché para intentar orientarme. En el centro de la cubierta 5 se encuentra la “Piazza” que es donde se llevan a cabo muchas de las actividades y entretenimiento a bordo como música en directo que muchos utilizan para lanzarse a la pista central y poner en práctica los pasos y coreografías aprendidas durante el año en las clases de baile o donde se dan clases de zumba y clases de pintura. Pero quienes no quieren formar parte de las actividades tienen otra opción: sentarse en los bares y restaurantes que rodean la piazza para beber y comer mientras observan y comentan todo lo que allí ocurre. Es en esta Piazza donde también se ubica el bar internacional abierto 24 horas –que pensé que era ideal por si me agarraba un antojo en medio de la noche-, el spa por si necesitaba relajar los músculos –aunque los masajes no están includios en el precio del crucero- y el restaurante Sabatini donde se come la mejor burrata del mundo.

Restaurante internacional  – Foto: Princess Cruises

En la cubierta 6 está el casino, una discoteca y el restaurante Alfredo’s con una pizza margarita para chuparse los dedos. En la cubierta 7 está el teatro donde disfruté de dos espectáculos musicales durante mis noches a bordo y de la cubierta 8 a la 16 están los camarotes –la cubierta 13 no existe por un tema de superstición- y cada “cubierta” tiene un nombre. La mía se llamaba “Aloha”.

Las cubiertas 17 a 19 son princialmente al aire libre y es allí donde se encuentra la piscina -que no pude utilizar porque el clima no lo permitió-, los jacuzzis, el gimnasio y áreas de deporte. Está todo organizado de manera tal que nunca falte qué hacer, qué ver y puedas llegar de forma fácil y casi intuitiva a casi cualquier lado –incluso con cero sentido de la orientación como el mío-.

Una copa con el capitán

Fue en la Piazza de la cubierta 5 donde la tercera noche el capitán dio su discurso de “bienvenida oficial” a los pasajeros, que estábamos perfectamente emperifollados y luciendo nuestras mejores galas para la ocasión. Tras sus palabras llegó el otro gran momento de la noche: la “cascada de champagne”. Se trata nada más y nada menos que de una torre de más de 19 pisos de copas (espero no estar rompiendo ninguna regla al decir que la torre de copas tenía “pisos”) a la que los pasajeros que lo desearan podían acercarse y con la ayuda de un maitre “servir” un poco de champagne. Yo me apunté al plan sin dudarlo.

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Miércoles 2 de mayo. 7.05 am

“Buenos días. Les habla el capitán del Royal Princess. La marea no nos permitirá atracar en Guernsey por lo que daremos la vuelta y seguiremos nuestro itinerario hasta Cobh, a donde llegaremos mañana por la mañana según estaba previsto” (versión resumida de lo que el capitán comunicó por altavoz a los 3.500 pasajeros y lo que yo llegué a entender porque estaba completamente dormida a esas horas).

Balcones de la “Piazza”

Estar a merced del mar significa que a veces no podrás desembarcar en el puerto y te verás obligada a pasar el día entero dentro de la embarcación. Pero no es para alarmarse, ellos lo tienen todo pensado. El crucero –al menos el Royal Princess- tiene el largo equivalente a 3 campos de fútbol o 6 piscinas olímpicas y tiene 66 metros de alto – 8 metros más que la Torre de Pisa- (distribuidos en 19 cubiertas). Es como un complejo hotelero ‘todo-inlcuido’ pero flotante en el que no hay tiempo de aburrirse ni de agobiarse. Para olvidar el encierro, y sobreponerme a mi reacción taquicárdica claustrofóbica, me fui a recorrer el barco y descubrí que además de los muchos bares y restaurantes que había visto el primer día, también tiene un salón de belleza, algunas tiendas, una mini-galería de arte, una biblioteca, una sala de juegos, un estudio de fotografía, una pista de baloncesto y las pistas para caminar o correr e incluso un mini golf. ¡Para cuando terminé de recorrer el barco entero ya casi era la hora de comer!

Clases de pintura y juegos en la Piazza

Pero tengo que admitir que mi actividad favorita (y creo que la de la mayoría de los cruceristas) durante mis horas a bordo era sentarme, café y algún pastelito en mano, y observar la vida dentro del cruero. Es cierto que la media de edad en este viaje en concreto no bajaba de los 70 años y que la máxima exaltación fue ver bailar con una destreza inaudita un vals vienés a dos octogenarios, pero durante los meses de julio y agosto el crucero se llena de familias, grupos de amigos y parejas que tras un año de duro trabajo se dan este homenaje: unos días de desconexión, relax, hedonismo máximo. Es que en un crucero –como en un hotel ‘todo incluido’- tus únicas preocupaciones serán decidir si cenas en uno u otro restaurante o si asistes por la noche al musical en el teatro o miras una película bajo las estrellas metida en un jacuzzi. Este tipo de viaje es netamente para descansar y olvidarte de cualquier preocupación.

“El crucero ES el viaje, es EL destino”

El casino del Royal Princess

Ya que estoy voy a confesar que, además de observar, también pude “sobreescuchar” algunas de las conversaciones que sucedían a mi alrededor. La mayoría de ellas eran anécdotas que se contaban unos pasajeros a otros sobre sus muchos viajes en cruceros por el mundo. De ello saqué una conclusión: quien prueba, repite. Excepto yo y mis colegas bloggers y periodistas, todos los cruceristas a bordo eran repetidores.

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Puertos de escala – Puertos de desembarque

Voy a empezar por la conclusión: para alguien sin cultura de crucero como yo –e, insisto, clasutrofóbica-, el crucero es un medio de transporte, no un fin en sí mismo. Pero creo que yo fui la única a bordo que lo experimentó de esa forma.

Estoy convencida de que quien toma un crucero lo hace más por el viaje en sí que por los destinos que tiene la oportunidad de visitar, de ahí que no les importe que las escalas sean cortas. Siento que para los cruceristas las “paradas” son paréntesis en las vacaciones e indulgencia de “no hacer nada” a bordo de un ‘todo-incluido flotante’ donde por cada 2,3 pasajeros hay un tripulante lo que lleva a un viaje lleno de confort (sí, así como lo leéis: cada 2 personas hay un empleado para atenderlas). Las escalas son las anécodtas, son los asteriscos y pie de página de un viaje cuyo objetivo no es otro que navegar, levantarse cada día con vistas al mar y consentirse todos los gustos.

Nuestro crucero en el puerto de Cobh

Cobh fue el primer puerto en el que pudimos desembarcar, aunque nos llevamos a cuestas el vaivén del Atlántico. Desde mi balcón, en la cubierta 12, se podían ver las casas de colores alineadas en hileras que a la vez estaban escalonadas sobre la colina y parecían un anfiteatro creado para poder dar la bienvenida o despedir a los visitantes.

Cobh desde el crucero… la última ciudad que vio el Titanic antes de hundirse

A pesar de ser un pueblo portuario pequeño, tiene sitios muy interesantes para visitar como la Catedral de San Colmán –que parece desproporcionada en tamaño si la comparamos con el pequeño pueblo-, el museo interactivo “The Titanic Experience” que se ubica aquí justamente por haber sido el último puerto en el que amarró el transatlántico antes de su fatídico hundimiento, el museo “Cobh Heritage Centre” en el que se explica la historia de los miles de irlandeses que tuvieron que emigrar a causa de la Gran Hambruna de la Patata,  el monumento que conmemora el naufragio del Lusitania o la estatua de Annie Moore que fue una de las personas que emigraron en busca de una nueva vida y fue una de las primeras personas en llegar al centro de recepción de la isla de Ellis en EEUU.

Casitas de Cork

Aprovechando la escala de casi 9 horas, además de visitar Cobh me fui en tren con mis amigos David e Irene a conocer la cercana ciudad de Cork. Llena de vitalidad, energía, arte urbano y la gente más amable que he conocido hasta ahora, Cork se erige como un destino completo en sí mismo. El casco antiguo a orillas del río Lee tiene varias joyitas que tuvimos la suerte de visitar como el mercado inglés que data del siglo XVII, las calles peatonales y comerciales, la Catedral St. Fin Barre o la Catedral de St. Mary & St. Anne. Comimos en “Jackie Lennox” el fish & chips más popular entre los locales –yo me comí una hamburguesa vegetariana- y recorrimos el barrio de Shandon que es conocido por sus casitas de colores incrustadas en la colina y su boyante arte urbano. Aunque unas 4 o 5 horas alcanzan para ver lo esencial de la ciudad, yo me hubiera quedado 4 o 5 días. Su ambiente me cautivó por completo.

Fish & Chips en Cork

Dublín fue la segunda escala y la ciudad donde desmebarqué. El crucero seguía varios días más con varias escalas alrededor de la Isla Esmeralda antes de regresar a Southampton. La capital irlandesa fue otro gran descubriemiento para mi.

Llegando al puerto de Dublín

El puerto, aunque mucho más industrial y menos pintoresco que el de Cobh, no era más que la antesala a una capital moderna, cultural, colorida y llena de música. En Dublín el crucero se quedó más tiempo y, según tengo entendido, en puertos importantes se suele pasar la noche para que los cruceristas tengan casi 48 horas para recorrer y descubrir las ciudades*.

Temple Bar en Dublín

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Tras esta primera experiencia a bordo de un crucero pude aprender muchísimo sobre esta forma de viajar, tan válida como cualquier otra, y he entendido un poco mejor a los cruceristas, sus necesidades y sus objetivos de viaje.

Mujeres y hombres promocinando el Museo del Titanic en Cobh

Cinco días me bastaron para tirar por tierra el mito de que son caros –por ejemplo, 13 días de crucero por las Islas Británicas cuesta menos de 1.200€ ¡y pueden viajar 4 personas al precio de 2!-. El tema de la edad “promedio” de un crucero creo que depende de la época en la que se viaje, el crucero que se tome y el destino. Si bien es cierto que en temporada baja los abueletes aprovechan para viajar más, en verano me aseguraron que hay un montón de personas jóvenes y familias que eligen los cruceros como destino de vacaciones.

Si eres claustrofóbica como yo, es bastante llevadero un crucero pero asegúrate bien de las escalas que hace. Nunca he probado un transatlántico, pero este que hice por las Islas Británicas lo llevé con bastante dignidad y lo disfruté muchísimo. Por último, si bien es cierto que un crucero no te permite conocer en profundidad un destino, pienso que es otra forma de viajar y con otro objetivo. Quien hace un crucero lo hace para descansar, no tanto para visistar ciudades. Pero la ventaja de esta clase de turismo es que puedes catar una ciudad y si te gustó puedes volver en otro momento y dedicarle más tiempo.

Uno de los espectáculos nocturnos que vi en el teatro del crucero

7 CONSEJOS PARA VIAJAR EN UN CRUCERO

1. Infórmate bien sobre el tipo de crucero que vas a contratar. No todos tienen las mismas prestaciones ni infraestructura.

2. Lee bien la letra pequeña en relación a lo que incluye el precio. La mayoría no incluye bebidas –a excepción del agua no embotellada-, traslados ni excursiones. Es importante saber si en el precio del crucero están incluidas las tasas de embarque.

3. Es importantísimo contratar un seguro de viaje especializado en cruceros, como el seguro de viaje Go Cruise de Intermundial para cubrir no solo la asistencia médica a bordo sino también por si, por ejemplo, pierdes actividades contratadas o alojamientos reservados en tu destino final por una avería o demora del crucero. Otro de los imprevistos que te pueden pasar es perder la maleta o retrasos en el vuelo hacia el puerto de embarque. Ya sabes el lema, no viajar sin seguro.

4. Infórmate del clima que hará durante el crucero para llevar ropa acorde. También pregunta por el código de vestimenta a bordo para no desentonar.

5. Compara los precios y facilidades de cada camarote. Mi recomendación es siempre escoger uno con balcón o ventana aunque sean un poco más caros que los camarotes internos.

6.  Pregunta por la moneda oficial a bordo. En los cruceros Princess es el dólar americano, por tratarse de una empresa norteamericana. Por esta misma razón la lengua oficial es el inglés.

7.  Busca información sobre las ciudades donde harás escala para poder preparar tu itinerario en caso de querer hacerlo por libre.

*De las tres ciudades que he mencionado aquí, hablaré en profundida en futuros artículos porque todas y cada una de ellas merece un post exclusivo.

Vistas de las cubiertas superiores del Royal Princess con la ciudad de Cobh de fondo

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NOTA: Este viaje lo realicé por invitación de la agencia RV Edipress y Mundomar Cruceros. El 100% de la información y opiniones volcadas en este artículo son propias.

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2 pensamientos sobre “Una semana con vistas al mar: de crucero por las Islas Británicas

  1. Alberto Guerrero

    Qué bonito es por dentro, parece Titanic, es preciosa la estética y cómo plasman la cultura Británica en el.

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