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El día que vendí café “tinto” por las calles de Cartagena de Indias

No. No iba gritando a vivo pulmón “¡¡al café, café… al rico café!!”. Tampoco cargué los termos en la espalda. Y no, no lo hice por dinero. Pero por una tarde, me convertí en vendedora ambulante de café tinto por las calles de Cartagena.

Llegué a Cartagena de Indias en autobús una mañana calurosa, como la mayoría de sus mañanas (sus días y sus noches). De hecho, este es uno de los muchísimos atractivos de la ciudad: su clima tropical húmedo y su ubicación a orillas del mar Caribe.

Para llegar al hotel Mamallena, en el barrio de Getsemaní, tomé un bus público que atravesó las partes menos conocidas de la ciudad. Zonas menos publicitadas, menos coloridas y sin la bonanza económica de la que goza la zona amurallada o la zona costera de Bocagrande.

Baluarte en la zona amurallada y detrás se ve la zona moderna de Bocagrande

El bus me dejó en la escultura de la India Catalina, una heroína para los locales por su labor de pacificación durante la época colonial. La ciudad estaba a reventar. Cientos de personas disfrazadas iban y venían con su sonrisa y había música y color por todos lados. Exactamente como una imagina Cartagena –excepto por la parte de la gente disfrazada, claro-.

Aún con la mochila a cuestas y sin saber bien para qué lado caminar para ir al hotel le pregunté a un policía local qué se estaba celebrando y me contestó… “¡estamos en las fiestas de la independencia!”

Si, “La Heroica”, que había sido conquistada por Pedro de Heredia en 1533, estaba de fiesta porque se cumplían 205 años desde su independencia de la colonia española. Porque sí, esta ciudad colombiana fue uno de los puertos más importantes y prolíferos de América y desde allí partieron rumbo al viejo continente las mayores riquezas de la zona. Pero también fue el mayor punto de comercio de esclavos traídos de África. Por su situación estratégica fue asaltada por –o al menos lo intentaron- piratas y tropas holandesas, francesas e inglesas, razón por la que el rey Felipe II mandó construir los 11km de murallas que hoy son tan emblemáticas en la ciudad. También se construyeron varias fortalezas, entre ellas el Castillo de San Felipe, otro gran reclamo turístico hoy en día. Un recorrido por las calles de la zona amurallada son vivo testimonio de esta época colonial, razón por la que fue declarado Patrimonio Nacional de Colombia y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO… pero no nos adelantemos.

Desde la india Catalina, y sorteando grupos de colombianos entusiasmados por su fiesta nacional, caminé hasta el hotel en el barrio de Getsemaní. Este es uno de los barrios más representativos de la ciudad, a pesar de estar fuera de la zona amurallada, dado que fue allí donde se dio el grito de independencia y era la zona donde habitaban los esclavos en la época colonial.

Barrio de Getsemani

En este icónico barrio la clase trabajadora echó raices. Hoy en día se mezcla en muy pocas calles dos realidades: los trabajadores –en su mayoría vendedores ambulantes, inmigrantes y artistas- y los grandes hoteleros y empresas internacionales que quieren construir hostales –la mayoría para mochileros-, bares y restaurantes de moda. La gentrificación es una realidad complicada para los habitantes de Getsemaní y luchan contra ella, entre otros medios, a través del arte urbano que colorea las fachadas de muchas casas del barrio y a través de las cuales reivindican sus raíces y su derecho a estar ahí.

Barrio de Getsemaní

En un tour de arte urbano que hice por el barrio me contaron sobre toda esta situación de los habitantes de Getsemaní, a la vez que me contaron sobre la Cartagena de ayer y de hoy, con sus contrastes como el que claramente se ve entre la zona antigua y Bocagrande, este último un barrio de dudosa procedencia y que dicen: “menos averigua Dios y perdona”.

Caminé hasta la zona amurallada, y antes de llegar ya pude ver tras la muralla gris de roca coralina las impresionantes cúpulas que asomaban orgullosas.

El corazón latía fuerte. Atravesé la entrada bajo la torre del reloj, donde siempre se pueden encontrar primeras ediciones del autor colombiano Gabriel García Márquez, y me detuve en la plaza de los carruajes.

Plaza de los carruajes, Cartagena de Indias

Eran las 11.30 de la mañana y el sol brillaba con furia en la ciudad. En las calles todo se movía con la urgencia de las ciudades modernas. Pero no era por trabajo, sino por diversión. Las calles estaban llenas de gente que se dirigían a la marina, donde se estaba llevando a cabo el desfile de la independencia con carrozas, bailes típicos y donde se esperaba con ansias la proclamación de su reina.

Palenquera vendiendo frutas en las calles de Cartagena de Indias

Esta impresionante y bellísima ciudad pasó de ser la joya de la corona en época colonial a la nada misma. Pero a mediados del siglo XX se reinventó y resurgió, como el ave fénix, entre sus cenizas para brillar más que nunca. Era una de las favoritas de Gabo, esos balcones, esos baluartes y cañones que miran al mar le inspiraron “El amor en los tiempos del cólera” y “Del amor y otros demonios”.

Aproveché que las hordas de gente estaban sobre la marina para recorrer con calma la ciudad vieja. Cómo describir una ciudad tan seductora y con tanta personalidad como Cartagena de Indias? Sus calles empedradas flanquedas por fachadas de colores pasteles, balcones de madera y ventanas de todos tipos y formas la dotan de una conmovedora belleza de antaño. Las puertas de las casas deberían ser un tema aparte, impresionantes obras maestras llenas de texturas y detalladas aldabas. La magia continúa tras cruzar esas puertas, que revelan casas de otra época con patios internos y zaguanes. La gente es amable y sonriente… y no por las fiestas –esto lo comprobé cuando regresé a Cartagena unas semanas más tarde-.

La fiesta para los sentidos se exacerba por los olores de los puestos ambulantes… las palenqueras, con sus trajes tradicionales, vendiendo frutas; vendedores de arepas y otras exquisiteces locales… e incluso los vendedores de café tinto que recorren incesantemente las calles dejando un rastro casi tangible de uno de los productos más conocidos del país: el café.

Durante mis paseos por el centro histórico (estuve 7 días repartidos en dos veces) siempre volvía al mismo punto, a una de mis plazas favoritas (y menos frecuentada por los turistas que prefieren recorrer las plazas de Fernández Madrid o Santo Domingo) y este rinconcito es la Plaza de San Diego. Alrededor de ella se ubica la Universidad de Bellas Artes y Ciencias de Bolívar y unos cuantos bares. Lo que me gusta es que por lo general hay locales y es una plaza pequeña y tranquila, con bancos bajo un gran árbol que proporciona sombra y un alivio a las tardes infernales del calor húmedo cartaginense.

La primera vez que fui a la plaza había un vendedor de café tinto y le compré uno, me senté en uno de los bancos y me quedé observando lo que ocurría a mi alrededor: turistas, locales, vendedores ambulantes iban y venían por las calles empedradas. Aproveché que el vendedor de café no estaba deambulando por la ciudad, sino en un impaz a la sombra, para preguntarle sobre el café “tinto”. Me contó que a diferencia de otros cafés, este se prepara a base de aguapanela y que es un café suave. Y así fue como empezó una conversación que duró 7 días, en capítulos de entre media y una hora a la sombra del árbol en nuestra plaza favorita.

Cada tarde que me pasaba por la plaza, él estaba ahí. Primero fueron casualidades y encuentros fortuitos, pero las últimas dos fueron organizadas. Él se llama Carlos, tiene 22 años y es de un pequeño pueblo del Quindío. Lleva viviendo en Cartagena 2 años junto a su tío, que también es vendedor ambulante de tinto –algunas golosinas y cigarrilos-.

Carlos aprovecha nuestras conversaciones para aplacar su curiosidad sobre los viajeros y los viajes, sobre Argentina, sobre Europa y España. Me confiesa que es la primera vez que una “turista” le dirige la palabra y en sus ojos hay alegría y hasta agradecimiento.

También me cuenta sus anhelos más profundos: está ahorrando ¡para viajar! El primer destino que quiere conocer es ¡Miami! o, en su defecto, las playas de México, como por ejemplo Cancún, me dice. Él vive en Getsemaní, en la calle angosta. Me cuenta sobre la fuerte subida de impuestos que es una triquiñuela del gobierno para hacer imposible que los locales sigan viviendo ahí y tengan que vender la casa por dos monedas a alguna corporación internacional que hará de su hogar un hotel lujoso o un restaurante con precios inflados. Él alquila junto a su tio una habitación en la casa y me cuenta que la subida de impuestos impacta directamente en el precio que él paga por su habitación. Aún así él  vive bien “y de vender café y cigariilos en la calle no sólo se vive, sino que también da para ahorrar”.

Entre confesiones me dice que él no hace el café, sino que todos los “tinteros” compran el café en una cafetería –a un precio especial, claro- y lo revenden. Porque les sale más a cuentas que hacerlo ellos en su casa. “Las cafeterías consiguen precios de mayorista para el café, yo debería comprarlo en el supermercado y es más caro”, me dice.

Una tarde, la penúltima juntos, se acerca un hombre –que había estado charlando con una chica en otro banco- a pedir un café y aprovecha para quedarse a hablar con nosotros. Al rato se va y Carlos me cuenta un chisme: “este tiene a su mujer presa. Viene aquí a encontrarse primero con su ‘querida’ y luego va a visitar a su mujer”. Le pregunto dónde está la cárcel de mujeres y él me indica que a unos 100 metros de allí. ¿Cómo? He caminado por estas calles 5 días y nunca vi una cárcel!! “Si quieres te llevo, de todas maneras tengo que hacer la última ronda para terminar de vender el café. Aún me queda un termo entero”. Le pregunté si podía vender café con él esa tarde. Completamente entusiasmado dijo que si.

Así fue como intercambiamos servicios: él me enseñaría parte de la ciudad y sus secretos y yo le ayudaría a vender café. El team fue todo un éxito, yo conocí los secretos de algunas fachadas –entre ellas la cárcel de mujeres- y él fue el vendedor más popular del barrio cuando la gente se percataba que la que servía los cafés era ¡una turista argentina!

La gente en Cartagena –y por extensión puedo decir que en el resto del país- bebe café todo el día. Ven pasar al “tintero” y no necesita pedirlo a viva voz, con un solo gesto ya se sabe que quiere un tinto. Los comerciantes salen de sus tiendas para pedir su dosis de cafeína, quienes juegan al ajedrez en la calle paran el “jaque mate” para disfrutar de un tinto e incluso el que va caminando por las calles hace una pausa en alguna esquina para beber este elixir de vida.

El combo fue bueno y se acabó el termo entero de tinto en menos de una hora. Seguimos recorriendo las calles coloniales un rato más vendiendo cigarrillos y lamentando no tener más café. Nos despedimos en la plaza de los carruajes y me dijo que me pasara por la plaza al día siguiente sobre las 3.30pm, así me tomaba el último café en Colombia con él.

Por la mañana fui a recorrer una zona poco conocida de Cartagena, la zona de los manglares de la ciénaga de Juan Polo donde se pueden hacer paseos ecológicos en barcas de madera. Yo hice un tour junto a la gente de Colombia4U, y disfruté una hora entre manglares y túneles naturales admirando aves autóctonas.

Paseo por los manglares de La Boquilla

Por la tarde, tras visitar el Parque Centenario –donde una vez más los osos perezosos no se dejaron ver-, y el Museo Naval, que cuenta la historia de Cartagena –o “Kalamari”, que es su nombre indígena y que significa cangrejo- desde la llegada de los españoles hasta su independencia; me fui a la plaza donde Carlos me esperaba.

Al verme me sirvió un tinto y me regaló una pulsera de hilo tejida. Me agradeció por las tardes de charla pero más le agradecí yo a él por pasar esas tardes conmigo y por permitirme vivir, aunque más no sea un rato, la experiencia de ser “tintera” y por contarme sobre su vida y la vida de la gente que allí pasa horas recorriendo la ciudad.

Volví al hotel a recoger mis cosas. Esa noche me embarcaba en un viaje de una semana en velero hacia Panamá, pero eso… eso es para otro artículo.

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2 pensamientos sobre “El día que vendí café “tinto” por las calles de Cartagena de Indias

  1. Gabriela

    Hola, es la primera vez que estoy en tu blog y estaba buscando más que nada tips de viaje. No soy de las que suele hacer muchos comentarios, pero me animé ésta vez para darte las gracias: Leer éste post me emocionó casi hasta las lágrimas. Hace mucho que no sentía tanta empatía por alguien como por ese vendedor de tintos que tan bien describes, esa ilusión por viajar que alguna vez yo también sentí al hablar con un extranjero en mi país. Ahora he tenido la fortuna de conocer algunos de esos lugares del mundo y ser yo la extranjera, pero creo que había olvidado lo que significa detenerse a conversar con los locales y no sólo a preguntar indicaciones. Gracias por recordarme que nosotros también llegamos a influir allá por donde vamos. Un abrazo.

    1. Sinmapa Autor del artículo

      Hola, Gabriela! Qué lindas palabras y qué alegría saber que esta experiencia que viví en Cartagena te gustó y te “revolvió” un poquito por dentro. Aunque no toda la gente que se cruza en el camino del viajero deja una marca profunda, todos dejan su huella de alguna forma, por eso es importante sonreir, ser amables y respetuosos. Nunca se sabe hasta qué punto una puede influir en las vivencias del otro. Para mi fue una experiencia única y espero que este chico algún día cumpla su sueño de viajar y conocer esos rincones del mundo que tanto anhela! Un fuerte abrazo!

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